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La matanza de San Valentín

14 martes Feb 2017

Posted by ibadomar in Historia

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Al Capone, Bugs Moran, Chicago, Deanie O´Bannion, Eliot Ness, Hoover, Hymie Weiss, Jim Colosimo, Johnny Torrio, Mafia, Matanza de San Valentín, Siglo XX

Que un blog publique un artículo en el día de San Valentín es normal, pero estoy seguro de que los lectores habituales de Los Gelves no terminan de creerse que vaya a aparecer aquí una historia romántica. Los que me conocen bien saben además que para mí un día como hoy no evoca ideas de frascos de perfume bellamente empaquetados, no. La palabra que asocio con San Valentín es «matanza». Porque en tal día como hoy, pero de 1929, Al Capone decidió que ya estaba bien de aguantar a Bugs Moran y sus chicos, y todos sabemos cómo resolvía Capone los problemas. Y si no, ahí está la portada del periódico del día para aclararlo:chicago-dailyLa matanza del día de San Valentín se había empezado a gestar mucho antes, hacia 1920, cuando la Ley Seca acababa de entrar en vigor, abriendo un mundo de posibilidades para quienes hasta entonces se habían movido en negocios como el juego o la prostitución. Entre ellos estaba Johnny Torrio, que era un hombre de negocios razonable, capaz de amoldarse a las peculiaridades de otros hombres de negocios, aunque fueran de temperamento muy distinto al suyo. Todo tenia un límite, claro: cuando el jefe de Torrio, Jim Colosimo, se negó a dar el salto al contrabando de alcohol, fue asesinado y la creencia general es que el asesinato fue cosa de Torrio, que tenía mucha más visión de negocio y se daba cuenta de que el alcohol era una mina de oro.

Por regla general, sin embargo, Torrio prefería usar la diplomacia y ofrecer tratos generosos, evitando la violencia y el llamar la atención. Deanie O’Bannion, por ejemplo, era mucho más visceral y menos razonable: cuando uno de sus hombres murió a causa de una caída de caballo, O’Bannion y los suyos robaron el caballo y lo mataron, lo que dice mucho de su foma de entender el mundo.

Un hombre tan violento no podía ser del gusto de Torrio, pero aún así el bueno de Johnny se las apañó para llegar a un acuerdo con él y dejarle autonomía en determinada zona de Chicago. ¿Por qué pelearse habiendo negocio para todos? Además, Bannion tenía un lado poético: le encantaban las flores. Incluso puso una floristería a la que solían acudir los miembros de la Mafia cuando tenían que rendir homenaje en un funeral a uno de los suyos. En esas ocasiones era frecuente que O’Bannion pusiera el cadáver, además de las flores.

En Mayo de 1924 Deanie O’Bannion parecía estar cansado de los negocios turbios y ofreció vender su parte a Johnny Torrio por 250.000 dólares. El negocio se tenía que cerrar en la fábrica de cerveza de O’Bannion, pero mira por dónde apareció la policía en el peor momento. Para O’Bannion no era gran cosa porque no tenía antecedentes y se libraría con una multa, pero Torrio sí los tenía y se podía ver en la cárcel. El que Deanie se quedará finalmente con la cervecería y con el dinero era algo que incluso alguien tan razonable como Torrio no podía dejar pasar.

La ocasión de saldar cuentas llegó en Noviembre de aquel mismo año, a raiz de la muerte de Mike Merlo, presidente en Chicago de la Unione Siciliana, una asociación benéfica de inmigrantes con el fin de encontrar apoyo mutuo. Merlo era un hombre de paz, al que algunos consideraban un santo, cuyos buenos oficios utilizaba Johnny Torrio de tanto en tanto para imponer la razón y lograr que las disputas se resolvieran sin sangre. Un cáncer acabó con su vida a los 44 años y no tiene nada de raro que Torrio encargara flores para el funeral y tampoco que tres de sus hombres fueran a recogerlas a la tienda de O’Bannion, que se encontró con que no podía librarse del apretón de manos con que le saludó uno de ellos. Los otros dos aprovecharon para tirotearlo a placer. Acababa de empezar una guerra.

Un par de meses después, Johnny Torrio llegaba a casa en su coche cuando le tocó el turno de ser acribillado por tres de los hombres de O’Bannion: Hymie Weiss, Bugs Moran y Vincent Drucci. Recibió impactos por todas partes y, malherido, se encontró con una pistola en la sien. El asesino apretó el gatillo y… no ocurrió nada; la pistola había quedado descargada en el tiroteo. Otro de los tiradores dio la voz de alarma y los tres hombres se fueron a escape, dejando a Torrio al borde de la muerte, aunque vivo. Se recuperó, pero pensó que ya había tenido bastantes emociones y decidió retirarse dejando el negocio en manos de uno de sus hombres con el que se llevaba muy bien a pesar de que era violento y nada diplomático. Se llamaba Al Capone.

Capone tenía poco de discreto: se paseaba por Chicago en una limusina blindada y le gustaba ir a la ópera rodeado de guardaespaldas. Prefería las amenazas a la diplomacia y no tenía reparo en cumplirlas, así que la continuación de la guerra con los herederos de O’Bannion era cosa servida. Éstos intentaron acabar con él enviando una docena de coches con pistoleros contra un local de Capone, que salió ileso de puro milagro. Tres semanas después devolvía el golpe acabando con Hymie Weiss, por entonces al frente de la banda del difunto O’Bannion, frente a la catedral de Chicago.

A Weiss lo sucedió Bugs Moran, de origen polaco como él, sin que la guerra tuviera visos de terminar. Prueba de la violencia del conflicto es el asesinato de los pacíficos sucesores de Mike Merlo al frente de la Unione Siciliana. Capone había colocado allí a un hombre inofensivo, Tony Lombardo, que fue liquidado por los hombres de Moran en Septiembre de 1928. Su sucesor, también colocado por Capone, era igualmente inofensivo e igualmente fue asesinado en Enero de 1929. Para Capone estaba claro que no bastaba con ir matando jefes de la banda sino que había que terminar con la banda misma.

Los hombres de Bugs Moran tenían su centro de operaciones en un garaje de North Clark Street en donde se guardaban los camiones usados para el contrabando de alcohol. Como era de esperar, cuando se les presentó la oportunidad de hacerse con un cargamento de whisky supuestamente robado, se acordó un encuentro en el garaje para examinar la mercancía. La cita tendría lugar la mañana del 14 de Febrero de 1929.

Aquel día, en el local, sometido a una discreta vigilancia, se reunieron seis personas, entre ellos los principales matones de la banda, los hermanos Pete y Frank Gusenberg, pero faltaba el gran jefe, el propio Bugs Moran. Por fin llegó un séptimo hombre, al que los vigilantes identificaron erróneamente como Moran, y el plan se puso en marcha. Un coche de policía se plantó ante el garaje y de él descendieron dos hombres de uniforme que procedieron a arrestar a los siete que estaban en el garaje. En ese momento el verdadero Bugs Moran aparecía en la calle acompañado de otros dos de sus hombres, pero al ver el coche de policía dieron media vuelta y se fueron discretamente.

Los siete hombres del garaje, alineados contra una pared, no tenían aparentemente motivos para inquietarse: en el Chicago de 1929, una redada así tenía muchas probabilidades de terminar en una amonestación para los policías que se metían donde no les llamaban; pero de pronto aparecieron otros dos hombres de paisano armados con subfusiles que ametrallaron a los siete. Sólo quedó vivo el perro del propietario del garaje, que estaba bien atado. Highball se llamaba. Los policías y los hombres de paisano se fueron de allí tan súbitamente como habían llegado.

Cuando preguntaron a Bugs Moran quién podía estar detrás del crimen respondió «sólo Capone es capaz de esto». (Traducción libre de: Only Capone kills like that). No le faltaba razón, pero esta vez las cosas habían ido demasiado lejos incluso para un hombre como Capone y una ciudad como Chicago. La matanza hizo correr mucha tinta en los periódicos y Johnny Torrio tuvo que volver a intervenir para convocar una conferencia en Atlantic City donde los grandes capos se reunieron con Capone para buscar una solución.

Al terminar la reunión, Capone se fue a Philadelphia en donde, no se sabe cómo, dos policías se dieron cuenta de que él y su guardaespaldas iban armados. Qué raro, viniendo de un jefe mafioso, que debería ser más cauto. En tiempo récord Capone estaba ante un juez sin que apareciera la legión de abogados que era de esperar, se declaraba culpable, le condenaban a un año de prisión y entraba en la cárcel. Todo en apenas 16 horas desde que llegó a Philadelphia. Como los policías que lo detuvieron habían sido tiempo antes huéspedes del propio Capone en su casa de Florida, las malas lenguas suponían que era todo un arreglo para que Capone desapareciera de Chicago durante una temporada.

Pero era demasiado tarde. La matanza de San Valentín había hecho demasiado ruido y el mismo presidente Hoover le encargaba al Secretario del Tesoro que se encargara de aquel gángster. Más aún, cada vez que ambos hombres se encontraban, Hoover preguntaba por el caso Capone. Con enemigos de ese calibre, Capone podía darse por encerrado.

La fama de su captura se la llevó, aunque muchos años después de los hechos y de manera póstuma, Eliot Ness, cuyo papel fue hostigar los negocios ilegales de Capone a base de redadas en cervecerías y bares clandestinos, pero el trabajo más duro lo llevaron a cabo quienes investigaron los libros contables hasta encontrar algún indicio de delito fiscal, que fue lo que a la postre sirvió para cumplir la orden presidencial de encerrar a Capone, que cumplió sentencia entre 1932 y 1939.

Capone no se recuperó jamás del golpe. No podía hacerlo por razones de salud: cuando salió de la cárcel sus facultades mentales estaban muy afectadas por la sífilis. Murió en 1947 a los 48 años. A Bugs Moran tampoco le fue demasiado bien a la larga; con el fin de la Prohibición llegó su declive y se vio de vuelta a sus inicios, es decir a los robos y atracos. Murió en prisión en 1957, a los 63 años.

De todos los protagonistas de esta historia sólo Johnny Torrio, el hombre de negocios que prefería negociar a emplear la violencia, salió bien librado. Por algo era conocido como The Fox (el zorro). Cierto que tuvo que cumplir una pequeña condena por evasión de impuestos, pero logró retirarse sin perder su prestigio en el mundo del crimen organizado y no era infrecuente que los principales gángsters acudieran a él en busca de consejo. Murió de un infarto a los 75 años, también en 1957.

 

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El día en que se aniquiló a un imperio

16 lunes Ene 2017

Posted by ibadomar in Historia

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Batalla, Bombardeo en picado, Dauntless, Devastator, Historia, Kate, Midway, Momentos cruciales, Nagumo, Pearl Harbor, Portaaviones, Segunda Guerra Mundial, Siglo XX, Val, Wildcat, Zero

Hay días, pocos, en los que se producen giros dramáticos en la Historia, y de eso sabemos bastante en este blog. Hoy voy a hablar de uno de esos días, o mejor dicho, momentos; porque fueron apenas 6 minutos los que transcurrieron entre el apogeo de un imperio victorioso y su declive irremediable. Ocurrió el 4 de Junio de 1942 junto a unos islotes del Océano Pacífico situados a medio camino entre Asia y América. De ahí su nombre: Midway.

Es sabido que Japón entró en la Segunda Guerra Mundial para resolver por la fuerza el enfrentamiento con las potencias occidentales, inevitable en su expansión por el Sudeste de Asia. Pretender ocupar Singapur (colonia británica), Java (colonia holandesa) o las Filipinas (bajo dominio estadounidense, aunque con independencia prevista para 1946) hacía inevitable una guerra. Puestos a luchar, mejor hacerlo con ventaja, pegando duro desde el primer día con la esperanza de que el adversario no esté dispuesto a pagar el coste económico y sangriento de una guerra. De ahí el ataque a Pearl Harbor de Diciembre de 1941.

Seis meses después de aquel día, Japón se había hecho con los territorios mencionados y con mucho más, pero no podía vencer en una guerra larga frente a una potencia industrial del calibre de Estados Unidos. Baste recordar que Winston Churchill advirtió a los japoneses en su día de que un país que produce 7 millones de toneladas de acero al año no puede derrotar a uno que produce 75 millones de toneladas. Japón, por tanto, tenía que buscar una batalla decisiva que provocara un golpe tan devastador a los norteamericanos que les llevara a buscar una paz negociada. El almirante Yamamoto consideró ocupar Midway, donde Estados Unidos tenía una base aérea, para tener un punto desde el que amenazar con asaltar Hawaii. La flota americana tendría que reaccionar, se produciría el enfrentamiento y Japón saldría triunfante. Así de sencillo.

Los motivos para el optimismo se basaban en la momentánea superioridad japonesa. Estados Unidos acababa de ponerse en marcha y aún no tenía medios para igualar a la flota nipona: en Midway sólo intervinieron 3 portaaviones americanos por la simple razón de que eso era todo lo que había. Técnicamente, Japón tampoco tenía nada que envidiar aún a sus enemigos: el caza embarcado Zero, por ejemplo, era un prodigio, aunque le quedaba poco para quedar en inferioridad ante los nuevos aviones norteamericanos, que aún estaban por fabricarse. En Midway, sin embargo, sus adversarios más peligrosos serían los Wildcat, que apenas podían considerarse equivalentes al avión japónes.

Los americanos tenían, eso sí, una ventaja. Habían logrado descifrar el código naval japonés y conocían el plan de sus enemigos, un plan que era demasiado complicado para salir bien: una fuerza que incluía 2 portaaviones japoneses atacaría las Aleutianas para despistar y alejar a la flota americana, mientras la fuerza principal ocupaba Midway con la ayuda de 4 portaaviones. Sabiendo que los americanos sólo contaban con 3 buques de este tipo es inevitable preguntarse si no habría sido más sensato haber destinado toda la flota a atacar Midway, creando así una fuerza irresistible. Además, el reconocimiento submarino japonés no detectó la salida de la flota americana, por lo que los atacantes se acercaron a Midway pensando que la única resistencia provendría de la propia base.

La batalla propiamente dicha comenzó a las 4:30 del 4 de Junio. A esa hora despegaban de los portaaviones japoneses 36 bombarderos Kate (que también podían usarse como torpederos), 36 bombarderos en picado Val y 36 cazas Zero. Su misión era asegurar la supremacía aérea sobre Midway y ablandar las defensas, pero si esperaban destruir a la aviación americana en tierra se iban a llevar una decepción: perdido el factor sorpresa, los aviones con base en Midway despegaron tan pronto como el radar detectó a los incursores: los cazas para intentar frenar a los atacantes mientras los bombarderos se dirigían hacia la flota japonesa.

Ni los cazas norteamericanos ni el fuego antiaéreo impidieron que la oleada japonesa se abriera paso, pero el bombardeo no obtuvo grandes resultados: las pistas quedaron intactas, los aviones americanos no habían sido destruidos en tierra y las defensas de la isla tampoco habían sufrido daños decisivos. Era evidente que haría falta un segundo ataque aéreo y así se notificó a las 7 de la mañana, cuando aquella primera oleada de atacantes iniciaba el regreso hacia los portaaviones.

Aproximadamente en ese mismo momento, los bombarderos con base en Midway llegaban a las inmediaciones de los portaaviones japoneses e iniciaban un ataque que iba a resultar desastroso: mal equipados y sin protección de cazas, los estadounidenses fueron masacrados, como lo serían todos los aviones procedentes de Midway que se enfrentasen a los buques nipones durante la siguiente hora y media.

Pero precisamente a las 7 de la mañana los portaaviones norteamericanos lanzaban sus aviones contra la flota japonesa. Tardarían algo más de dos horas en llegar a su objetivo, pero lo harían de forma inesperada, porque aunque los japoneses tenían aviones de reconocimiento para asegurarse de que no hubiese buques enemigos por la zona, uno de sus barcos, el crucero Tone, tuvo problemas que le hicieron lanzar sus hidroaviones con 30 minutos de retraso sobre lo previsto. ¿Hace falta decir que la flota americana estaba precisamente en el área que tenía que cubrir uno de los hidroaviones del Tone?

Entretanto, el almirante Nagumo, al mando de la fuerza japonesa de portaaviones, tenía que tomar decisiones con rapidez. El jefe de la primera oleada había radiado la necesidad de realizar una segunda incursión sobre Midway y allí estaban sus barcos sufriendo un ataque, aunque inofensivo, por parte de aviones basados en Midway. Los bombarderos Kate que tendrían que realizar la nueva incursión estaban listos para despegar, pero armados con torpedos por si era necesario enfrentarse a una hipotética flota norteamericana que ni aparecía ni era de esperar que lo hiciese. La decisión lógica era armar los Kate con bombas para el ataque a tierra y así se ordenó, pero eso implicaba llevar los aviones a los ascensores, bajarlos a los hangares y cambiar el armamento, una tarea engorrosa y lenta. Y justo media hora después de ordenar aquel cambio, cuanda estaban a mitad del proceso, el reconocimiento aéreo alertó de la presencia de 10 barcos de superficie.

¿Y ahora qué? debió de pensar Nagumo mientras ordenaba que se interrumpiera el cambio de armamento a la espera de más detalles. Debió de ser un alivio para él recibir a las 8:06 un mensaje que decía que la flota americana estaba compuesta por 5 cruceros y 5 destructores. Sin portaaviones a la vista, sería posible atacar Midway de nuevo y ocuparse más tarde de aquellos barcos, pero el respiro fue momentáneo: a las 8:30 el reconocimiento japonés avistaba un portaaviones enemigo, precisamente cuando estaban llegando de regreso los aviones de la primera oleada. ¿Qué hacer ahora? Ya no era cuestión de atacar Midway. ¿Lanzar a los Kate con su mezcla de torpedos y bombas contra los portaaviones americanos o recuperar primero a los aviones que llegaban y aprovechar ese tiempo para armar a todos los Kate con torpedos, más eficientes contra barcos? Nagumo optó por la segunda opción.

Otra vez a cambiar el armamento a toda prisa, a contrarreloj, sin tiempo para tomar las precauciones adecuadas y apilando bombas y torpedos de cualquier manera junto a unos aviones repletos de combustible. A las 9:18 todos los aviones de la primera oleada de ataque habían aterrizado ya, pero no era posible lanzar la segunda porque los primeros aviones procedentes de la flota norteamericana hacían su aparición. Eran 15 anticuados torpederos Devastator de los que sólo uno sobreviviría a aquella jornada. Los lentos aparatos volaban a ras de agua para lanzar sus torpedos contra los buques enemigos, pero uno tras otro fracasaban en el intento, incapaces de hacer frente a los Zeros. La carnicería se repetió con un segundo escuadrón de torpederos, y después con un tercero.

Tras una hora de combate, Nagumo creía tener razones para respirar más tranquilo: sus barcos seguían intactos y los aviones enemigos habían sido masacrados, tanto los bombarderos basados en Midway como los torpederos de los portaaviones. Si eso era todo lo que los americanos podían hacer, la batalla se podía dar por ganada. Lleno de confianza y seguro de la victoria dio la orden de lanzar la segunda oleada de ataque. Y precisamente en ese momento se dio la voz de alarma: se aproximaban más aviones enemigos y esta vez no venían a baja altitud sino por encima, muy por encima. Eran las 10:20

El sacrificio de los Devastator no había sido en vano. Los cazas japoneses habían abandonado sus posiciones iniciales, a media y alta cota, para descender sobre los torpederos atacantes y ya nada se interponía entre los portaaviones nipones y los bombarderos en picado Dauntless, que ahora descendían casi en vertical sobre sus presas.

dauntless_bomb_dropBombardero en picado Dauntless (imagen tomada de Wikipedia)

El primero en caer fue el portaaviones Kaga. Un impacto entre los aviones que se disponían a despegar, repletos de combustible y munición, provocó un incendio masivo que carbonizó a los pilotos, atrapados en sus cabinas, mientras chorros de combustible en llamas se filtraban hacia los niveles inferiores. Otra bomba destruyó un ascensor e hizo explosión en el hangar inferior, donde había tantas bombas y torpedos almacenados de cualquier manera.

Un momento después era el Soryu el que sufría el impacto de las bombas y a continuación el Akagi, a las 10:26. El espectáculo dantesco se repetía en ellos. No importaba que los tres portaaviones aún siguieran a flote: dos de ellos se hundirían 7 horas más tarde mientras que el tercero aguantaría hasta las 5 de la mañana del día siguiente. Apenas habían pasado seis minutos desde que el primer Dauntless iniciara su ataque en picado, pero Japón ya había perdido inevitablemente la guerra porque carecía de la capacidad de reponer aquellas pérdidas.

Aún les quedaba un portaaviones, el Hiryu, cuyas aeronaves contraatacaron. Una primera oleada de bombarderos en picado Val logró alcanzar al portaaviones americano Yorktown, aunque la tripulación consiguió reparar los daños. Un segundo ataque sobre el mismo barco, ya a las 14:45, por parte de torpederos Kate japoneses, lo dañó de tal modo que el buque fue abandonado a las 15:00. Pero el Hiryu no corrió mejor suerte: fue atacado por aviones de los otros dos portaaviones norteamericanos y alcanzado por 4 bombas apenas dos horas después. Ninguno de los 4 portaaviones japoneses había sobrevivido al encuentro. Los americanos, por su parte, sólo habían perdido un portaaviones e incluso albergaron esperanzas de recuperarlo, frustradas por la intervención de un submarino japonés, que lo torpedeó dos días después.

El alcance de la impresión creada por aquel día fatídico en el mando japonés es difícil de imaginar. Los invencibles dueños de un imperio que al amanecer se aprestaba a dar el golpe de gracia a su enemigo estaban condenados por la tarde a batirse a la desesperada, tras perder sus mejores armas, para intentar retrasar el inevitable final. Si al menos algo les hubiera podido advertir de lo que les esperaba…

Y ahí está lo curioso, que estaban advertidos. En Mayo el mando japonés realizó simulaciones de la batalla, pero se rechazaron los resultados de la situación en la que aparecía una flota americana. Cuando en otra simulación el árbitro determinó que dos portaaviones japoneses resultaban hundidos, se obligó a repetir el caso reduciendo la pérdida a sólo uno, que es tanto como hacer trampas al solitario. La confianza japonesa en su plan era tal que el mayor temor que tenían era que la flota americana no saliera a su encuentro, según lo previsto, una vez ocupado Midway.

Definitivamente, los dioses ciegan a quienes están destinados a la perdición.

 

 

 

 

 

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Una ametralladora para Roland Garros

12 sábado Nov 2016

Posted by ibadomar in Aviación, Historia

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Aviación, Fokker, Historia, Marne, Morane-Saulnier, Nesterov, Nieuport, Primera Guerra Mundial, Quénault, Roland Garros, Siglo XX

Ya es 12 de noviembre, que es tanto como decir que este blog está de aniversario. Cinco años llevo publicando artículos, aunque sea un tanto irregularmente, lo que dice bastante de mi constancia y de la paciencia de quienes me leen. Celebremos ambas de la única manera lógica posible: con un nuevo artículo.

Si algo tiene este blog de peculiar es que no tiene una temática definida. Hay predominio de los artículos de Historia, seguidos de los de aviación, pero sin que el blog tenga por qué limitarse a ellos. Además, una tradición autoimpuesta me obliga a publicar un artículo sobre la Primera Guerra Mundial en cada aniversario. Con esas premisas sería lógico que el blog estuviese plagado de artículos sobre aviación en la Primera Guerra Mundial. Pues no. Mira que podrían dar juego, pero no hay ni uno solo. Hasta hoy.

Aquella contienda cambió el mundo de muchas maneras, en buena medida porque se desarrollaba entre naciones plenamente industrializadas en un momento en que la tecnología abría unas posibilidades mecánicas impensables hasta poco antes. Las ametralladoras automatizaban la tarea de disparar un tiro tras otro, la artillería contaba con cañones de potencia nunca vista, la industria química aportaba los gases venenosos y, gracias a los aviones y submarinos, la guerra dejaba de estar limitada a la superficie terrestre y marítima para subir a los cielos y bajar a las profundidades.

En realidad la guerra aérea no era una novedad completa. La observación militar por medio de globos se empleó por primera vez en 1794 y el uso de la aeronave más pesada que el aire con fines militares empezó apenas 8 años después del vuelo de los hermanos Wright. Fue en 1911, cuando los italianos emplearon aeroplanos en Libia, no sólo para observación, sino también para ataque a tierra. Tan pronto como empezó la guerra en Europa, los aviadores se convirtieron en los ojos de los ejércitos y así fue como Francia pudo detener la embestida alemana en el Marne gracias a las informaciones obtenidas desde el aire, como ya publiqué en otra ocasión.

Ver es bueno, pero ver sin ser visto es mucho mejor, sobre todo cuando se está en guerra, y pronto se buscó la manera de derribar a los aviones enemigos y asegurar la protección de los propios. Al principio se intentó usar armas ligeras, manipuladas por un observador mientras el piloto se dedicaba a controlar el avión, pero es difícil acertar a un blanco en movimiento desde una plataforma también móvil. Aunque siempre se podía intentar el sistema del piloto ruso Piotr Nikolayevich Nesterov, que embistió con su avión a un aparato enemigo. Posiblemente esperaba retomar el control tras la colisión porque era un piloto experimentado (en 1913 se convirtió en el primer hombre en hacer un looping, hazaña que le valió un arresto por poner en peligro su avión innecesariamente), pero no llevaba cinturón de seguridad y salió despedido. Consiguió el derribo pero perdió la vida, demostrando que ese tipo de ataque no era práctico.

Estaba visto que derribar un avión no era fácil. Hacía falta mucha suerte para lograrlo con un solo disparo, de manera que la mejor forma era disparar muchas veces y muy deprisa, cuanto más mejor. Es tanto como decir que se necesitaba una ametralladora; y una ametralladora llevaba Louis Quénault, observador en un biplaza Voisin 3LA, cuando el 5 de octubre de 1914 consiguió el primer derribo confirmado de la Historia. El primer derribo «ortodoxo», se entiende, puesto que Nesterov se había adelantado en un mes. Lo curioso es que Quénault agotó la munición de su arma sin éxito y consiguió su propósito utilizando un fusil.

Pero el problema de apuntar desde una plataforma en movimiento a un blanco móvil seguía, aunque se podía simplificar si se disparaba en la dirección del avance. En ese caso, se podría lograr incluso que el mismo piloto manejara el arma, ya que no sería necesario apuntar, sino dirigir el avión hacia el blanco. El concepto estaba claro, pero había un problema: ¿cómo disparar hacia adelante sin destruir la propia hélice?

Los ingleses resolvieron el problema eliminando la hélice. Bueno, no del todo, simplemente la colocaron detrás, empujando en lugar de tirar. No era una solución tan rara como parece, de hecho el Voisin de Quénault también tenía la hélice detrás. Eso determinó el diseño de los primeros cazas ingleses que fueron del tipo F.B.5, fabricados por Vickers Ltd, y que llegaron a Francia en febrero de 1915. Seguía siendo un biplaza, pero por primera vez se había construido un avión pensado para derribar a sus enemigos. Un avión de combate.

vickers_fb-5_gunbus_2345_g-atvp_yvtn_09-07-66_edited-3Réplica de un F.B. 5. Imagen sacada de Wikipedia

Enfrentados al mismo problema, los franceses optaron por un monoplano monoplaza. La ametralladora se instalaba fija sobre el capó y se buscaba la manera de que los proyectiles no provocaran daños. La solución fue de lo más pedestre: instalar unas chapas protectoras en la hélice. El sistema era peligroso (al menos dos personas murieron durante los ensayos en tierra por balas rebotadas) y poco práctico puesto que los impactos no dejaban de hacer sufrir la transmisión. Pero eran pocas las balas que impactaban en la protección, la mayoría pasaba limpiamente, y así fue como Roland Garros consiguió tres derribos en un par de semanas de abril de 1915 pilotando un Morane-Saulnier. Que un solo hombre lograra tales éxitos era impensable hasta entonces aunque se tratara de alguien de la reputación de Garros, famoso por su hazaña de atravesar en avión el Mediterráneo, en 1913, saliendo de Fréjus, en el sur de Francia y aterrizando en Bizerta, en el norte de Túnez.

1024px-morane-saulnier_l_in_french_markingsUn Morane Saulnier L, según Wikipedia

Pero, volviendo a 1915, la suerte dejó de estar con Roland Garros casi en seguida. Tras su quincena triunfal, su avión fue alcanzado por un tiro de suerte desde tierra. Con el motor averiado, se vio obligado a aterrizar y fue hecho prisionero. Los alemanes, encantados de haber acabado con la carrera del terror aéreo del frente occidental, no sólo habían capturado al piloto, sino que también tenían el avión y su sistema de protección de las palas de la hélice y se dispusieron a usarlo en provecho propio.

Pero no llegaron a hacerlo nunca. Cuando el ingeniero Anthony Fokker recibió el encargo de adaptar aquel método no perdió el tiempo con él porque ya estaba trabajando en algo mucho mejor: sincronizar los disparos con el giro del motor, de manera que la ametralladora no disparaba si tenía una pala en la línea de tiro. Los primeros monoplanos Fokker E.I con su ametralladora sincronizada llegaron al frente en el verano de 1915 y se convirtieron en el terror de sus adversarios. Con ellos y sus desarrollos posteriores, como el E.III, lograron sus primeras victorias pilotos tan célebres como Oswald Boelcke o Max Immelmann, que merecen artículo aparte.

1280px-fokker_m5k-mg_e5-15El temido Fokker E.I en imagen de Wikipedia

Aún se ensayarían otros sistemas, como el de montar la ametralladora sobre el ala superior de un biplano para que disparara por el exterior del círculo formado por la hélice al girar. Un buen ejemplo es el Nieuport 11, pero la solución de Fokker sería la que finalmente adoptarían todos los combatientes tarde o temprano.

De todos los protagonistas de esta historia el más conocido es Roland Garros, aunque por causas que nada tienen que ver con la guerra ni con la aviación. Permaneció prisionero hasta febrero de 1918, cuando consiguió escapar y volver a territorio francés, pero tuvo que adaptarse a tipos de avión totalmente diferentes a los que él había conocido. Consiguió un nuevo derribo confirmado (el cuarto de su historial), pero el 5 de octubre de 1918, apenas un mes y una semana antes de que terminara la guerra, fue a su vez derribado y muerto. Al día siguiente habría cumplido 30 años.

Pero hoy se le recuerda por otro motivo. En 1928 Francia tenía que organizar la final de la copa Davis de tenis y necesitaba unas canchas adecuadas para atender a  jugadores y público. El club deportivo Stade de France aportó el terreno para las obras, pero su presidente puso la condición de que las instalaciones llevaran el nombre de Roland Garros, amigo suyo desde que coincidieron en la Escuela de Comercio. Además, Garros y él habían sido compañeros en el equipo de Stade de France, pero no jugando al tenis sino al rugby. Por ese gesto de su amigo, hoy todo el mundo conoce el nombre de Roland Garros, aunque pocos saben quién era.

Nesterov, el piloto ruso que murió al embestir a un avión enemigo, también dio nombre a algo: a todo un pueblo, Zhovkva, situado en Ucrania, que fue rebautizado Nesterov en 1951 por el gobierno soviético. Pero tampoco por ello se le recordará, ya que en 1992, tras la independencia de Ucrania, el pueblo recuperó su nombre original. Para consuelo de sus admiradores, el asteroide Nesterov, descubierto en 1973, no ha cambiado de nombre.

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