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Hace 800 años. Las Navas de Tolosa.

20 viernes Jul 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Al Andalus, al-Nasir, Alfonso IX, Alfonso VIII, Almohades, Almorávides, Batalla, Edad Media, Historia, Inocencio III, Momentos cruciales, Navas de Tolosa, Pedro el Católico, Reconquista, Sancho el Fuerte

Dedicado a @AntonioMaestre, porque una discusión tuitera con él dio origen a este artículo, y puede que a otro u otros dos más.

Como apenas sigo los medios de comunicación no estoy seguro de si se ha conmemorado de alguna manera especial el octavo centenario de la batalla de las Navas de Tolosa. Me da la impresión de que no, y eso a pesar de que es un acontecimiento muy significativo de nuestra Historia. Intentaré poner mi granito de arena para divulgar qué ocurrió aquel 16 de julio de hace 800 años en la batalla que inspiró este cuadro de van Halen que hoy puede contemplar quien se acerque a visitar el Senado, si es que hay alguien que lo haga.

En uno de mis primeros artículos dije que hay algunos raros momentos en los que se aprecia cómo la Historia se encuentra ante una bifurcación y toma uno u otro camino. Aquél 16 de julio de 1212 se considera por lo general como uno de esos días, aunque puede que no fuese tan decisivo como se cree: el poder almohade declinaba y los reinos cristianos estaban en plena pujanza, así que posiblemente una victoria andalusí no habría hecho sino retrasar lo inevitable. Naturalmente no podemos estar seguros, ya que una derrota cristiana podría haber dado a los andalusíes la capacidad de retomar la iniciativa y reorganizar su reino. En ese caso el mundo no sería como hoy lo conocemos. Pero vayamos a los hechos.

En el siglo XI la presión de los reinos cristianos había crecido de tal manera que los reyes de taifas acudieron en busca de ayuda al norteafricano imperio almorávide, pese a la desconfianza que el extremado rigor religioso de aquellos bereberes recientemente convertidos al islam inspiraba a los musulmanes de al-Ándalus; pero a mediados del siglo XII los almorávides ya no eran la gran potencia militar de antaño y habían relajado un tanto su pasión por la religión. Surgió por entonces, también en el norte del África, una nueva amenaza para almorávides y cristianos: los almohades.

Si los almorávides estaban unidos por la religión y los lazos tribales, sus enemigos almohades debían su cohesión casi en exclusiva a su intransigencia religiosa, que incluso les llevaría a considerar a sus teóricos hermanos de fe de al-Ándalus como herejes cuya sangre puede ser derramada en la guerra santa. La paradoja estriba en que durante la segunda mitad del siglo XII, una vez que los almohades dominaron al-Ándalus tras acudir en apoyo de los musulmanes hispanos de la misma manera que lo habían hecho cien años antes sus predecesores, resultaron más tolerantes que éstos. Al menos así lo piensan muchos historiadores a la vista de los numerosos edictos que el califa almohade escribía para recordar los rigores de la religión y amenazando con duros castigos a quien no cumpliera. ¿Por qué se repetían tanto las mismas órdenes si no era porque en realidad no llegaban a acatarse? Que filósofos como Averroes desarrollaran su actividad en esta etapa parece demostrar que hubo más tolerancia de la que cabría sospechar.

Con rigor o sin él la cohesión social de al-Ándalus debía mucho al poder militar almohade, pero a finales del siglo XII se empezaba a notar su declive. Ciertamente aún lograrían imponerse a Alfonso VIII en Alarcos en 1195, pero sus rivales almorávides habían resurgido en el norte de África con el peligro que ello suponía. Quizás por esto el califa de ese momento redobló su fervor y buscó congraciarse con los teólogos con medidas extremas como la persecución a los filósofos o imponiendo a los judíos la obligación de llevar una señal distintiva para diferenciarlos de los musulmanes.

También en el campo cristiano había devoción. Tanta que un viejo conocido de este blog, el Papa Inocencio III decidió llamar a los caballeros europeos a una cruzada contra los almohades. El llamamiento no tuvo demasiado eco salvo en los reinos peninsulares y aun así con algunas reservas: Alfonso IX de León no sólo no estuvo presente en las Navas sino que aprovechó la ocasión para recuperar algunas plazas que habían quedado en poder de Castilla, mientras que sólo la amenaza de excomunión movió a Sancho el Fuerte de Navarra a acudir con retraso y a la cabeza de un reducidísimo ejército. La contienda fue breve, puesto que la campaña llevó a una única gran batalla, que tuvo lugar el 16 de julio de 1212.

El resultado de la batalla de las Navas de Tolosa, aun siendo una gran victoria cristiana, no supuso para los musulmanes el cataclismo que comúnmente se cree. La prueba es que en 1214 Alfonso VIII de Castilla, que no conseguía avances en sus campañas y veía cómo una grave sequía hacía imposible el esfuerzo de guerra, firmó una tregua con los musulmanes para morir poco después dejando un heredero de apenas 11 años con la incertidumbre que ello suponía para el reino. Por su parte, Pedro el Católico de Aragón tampoco sobrevivió largo tiempo a la victoria de las Navas: murió en 1213 dejando como heredero a un niño de apenas 5 años, el futuro Jaime el Conquistador, mientras peleaba paradójicamente contra un ejército cruzado que pretendía combatir la herejía cátara en un conflicto en el que en realidad se disputaba el control del condado de Tolosa (Toulouse). El tercer rey cristiano presente en las Navas, Sancho el Fuerte de Navarra, tuvo mejor suerte puesto que reinó aún durante 22 años.

En cuanto al derrotado califa al-Nasir, conocido entre los cristianos como Miramamolín, se refugió en Marraquech, donde fue asesinado en 1213. Le sucedió su hijo al-Mustansir de 15 años, que al parecer no tenía especiales dotes de gobierno y sí una gran afición a lidiar toros. De hecho parecer ser que su muerte, en 1224 se produjo en un accidente taurino. No dejó herederos, lo que complicó aún más la delicada situación almohade.

En resumen, la batalla fue crucial, pero puede que no fuese exactamente decisiva. El declive almohade se debe más a su fracaso en cohesionar su propio imperio que a factores externos. Los reinos cristianos consiguieron grandes avances en la Península en el siglo XIII, pero no inmediatamente después de la que fue, eso sí hay que reconocerlo, una importantísima victoria. Lástima que se haya perdido la ocasión, una vez más, de dar a conocer un episodio que explica por qué hoy somos como somos.

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La revuelta del hipódromo

04 miércoles Jul 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Constantinopla, Cuádrigas, Deporte, Diocles, Edad Media, Fútbol, Historia, Justiniano, Procopio, Revolución, Roma, Teodora

Hace apenas unos días que la Selección Española de fútbol ganó la Eurocopa y se produjo todo lo que era de esperar: el delirio de las masas, cientos de miles de personas echándose a la calle para celebrar el triunfo, las portadas de los periódicos dedicadas a los jugadores y su gesta con las mayores hipérboles, puesto que todos los adjetivos parecían quedarse cortos ante la magnitud de la «histórica hazaña». Para que el espectáculo fuera completo también hicieron acto de aparición quienes se echaban las manos a la cabeza escandalizados por el revuelo ocasionado por algo que en el fondo es tan sólo un juego. Y de vez en cuando aparecía una reflexión: la gente se moviliza por un deporte de una manera que es impensable cuando se trata de defender cualquier reivindicación. He oído decir: «Puedes quitarle a la gente el puesto de trabajo, asfixiarles a impuestos, arrebatarles sus derechos y se limitarán a lamentarse, pero no saldrán a la calle a no ser que les toques el fútbol».

Algo de eso hay… en 1995 el Sevilla y el Celta descendieron a Segunda División B por no entregar a tiempo unos avales, pero fue tal la reacción popular en las ciudades afectadas que pronto se hizo evidente que la medida no se llevaría a cabo, para preocupación de los clubes ascendidos en su lugar, Albacete y Valladolid, cuyas aficiones también tomaron las calles de sus respectivas ciudades. Al final se cedió y se dejó a todos en Primera División. Este artículo de El País de agosto de 1995 tiene un titular de lo más explícito: «Cuatro ciudades en pie de guerra para mantener a sus equipos en Primera».

Parece mentira, ¿se ha visto alguna vez que un deporte pueda llegar a provocar disturbios, desórdenes, un conato de revolución…? Pues sí. Como siempre, no hay nada nuevo bajo el sol y todo tiene un precedente. Hay que decir que nuestro ejemplo se parece bastante más a la fórmula 1 que al fútbol, porque si había algo que apasionaba a los romanos más aún que las peleas de gladiadores eran las carreras de cuádrigas, carros ligeros tirados por cuatro caballos.

En el circo se enfrentaban en cada carrera hasta tres carros de cada una de las escuderías: blancos, azules, rojos y verdes. Doce carros que recorrían el circuito hasta completar siete vueltas. El espectáculo estaba garantizado no sólo por la emoción de la carrera sino también por los espectaculares accidentes, que hacían de la profesión de auriga un oficio muy arriesgado en el que había altas probabilidades de dejarse la vida. Claro que tampoco se podían quejar: algunos porque sus ganancias harían palidecer a los mejor pagados de entre los deportistas actuales (como nos recuerda este artículo del Daily Telegraph según el cual el legendario auriga Diocles amasó una fortuna equivalente a 15.000 millones de dólares) y otros simplemente no se quejaban… porque eran esclavos.

En Constantinopla, capital del imperio oriental, las carreras eran mucho más que un deporte. En el siglo VI, durante el reinado de Justiniano, ya no había combates de gladiadores, pero las carreras mantenían su esplendor. Hacía ya tiempo que las escuderías blanca y roja desempeñaban un papel subordinado de los azules y los verdes, pero la rivalidad entre estas dos facciones era enorme y se había llegado a desarrollar hasta más allá del terreno deportivo puesto que azules y verdes tenían puntos de vista opuestos en todo. Hasta en las disputas teológicas, que tanto apasionaban a los bizantinos, los azules se inclinaban por la ortodoxia mientras que los verdes representaban el monofisismo. Las facciones del hipódromo lo impregnaban todo, y de la misma manera que ahora a un magistrado se le considera como miembro, o al menos simpatizante, de un partido político, en aquel entonces se le definía como azul o verde.

La rivalidad deportiva, política y religiosa había creado una situación casi bélica entre ambas facciones. Para complicar las cosas, el año 532 empezaba con una noticia buena y una mala: la buena era que se había alcanzado un acuerdo de paz entre el Imperio Sasánida y el Bizantino; la mala que ese acuerdo implicaba unos pagos muy onerosos a los sasánidas y, como todos los gobiernos a lo largo de la Historia, para obtener el dinero necesario se recurrió a un incremento de los impuestos. El ambiente empezaba a ser explosivo y ya sólo faltaba la chispa que lo inflamara.

La chispa fue la detención de unos alborotadores de ambas facciones. Ocurrió entonces lo insospechado: azules y verdes pactaron una tregua y en las carreras se unieron al grito común de ¡Niké! (Victoria). ¿Se imagina alguien que en mitad de una final de Copa entre el Madrid y el Barcelona los hinchas de ambos equipos se echaran al campo y de ahí a invadir las calles exigiendo la destitución del ministro de economía? Pues más o menos eso fue lo que ocurrió.

Los disturbios, que en origen buscaban la liberación de los alborotadores, se extendieron del hipódromo a la ciudad y pronto los incendios se propagaron por toda Constantinopla. Justiniano se veía incapaz de atajar la revuelta, que pronto pasó a exigir la destitución de aquéllos a quienes se consideraba responsables de la subida de impuestos (los equivalentes de nuestros ministros de Economía y Hacienda). El emperador cedió, pero ni aún así fue capaz de atajar un movimiento que se estaba convirtiendo en una revolución: fuese de forma espontánea o porque determinados intereses políticos se habían infiltrado en la revuelta, los amotinados ahora tenían un candidato a emperador, Hipacio, un sobrino del emperador anterior.

Es posible que Justiniano hubiese terminado por abandonar la ciudad de no haber sido por la demostración de carácter de su mujer. La emperatriz Teodora era una mujer de origen cuando menos humilde y sin embargo el discurso que Procopio de Cesarea pone en sus labios es digno del más brillante de los oradores. Cuenta Procopio que Teodora se negó a considerar la huida y afirmó que no pensaba vivir el día en el que alguien no se dirigiera a ella tratándola como a su señora, puesto que la realeza no dejaba de ser, en su opinión, el mejor de los sudarios. Tras aquella arenga a Justiniano y sus acólitos no les quedaba más remedio que enfrentarse a los disturbios. Los mejores generales del Imperio se pusieron al frente de la represión, que se saldó con unos 30.000 muertos.

En los libros la época de Justiniano ha quedado como una era de esplendor del imperio, pero aquel día, cuando apenas llevaba cinco años de reinado, fue su mujer quien le mantuvo en el trono. A Justiniano se le estudia en los libros de texto, a Teodora sólo la conocen quienes profundizan en la Historia, lo mismo que a las facciones azul y verde. De los 30.000 muertos, sin embargo, no se acuerda nadie. Y de la subida de impuestos que elevó el alboroto deportivo a la categoría de revolución, tampoco.

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El sistema de Trasíbulo

04 lunes Jun 2012

Posted by ibadomar in Historia, Política

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Antigüedad, Cípselo, Corinto, Grecia, Herodoto, Historia, Mediocridad, Mileto, Periandro, Tiranía, Trasíbulo

Últimamente parece aparecer una conciencia de que lo mediocre se ha instalado en nuestra sociedad. Un buen ejemplo es el vídeo Simiocracia, de Aleix Saló, muy recomendable para quien aún no lo haya visto, que resume la historia económica española de los últimos 4 años para llegar a la conclusión de que nos gobiernan ineptos. Más desolador aún es el artículo El triunfo de los mediocres del excelente blog de David Jiménez, según el cual en España se ha fomentado el triunfo de la mediocridad hasta el extremo de que el propio país se ha convertido en una nación mediocre. Esta idea no sólo aparece en blogs o artículos informales, sino también en prensa más consolidada. Como ejemplo tenemos este Retrato de país mediocre publicado hace ya más de un año en El Confidencial o el más reciente Los antiexcelentes de El mundo.

Quien pinche en los enlaces anteriores verá un retrato común de un país que rechaza la excelencia y adora lo mediocre y vulgar. Tanto coinciden los cuatro autores, cuyos  artículos son sólo un ejemplo de lo que se puede encontrar si se busca adecuadamente, que se diría que se ha instalado en España una nueva generación del 98 que asiste impotente a nuestra imparable decadencia. Si el panorama es cierto deberíamos empezar por dejar de lamentarnos y analizar el origen del problema para pensar en cómo ponerle remedio. ¿Surge esa lamentable mediocridad por accidente o es algo que ha sido buscado consciente o inconscientemente?

Estoy seguro de que los lectores habituales de este blog ya se estarán preguntando en qué momento de la Historia hay un ejemplo de cultura de lo mediocre. Efectivamente, ese momento existe. Nos lo cuenta Herodoto en el V de sus libros de Historia, cuando nos traslada al inicio del gobierno de Periandro de Corinto, en algún momento de la segunda mitad del siglo VII antes de Cristo. Periandro había heredado el gobierno de su padre, Cípselo, que ejerció la tiranía en Corinto durante unos treinta años.

Recordemos que tiranía para los griegos era un equivalente de gobierno unipersonal, que en principio no tenía por qué tener connotaciones negativas. Fue el modo en que gobernantes como Cípselo se afianzaron en el poder lo que terminó por dar al nombre de tirano el significado actual. Herodoto dice que Cípselo desterró a muchos corintios, a otros muchos los privó de sus bienes y a un número sensiblemente superior, de la vida. Tras morir Cípselo plácidamente el poder fue a parar a su hijo, cuyo gobierno fue al principio mucho más benévolo, pero que cambió pronto de parecer ya que hizo gala de la crueldad más absoluta pues todo aquello que el despotismo asesino y persecutorio de Cípselo había dejado intacto lo remató Periandro. El cambio de carácter de Periandro se explica a partir del consejo recibido por parte del tirano de Mileto, Trasíbulo.

Cuenta Herodoto que Periandro despachó un heraldo a Mileto para preguntar a Trasíbulo cómo podría asegurar su posición en la ciudad. El tirano milesio se hizo acompañar por el heraldo hasta un trigal y allí, mientras le pedía al emisario que le repitiera el motivo de su viaje, se dedicó a tronchar todas y cada una de las espigas que sobresalían por encima de las demás, tirándolas al suelo, hasta haber destruido así lo más granado del campo. Después despidió al heraldo sin haberle dado ningún consejo. Cuando el mensajero regresó a Corinto le expresó a Periandro su sorpresa por haber sido enviado a la corte de un orate que se dedicaba a destrozar sus propias posesiones sin responder a la cuestión que se le consultaba. Naturalmente Periandro comprendió al vuelo que la respuesta no estaba en las palabras de Trasíbulo, sino en sus actos: se trataba de acabar con los ciudadanos más destacados y a ello se aplicó con entusiasmo.

Esta historia hay que tomarla con precaución, naturalmente. En primer lugar porque al parecer el gobierno de Periandro fue una época de esplendor para Corinto y además porque las tiranías, según los historiadores, se apoyaban a menudo en las clases populares, que veían en el tirano a un campeón contra las oligarquías, por lo que el relato de Herodoto podría tener el sentido de que quien basa su poder en las clases populares necesita acabar con los oligarcas que podrían derrocarlo. Aun así la moraleja del cuento está clara: si un tirano quiere mantenerse tranquilamente en el poder tiene que deshacerse de los ciudadanos que sobresalgan por encima de los demás.

Es muy común la opinión de que la Historia puede ser una excelente escuela y de que se pueden encontrar en ella ejemplos del pasado muy útiles para los tiempos presentes. ¿Quién sabe? Es posible que nuestros dirigentes no sean tan ineptos como muchos piensan, que hayan leído a Herodoto y que lleven años aplicando el sistema de Trasíbulo.

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