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Últimamente parece aparecer una conciencia de que lo mediocre se ha instalado en nuestra sociedad. Un buen ejemplo es el vídeo Simiocracia, de Aleix Saló, muy recomendable para quien aún no lo haya visto, que resume la historia económica española de los últimos 4 años para llegar a la conclusión de que nos gobiernan ineptos. Más desolador aún es el artículo El triunfo de los mediocres del excelente blog de David Jiménez, según el cual en España se ha fomentado el triunfo de la mediocridad hasta el extremo de que el propio país se ha convertido en una nación mediocre. Esta idea no sólo aparece en blogs o artículos informales, sino también en prensa más consolidada. Como ejemplo tenemos este Retrato de país mediocre publicado hace ya más de un año en El Confidencial o el más reciente Los antiexcelentes de El mundo.

Quien pinche en los enlaces anteriores verá un retrato común de un país que rechaza la excelencia y adora lo mediocre y vulgar. Tanto coinciden los cuatro autores, cuyos  artículos son sólo un ejemplo de lo que se puede encontrar si se busca adecuadamente, que se diría que se ha instalado en España una nueva generación del 98 que asiste impotente a nuestra imparable decadencia. Si el panorama es cierto deberíamos empezar por dejar de lamentarnos y analizar el origen del problema para pensar en cómo ponerle remedio. ¿Surge esa lamentable mediocridad por accidente o es algo que ha sido buscado consciente o inconscientemente?

Estoy seguro de que los lectores habituales de este blog ya se estarán preguntando en qué momento de la Historia hay un ejemplo de cultura de lo mediocre. Efectivamente, ese momento existe. Nos lo cuenta Herodoto en el V de sus libros de Historia, cuando nos traslada al inicio del gobierno de Periandro de Corinto, en algún momento de la segunda mitad del siglo VII antes de Cristo. Periandro había heredado el gobierno de su padre, Cípselo, que ejerció la tiranía en Corinto durante unos treinta años.

Recordemos que tiranía para los griegos era un equivalente de gobierno unipersonal, que en principio no tenía por qué tener connotaciones negativas. Fue el modo en que gobernantes como Cípselo se afianzaron en el poder lo que terminó por dar al nombre de tirano el significado actual. Herodoto dice que Cípselo desterró a muchos corintios, a otros muchos los privó de sus bienes y a un número sensiblemente superior, de la vida. Tras morir Cípselo plácidamente el poder fue a parar a su hijo, cuyo gobierno fue al principio mucho más benévolo, pero que cambió pronto de parecer ya que hizo gala de la crueldad más absoluta pues todo aquello que el despotismo asesino y persecutorio de Cípselo había dejado intacto lo remató Periandro. El cambio de carácter de Periandro se explica a partir del consejo recibido por parte del tirano de Mileto, Trasíbulo.

Cuenta Herodoto que Periandro despachó un heraldo a Mileto para preguntar a Trasíbulo cómo podría asegurar su posición en la ciudad. El tirano milesio se hizo acompañar por el heraldo hasta un trigal y allí, mientras le pedía al emisario que le repitiera el motivo de su viaje, se dedicó a tronchar todas y cada una de las espigas que sobresalían por encima de las demás, tirándolas al suelo, hasta haber destruido así lo más granado del campo. Después despidió al heraldo sin haberle dado ningún consejo. Cuando el mensajero regresó a Corinto le expresó a Periandro su sorpresa por haber sido enviado a la corte de un orate que se dedicaba a destrozar sus propias posesiones sin responder a la cuestión que se le consultaba. Naturalmente Periandro comprendió al vuelo que la respuesta no estaba en las palabras de Trasíbulo, sino en sus actos: se trataba de acabar con los ciudadanos más destacados y a ello se aplicó con entusiasmo.

Esta historia hay que tomarla con precaución, naturalmente. En primer lugar porque al parecer el gobierno de Periandro fue una época de esplendor para Corinto y además porque las tiranías, según los historiadores, se apoyaban a menudo en las clases populares, que veían en el tirano a un campeón contra las oligarquías, por lo que el relato de Herodoto podría tener el sentido de que quien basa su poder en las clases populares necesita acabar con los oligarcas que podrían derrocarlo. Aun así la moraleja del cuento está clara: si un tirano quiere mantenerse tranquilamente en el poder tiene que deshacerse de los ciudadanos que sobresalgan por encima de los demás.

Es muy común la opinión de que la Historia puede ser una excelente escuela y de que se pueden encontrar en ella ejemplos del pasado muy útiles para los tiempos presentes. ¿Quién sabe? Es posible que nuestros dirigentes no sean tan ineptos como muchos piensan, que hayan leído a Herodoto y que lleven años aplicando el sistema de Trasíbulo.

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