Inversiones de futuro

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Hace unos tres o cuatro años mis padres visitaron Florencia. A su regreso estuvimos hablando del aparente prodigio de que coincidieran allí en poco tiempo los grandes talentos del Renacimiento: Donatello, Fra Angélico, Brunelleschi, Botticelli, Leonardo, Miguel Ángel, Rafael… todos ellos eran florentinos o vivieron y trabajaron en Florencia. Semejante reunión de genios parece todo un milagro, pero no todo se debe a la casualidad ya que vivieron en los años de esplendor de los Médici, que tanto interés y dinero invirtieron en apoyar las artes. En aquella época un joven florentino que tuviese talento y habilidad haría bien en buscar un taller donde emplearse como aprendiz y aprender los secretos de un oficio que podría reportarle el favor de los poderosos, de la misma forma que hoy, un adolescente hábil con el balón o con la raqueta de tenis puede lograr un espléndido porvenir si consigue destacar en estos deportes.

En el fondo es cuestión de dinero. Si se invierte en un campo determinado acudirán a él muchos, de los cuales una mayoría serán más o menos competentes, unos cuantos serán un desastre, y algunos resultarán ser verdaderos genios. El talento de éstos es importante, sí, pero sin las condiciones adecuadas no llegará a desarrollarse nunca. Todos los artistas que he citado fueron grandes maestros, pero no estaban solos, sino que contaban con sus colaboradores y se movían entre otros muchos colegas, cuyos nombres a menudo no se han conservado o no destacaron lo suficiente como para ser conocidos más allá del círculo de los grandes expertos en la materia. Habiendo materia prima para elegir, alguno tenía que destacar entre todos ellos; cuando la materia prima es mucha ya no sólo es uno el que destaca sino varios, y así surge un foco de excelencia. En este caso en las artes.

Florencia es un buen ejemplo de cómo se obtienen resultados en aquello en lo que se invierte con preferencia, pero no es el único ni mucho menos. Expongamos algún caso más:

Quien haya visitado Córdoba habrá hecho bien en contemplar las ruinas de Medina Azahara, la magnífica residencia del califa Omeya. La magnificencia del complejo palacial y lo desmesurado de su lujo eran tales que hasta causaban asombro en los embajadores bizantinos, acostumbrados a una corte tan suntuosa como la de Constantinopla. Sin duda era agradable contemplar esa exhibición de poder… a cuya construcción destinó el califato durante años nada menos que la tercera parte de sus ingresos. Si uno dedica tal cantidad de dinero a un proyecto no es de extrañar que el resultado sea deslumbrante.

Un ejemplo más cercano es el del Proyecto Apolo de la NASA. En plena Guerra Fría la carrera espacial entre las dos grandes potencias era algo más que una cuestión de desarrollo técnico, ya que estaban en juego cuestiones de supremacía tecnológica, implicaciones militares de esa misma tecnología, cuestiones de orgullo nacional y, naturalmente, propaganda de la superioridad del propio modelo social. La Unión Soviética partió con ventaja, al conseguir ser el primer país en poner en órbita un satélite artificial (Sputnik 1, 1957), en enviar un ser vivo al espacio (perra Laika en el Sputnik 2, 1957), en enviar a un ser humano al espacio (Yuri Gagarin en el Vostok 1, 1961) y en dar el primer paseo espacial (Alexei Leonov en el Voskhod 2, 1965). Los Estados Unidos no podían permitirse quedar atrás y apenas un mes y medio después de que Gagarin completara una órbita a la Tierra el presidente norteamericano, J.F. Kennedy proponía un programa destinado a que su país enviara a un hombre a la Luna y lo trajera de regreso a la Tierra antes de terminar la década. El proyecto Apollo culminó con éxito en 1969, como sabemos, pero no fue barato: en algunos años obligó a destinar a la NASA más de un 4% del presupuesto nacional.

Un caso de rivalidad parecido, salvando las distancias, lo tenemos entre las coronas de Portugal y Castilla en el siglo XV. Portugal tomó la delantera en la llamada era de los descubrimientos, aunque Castilla se llevó el premio gordo gracias a la expedición de Colón. Todo aquel esfuerzo se cimentó en el trabajo del infante Enrique el Navegante de Portugal. Su apodo le viene por el apoyo que dio a las empresas de exploración del Océano Atlántico. Él no podía saberlo, pero con su mecenazgo estaba cambiando el mundo, ya que no se limitó a poner dinero para enviar barcos a la ventura sino que fundó en Sagres todo un complejo náutico formado por arsenal, observatorio, escuela naval, etc. Hoy en día supongo que lo llamaríamos Universidad del Mar o algo parecido. En otras palabras: creó las condiciones para que el talento relacionado con la navegación diera fruto. Castilla no se podía quedar atrás si quería sacar rendimiento de la expedición colombina y por eso la Casa de Contratación fue mucho más que la institución mercantil que monopolizaba el comercio con las Indias: en el siglo XVI era el primer centro científico de Europa en el que el estudio de la cartografía y la navegación tenían un puesto de honor, como podemos leer en, por ejemplo, este artículo.

Todos estos casos me vinieron a la mente cuando leí hace un par de meses que un joven físico, uno de los mejores de Europa en su campo, vio rechazada su beca para regresar a España (enlace a la noticia) o cuando leí que una bióloga que destaca en su campo fue despedida de su centro de investigación en Valencia (enlace). Es posible que estas noticias tengan ese punto de exageración que aparece a menudo en la prensa, pero estos días he leído que el CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) está en serios apuros porque necesita con urgencia 75 millones de euros (enlace). En la misma noticia leemos que en el CSIC trabajan 15.000 personas (un tercio de ellos investigadores) y aquí leemos que su presupuesto es de 602 millones de euros. Una simple división y obtenemos que el CSIC tiene un presupuesto de poco más de 40.000 euros por persona. El presupuesto incluye salarios, gastos de energía, material, edificios, etc, pero para simplificar vamos a establecer el coste por investigador, que será, sabiendo que un tercio del personal se dedica a la investigación, de aproximadamente 120.000 euros.

Para comparar y hacer un poco de demagogia tengamos en cuenta que el presupuesto de una institución como el Senado, que nadie sabe para qué sirve, es de casi exactamente 52 millones de euros según su propia web. No todo va al sueldo de los senadores, pero ya que hemos establecido el coste por investigador establezcamos el coste por senador. Son 266 senadores según la misma web lo que da un gasto por senador de 195.000 euros. Es decir, que un senador nos sale un 62,5% más caro que un investigador. El por qué puede ocurrir que desaparezcan éstos y no aquéllos no alcanzo a comprenderlo.

El resumen de todo lo escrito es que una sociedad obtiene lo que compra: si gasta su dinero en artistas tendrá a los mejores, si lo hace en navegantes surcará los mares, si lo hace en investigación espacial llegará al espacio, mientras que si por el contrario lo gasta en…

No, no es que haya dejado el artículo sin terminar. Es que me he ahorrado el trabajo de teclear porque sé que todos los que lo hayan leído entero han completado el párrafo anterior por su cuenta, aunque sea con ejemplos distintos. Hay tantos para elegir que no he conseguido decidirme por ninguno.

Sobre hélices y turbinas

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Dicen que Dios nos dio dos ojos, dos orejas y una boca porque hay que ver y oír dos veces antes de hablar una sola y dicen también que el necio cuando calla puede pasar por discreto. En general abundan los refranes y consejos que insisten en la necesidad de no hablar antes de tiempo, y de pensar e informarse antes siquiera de abrir la boca, y si tanto se insiste en ello debe de ser porque el consejo es necesario. Eso al menos debe de estar pensando la senadora Ángeles Marra, que se ha visto ridiculizada en los medios por calificar de tercermundista a un avión de apenas seis años de antigüedad.

Los hechos son los siguientes: el día 24 de junio el vuelo Madrid-Vigo tuvo un problema de motor, nada más despegar de Barajas, que obligó a los pilotos a regresar inmediatamente, haciendo algo tan poco común en este aeropuerto como es tomar tierra en una de las pistas que se utilizan para despegues con el fin de acortar lo máximo posible el tiempo de vuelo. El aterrizaje se produjo, dadas las circunstancias, con relativa normalidad.

En cuanto a las reacciones al suceso, era de esperar la habitual unanimidad en las alabanzas a los pilotos y controladores que hicieron cuanto estaba en su mano para resolver un hecho tan grave como es una emergencia en vuelo y que lograron que todo concluyera felizmente. ¿Unanimidad he dicho? Pues no, porque la susodicha senadora perdió una magnífica ocasión de guardar silencio al afirmar que el avión era tercermundista y peligroso. Como el avión salió de fábrica hace apenas seis años, la afirmación ha quedado como ejemplo de declaración absurda. Y todo porque el avión no era un reactor, sino un turbohélice. Por desgracia es habitual que mucha gente piense que un avión de hélices es un avión obsoleto. Nada más lejos de la realidad.

Éste es el motivo de que hoy publique un tipo de artículo nuevo en este blog, a sumar a los de aeronáutica en general, historia y, ocasionalmente, arte; un artículo sobre técnica. En él intentaré explicar qué es un motor turbohélice y en qué se diferencia de lo que se conoce como motor de reacción, haciendo lo posible para no entrar demasiado en tecnicismos. Como las imágenes son muy útiles en estos casos echaré mano de nuestra vieja amiga, Wikipedia, para tener acceso a dibujos y animaciones que faciliten la comprensión de este tema.

Para empezar vamos con algo bastante familiar para casi todo el mundo: el funcionamiento de un motor de 4 tiempos. La animación lo deja bastante claro: se trata (1) de que entre aire (en este caso mezclado previamente con combustible), (2) comprimirlo, (3) provocar la combustión, esto es la reacción química del combustible y el aire, con la consecuencia de que el gas al expandirse provoca el movimiento del pistón y (4) expulsar los gases resultantes de la combustión. De esta forma se aprovecha en el paso 3 la energía química del combustible para hacer girar un eje al que podemos fijar, por ejemplo, una hélice. Y ya tenemos una forma de mover un avión que se utiliza desde que los hermanos Wright consiguieron despegar del suelo en 1903.

4-Stroke-EngineAhora vamos a seguir básicamente los mismos pasos, pero usando un mecanismo totalmente diferente, puesto que haremos que cada paso del proceso ocurra en una sección del motor diferente de la del paso anterior. Imaginemos el motor como un cilindro horizontal. En un extremo, por el que entrará aire, pondremos un compresor para, como su nombre indica, comprimirlo. En el centro del cilindro inyectaremos combustible para que se queme y la expansión resultante hará que los gases salgan a gran velocidad por el otro extremo, generando un empuje.

El problema es que necesitamos algo que mueva el compresor y sería absurdo poner otro motor para ese trabajo, así que en lugar de eso hacemos que los gases, antes de salir, aprovechen parte de la energía que tienen tras la combustión para mover una turbina. Si un compresor es un dispositivo que hacemos girar para comprimir un gas, una turbina es lo mismo funcionando al revés: el gas en expansión la hace girar. Sólo necesitamos unir el compresor a la turbina con un eje para que ésta, al girar, provoque el giro de aquél. El motor queda así:

800px-Jet_engine_spanish.svgAquí vemos un compresor con diecisiete etapas de compresión, a continuación la cámara de combustión, después la turbina, de tres etapas, y la tobera de escape. Este tipo de motor se conoce como turborreactor y presenta el aspecto de un cilindro delgado, como podemos ver en fotografías de reactores comerciales bastante antiguos, porque en la actualidad está en desuso. Se emplea un derivado muy, muy parecido, que se llama turbofán.

Si en un turborreactor ponemos, no una, sino dos turbinas, una a continuación de la otra, cuyos ejes sean concéntricos, podemos mover dos compresores, logrando mejor rendimiento en conjunto. Pero podemos hacer algo más: añadir a la entrada, girando junto al primero de los compresores, lo que se conoce como un fan, que viene a ser una sección muy ancha del compresor. Tan ancha que sólo una parte del flujo de aire (flujo primario) prosigue por el interior del motor en la forma que ya hemos visto, mientras que otra parte (flujo secundario) no entra en el núcleo del motor y va directamente al exterior proporcionando un empuje suplementario. Así tenemos nuestro turbofán, que es más eficiente que el turborreactor y por eso se emplea en aviación comercial.

800px-Turbofan_operation_-_es.svg¿Y si en lugar de un fan ponemos una hélice? Ningún problema, excepto que el compresor gira demasiado deprisa para fijar la hélice sin más, pero eso se resuelve poniendo unos engranajes para reducir la velocidad de giro. Así tendremos un motor básicamente igual a los anteriores, pero en el que la propulsión se deberá principalmente a la tracción de la hélice y en menor medida al empuje de los gases de escape. Se conoce como motor turbohélice y tal y como vemos funciona básicamente igual a un reactor.

800px-Turboprop_operation-es.svg

El turbohélice utiliza casi toda la energía de los gases de combustión en mover la hélice y provocar tracción y sólo un 10% ó 20% de la propulsión se debe al empuje restante tras pasar por la turbina. ¿Y por qué no usar toda la energía de los gases en las turbinas y sustituir la tobera de salida por un simple tubo de escape, renunciando al empuje? Nuestro motor tendrá la turbina de costumbre para mover el compresor y detrás otra que mueva un eje diferente. Así obtenemos lo que se llama una turbina de gas o motor turboeje. Es exactamente igual que el turbohélice, pero ahora no hay nada de empuje, toda la energía de los gases se dedica a mover lo que queramos. Puede ser una hélice, una locomotora, el coche de Batman, un generador de electricidad o el rotor de un helicóptero, que es una de las aplicaciones más comunes de las turbinas de gas.

800px-Turboshaft_operation-es.svgLa ventaja de este tipo de motores en general es la gran potencia que dan en relación a su peso, que es lo que se busca en aviación. Los motores de 4 tiempos han quedado relegados a la aviación ligera y deportiva mientras que los de turbina, en sus diferentes variantes sirven para aviones de caza, reactores de transporte, turbohélices o helicópteros.

Como vemos, no hay diferencia real entre el turbofán de un B 737 y el turbohélice de un ATR 42. Los motores son básicamente iguales y no se puede calificar a ninguno de ellos de obsoleto. Si queremos unir dos ciudades separadas por 3.000 Km. un turbofán es la opción natural, puesto que permite velocidades muy altas. Como su consumo es menor a gran altitud, los aviones que lo emplean vuelan en las capas más altas de la troposfera. Sin embargo para ciudades separadas por unos pocos cientos de kilómetros un turbohélice es una excelente opción. Si quisiéramos volar de Barcelona a Palma de Mallorca, por ejemplo, podríamos considerar usar un turbohélice, puesto que la mayor velocidad del turbofán no supondría un ahorro demasiado grande de tiempo, la poca distancia no permite subir a las altitudes a las que este tipo de motor tiene mejor rendimiento y en general los costes del turbohélice son menores debido a su menor consumo.

En resumen, las hélices siguen teniendo una larga vida por delante y no hay motivo alguno para preocuparse al subir a un avión que las emplee. Personalmente, cada vez que alguien me dice que tuvo que volar «en un avión muy viejo… ¡era de hélice!» le deseo que vuele en un Caravelle, que era un reactor que dejó de fabricarse hace más de 40 años. Aunque tampoco esto debería ser motivo de preocupación siempre que se cumplan las normas y el mantenimiento y la operación del avión sean los adecuados. Aunque se tratara de un antiguo DC 3. Una de las máximas de la aviación es: no hay avión demasiado viejo, sino mantenimiento inadecuado.

Propina para los entusiastas.

Para quienes disfruten con las curiosidades sobre motores voy a comentar algo más. En la cámara de combustión de los motores de turbina que hemos visto no se aprovecha todo el oxígeno del aire. No es posible, porque de hacerlo, quemando más combustible, la temperatura alcanzada sería demasiado alta para la turbina. Por eso los gases de escape tienen aún bastante oxígeno como para utilizarlos por segunda vez. Podemos aprovecharlos poniendo, justo antes de la tobera de escape, otro inyector de combustible para que los gases, nuevamente recalentados tras una nueva combustión, salgan al exterior sin necesidad ya de mover ninguna turbina. En ese caso lograremos un empuje extra al precio de un consumo disparatado. Es lo que se llama postcombustión y la emplean, por ejemplo, los aviones de combate cuando necesitan mucho empuje, como es el caso del F 18 de la imagen, que va a despegar desde una pista tan corta como es la de un portaaviones.

800px-FA18_on_afterburnerSi el vehículo avanza a gran velocidad puede que la compresión del aire motivada por el propio desplazamiento (lo que se llama compresión dinámica) sea suficiente para el motor y no necesitemos compresor ni, por tanto, turbina. A esto se le llama estatorreactor y es útil a velocidades muy altas, por ejemplo unas 5 veces la del sonido. Sólo hay que acelerar antes el vehículo por otros medios. Puede emplearse para un misil de crucero, por ejemplo.

472px-Estatoreactor.svg

Una curiosidad es el pulsorreactor. Aquí tampoco hay compresor ni turbina. Se deja entrar el aire, se abren unas válvulas que lo dejan pasar a la cámara de combustión, se inyecta el combustible y se quema, con lo que el incremento de presión cierra las válvulas y los gases tienen que salir por detrás provocando empuje y aliviando la presión, lo que vuelve a abrir las válvulas para que entre una nueva carga de aire. Aquí la combustión, a diferencia de los otros casos, no es continua. Este motor ya no se usa, pero es todo un histórico que equipó a las bombas volantes alemanas de la Segunda Guerra Mundial, las siniestras, aunque bastante ineficaces, V1. Pero la historia de este antepasado del misil de crucero merece artículo aparte.Pulsoreactor

El audaz robo de D.B. Cooper

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Hoy vamos a hablar de aviones, pero no de tragedias ni de hechos históricos sino de una de las más increíbles anécdotas que se han vivido en el aire. Me enteré de ella hace un par de años leyendo la revista profesional The Controller y, aunque es una historia espectacular, no parece que sea demasiado conocida. Naturalmente, no puedo resistirme a contarla.

El vuelo que unía Portland y Seattle el 24 noviembre de 1971 podría haber sido un vuelo como cualquier otro. El avión lo ocupaban 36 pasajeros y 6 tripulantes, que viajaban en un Boeing 727. Éste era un avión de un tipo no muy común, puesto que no abundan los trimotores en la historia de la aviación. Era un monoplano de ala baja, timón en T… pero mejor será verlo y para eso tomaremos prestada, como de costumbre, una foto de Wikipedia en la que podemos ver uno de estos aviones.OLYMPUS DIGITAL CAMERAEstando el avión en vuelo, el pasajero del asiento 18E, que había embarcado bajo el nombre de Dan Cooper, le pasó una nota a una azafata, que la guardó sin pensar más en ello. Si el tal Cooper hubiese sido un simple ligón que intentaba concertar una cita la cosa habría quedado ahí, pero el hombre se dirigió a ella en tono confidencial diciendo «Es mejor que lea la nota. Tengo una bomba», mientras le mostraba un maletín entreabierto dentro del cual se veían varios cilindros rojos y una maraña de cables que hacían pensar que Cooper hablaba muy en serio.

La cosa era sencilla: el pasajero quería 200.000 dólares, dos paracaídas y que el avión repostara en Seattle. El piloto transmitió sus exigencias y se acordó acceder. Al resto del pasaje se le dijo que tardarían un poco en desembarcar por motivos técnicos y el vuelo siguió con una normalidad fuera de lo común dadas las circunstancias. Cooper parecía un pasajero corriente y no aparentaba estar nervioso ni alterado. Mientras el avión tomaba tierra, el FBI preparaba 10.000 billetes de 20$ previamente microfilmados y se hacía con 2 paracaídas procedentes de una escuela de paracaidismo.

Cooper tenía motivos para estar contento porque todo iba saliendo según su plan. En Seattle le entregaron una mochila con el dinero, además de los dos paracaídas, y pronto el secuestrador se quedó casi solo en el avión: le acompañaban únicamente los pilotos y una azafata. Con el avión repleto de combustible se produjo el despegue hacia México, pero esta vez el avión no iba solo sino que lo escoltaban, fuera del ángulo de visión para no ser vistos, dos aviones de caza. Se iniciaba un vuelo muy poco convencional.

Para empezar con las rarezas, Cooper pidió a los pilotos que volaran bajo, a no más de 10.000 pies, y siempre manteniendo la mínima velocidad posible, para lo que debían dejar el tren de aterrizaje desplegado y los flaps fijos a 15º. En esas condiciones el consumo de combustible iba a ser anormalmente alto y los pilotos explicaron que sería imposible llegar a México. Cooper accedió a hacer una escala en Reno, Nevada, para repostar. Más tarde pidió que toda la tripulación se quedara en la cabina de pilotos hasta que hubieran aterrizado en Reno.

En noviembre anochece temprano y por lo tanto ya era de noche cuando, a eso de las 8 de la tarde los pilotos vieron cómo se encendía la luz de apertura de la rampa posterior. El 727 había sido diseñado para poder operar en aeropuertos pequeños y por eso tenía una rampa en la parte de cola, que podía desplegarse, convirtiéndose en una escalera para acceder a bordo sin necesidad de usar servicios externos en el aeropuerto. Ésa era la rampa que se había abierto y que permaneció así todo el vuelo hasta el aterrizaje en Reno, que se produjo a eso de las 10 y cuarto de la noche. Pero Cooper ya no daba señales de vida y cuando la policía entró en el avión y lo registró descubrieron que el hombre conocido hasta entonces como Dan Cooper ya no estaba a bordo.

727dbGif tomado de Wikipedia

Por supuesto se iniciaron las investigaciones y se interrogó a todas las personas consideradas sospechosas. Entre ellas estaba un tal D.B. Cooper, que tenía antecedentes por algún delito menor. Esto provocó que un periodista se equivocara y publicara que el secuestrador había usado el nombre de D.B. Cooper. Curiosamente el error hizo fortuna y desde entonces se conoce al audaz ladrón con el nombre de D.B. Cooper. Pero ¿qué fue de él?

Para empezar nadie sabe en qué lugar exacto abandonó el 727. Un movimiento brusco del avión a las 20:13 hace pensar que fue a esa hora cuando se produjo el salto, pero es difícil de creer que Cooper se decidiera a abandonar el avión entonces, por muy audaz que fuera, porque estaban atravesando una tormenta. Aunque puede que no fuera osado sino temerario hasta la insensatez puesto que aparentemente saltó en paracaídas de noche, sobre el monte, con mal tiempo, sin casco y utilizando el peor de los dos paracaídas que tenía a su alcance. Puede que tuviera un cómplice esperándole, pero parece imposible que pudieran concertar un punto exacto de aterrizaje en esas condiciones. Una pista sobre el lugar del salto son unos paquetes de billetes que formaban parte del botín y que encontró un niño muchos años después, en febrero de 1980. Para añadir misterio al asunto el niño los encontró en un lugar muy lejos de donde deberían haber caído.

Hay otras pistas en este caso. Se conserva la corbata que llevaba Cooper en el avión y en ella hay muestras de ADN, pero no sirven de nada sin un sospechoso con el que cotejarlas. También se sabe que Cooper parecía conocer bien el 727: sabía que se podía bajar la escalera posterior en vuelo y conocía los tiempos de repostaje. Más aún, sabía que los flaps se podían desplegar a 15º, que es un reglaje que sólo el 727 empleaba. A finales de 2011 se encontraron restos de titanio en la corbata que dejó en el avión y en 1971 el titanio era un material muy raro con pocas aplicaciones. Con estos indicios hay quien piensa que Cooper podría haber sido un ex-empleado de Boeing puesto que en aquella época la empresa pasó por grandes dificultades a raiz del fallido programa de avión supersónico de pasajeros y fueron muchos los que perdieron su empleo.

Parece imposible que Cooper pudiera sobrevivir a aquel salto y probablemente no lo hizo, pero en ese caso ¿dónde está el cadaver? A mí me gusta pensar que quizás supo esconderse en el avión y fue lo bastante hábil para despistar a todo el mundo o que en su maletín llevaba el equipo adecuado para sobrevivir a un salto que, para empezar, debería haberlo matado por congelación. Cierto que cometió un delito, pero lo hizo con osadía y elegancia, sin maltratar a nadie y dejando un enigma irresoluble tras de sí. Le salieron algunos imitadores, pero ninguno tuvo éxito, que yo sepa. Además, se hizo imposible repetir la hazaña cuando los ingenieros de Boeing modificaron el 727 para evitar que la rampa posterior pudiera abrirse en vuelo.

DBCooperLa verdadera personalidad de Cooper sigue siendo un misterio, como lo es su destino final. Pero si en el baúl de los recuerdos de familia encontráis la foto de un hombre parecido al del dibujo adjunto, recordad avisarme antes de mencionar su existencia a las autoridades. Con lo que sabemos de D.B. Cooper tengo para este artículo, pero si pudiera conocer lo que se ignora de él tendría para todo un libro… y no sabéis cuánto me gustaría escribirlo. 😉