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Publicaciones de la categoría: Historia

El nefasto oráculo de Creso

08 lunes May 2017

Posted by ibadomar in Historia, Política

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Antigüedad, Apolo, Ciro, Creso, Grecia, Historia, Lidia, Oráculo de Anfiarao, Oráculo de Delfos, Oráculo de Dodona, Persia

Al fin hay nuevo Presidente de la República Francesa y, esta vez, los oráculos han acertado. Menos mal, porque llevaban una racha en la que no daban una: que si el Brexit, que si las elecciones estadounidenses… el caso es que siempre hay alguien capaz de explicar por qué los sondeos fallaron: la gente, que responde una cosa en las encuestas y luego vota otra. Qué malvados.

Cuando se trata de temas técnicos, en los que no vale una encuesta al público en general, se usa a veces el método Delphi, que consiste en enviar un cuestionario a varios expertos (por ejemplo: ¿cómo serán los medios de transporte dominantes en el futuro: aviones supersónicos, ferrocarriles de alta velocidad, aviones subsónicos de poco consumo, autopistas…?). Los resultados se envían de nuevo a los expertos, que deben volver a responder en una nueva ronda tras conocer la opinión de sus colegas. El proceso se puede repetir varias veces hasta que se alcanza una especie de consenso.

Por un método u otro, se trata de tener una predicción de qué va a ocurrir en el futuro. Luego el futuro hace lo que le da la gana, claro, y la precisión de los resultados puede dejar mucho que desear, pero no por ello se deja de intentar sondearlo.

Y así, sin casi darnos cuenta, hemos entrado en un terreno familiar para este blog, puesto que he mencionado la palabra Delphi, que es la forma inglesa de decir Delfos, la localidad griega en la que estaba el oráculo más famoso del mundo antiguo. En aquellos tiempos no se consultaba el futuro a los expertos, sino directamente a los dioses. Eran muchos los santuarios que albergaban un oráculo, y algunos eran muy prestigiosos, como el de Zeus en Dodona, donde los sacerdotes interpretaban la respuesta a partir del rumor de las hojas de los árboles. El de Anfiarao, en Oropos, era el más original porque quien allí se dirigía debía echarse a dormir, tras seguir determinado ritual de purificación, para soñar con una respuesta.

Pero el más célebre oráculo era el de Delfos, dedicado a Apolo. En él la Pitia, que era la mujer que servía de intermediaria del dios, masticaba hojas de laurel y se sentaba en un trípode sobre una grieta de la que salían vapores volcánicos. Fuese por los gases de las entrañas de la tierra, por el laurel o por la presencia real de Apolo, la mujer entraba en un trance en el que balbuceaba palabras que parecían no tener sentido, pero que eran interpretadas por los sacerdotes para dar una respuesta.

Si el oráculo era tan famoso debía de ser por algo y tampoco es de extrañar que muchas respuestas fueran atinadas: despues de todo, allí acudía gente de todo el mundo griego e incluso de fuera de él. Muchas decisiones trascendentales, incluyendo cuestiones de alta política, no se tomaban hasta que Apolo se había pronunciado, por lo que a Delfos llegaban consultas de todo tipo y se recogía información valiosísima que se podía utilizar para dar respuestas muy razonables. No es tan diferente de lo que hace una consultora.

El oráculo de Delfos era también famoso por lo oscuras y ambiguas que podían llegar a ser sus predicciones. El ejemplo más célebre es la consulta que hizo Creso, rey de Lidia. Ésta era una región de Asia menor en Anatolia… pero nada como un mapa para verlo con claridad. En él la región que controlaba Creso está coloreada en marrón y la línea roja es la máxima expansión del país unos 100 años antes. El río Halys, al este, marcaba la frontera con el imperio persa, o imperio medo si se prefiere, puesto que para los griegos ambos términos se confundían.

400px-Map_of_Lydia_ancient_times-es.svgMapa tomado de Wikipedia

Creso quiso saber cuál era el oráculo más certero de todos y para ello envió emisarios a los principales de entre ellos pidiendo que se les hiciera la misma consulta en un día determinado de antemano. La pregunta era ¿qué está haciendo Creso en este momento?. Cuando llegaron las respuestas sólo encontró totalmente satisfactoria la de Delfos, que decía, en versos hexámetros como era costumbre:

Conozco el número de los granos de arena y las dimensiones del mar. Al sordomudo comprendo y al que no habla oigo. A mis sentidos llega el aroma de una tortuga de piel rugosa, que en recipiente de bronce se cuece junto a carne de cordero. Bronce tiene debajo y bronce la recubre.

Era verdad. Creso había decidido hacer algo difícil de adivinar y en el día señalado descuartizó una tortuga y un cordero y los puso a cocer en un caldero de bronce con tapa de bronce. Después de este acierto, Creso envió riquísimos presentes a Delfos (por algo su nombre sigue empleándose como sinónimo de multimillonario) y le hizo importantes consultas. En una de ellas preguntó si su reinado sería duradero y la respuesta fue que no debería avergonzarse de huir el día en que un mulo fuera rey de los medos, lo que parece equivalente a decir “vas a ser rey hasta que las ranas críen pelo”. Animado por este vaticinio Creso ordenó preguntar si debía emprender la guerra contra los persas y el oráculo respondió que de hacerlo pondría fin a un gran imperio.

Con estos augurios Creso se lanzó a la conquista del imperio persa y salió escaldado. Fue derrotado y capturado y se salvó de la ejecución in extremis, aunque finalmente consiguió congraciarse con el emperador persa, Ciro, que lo mantuvo a su lado como consejero y le permitió enviar un heraldo a Delfos con la misión de preguntar a Apolo si tenía por costumbre engañar a sus fieles. La respuesta de Apolo fue esta vez de lo más clara. Se dividía en tres partes:

1.- Ni siquiera los dioses pueden escapar al destino y en el de Creso estaba decidido que expiara cierta traición de un bisabuelo suyo. Aun así, Apolo había logrado aplazar el desastre y salvar a Creso cuando su ejecución parecía inminente.

2.- El oráculo había dicho que Creso pondría fin a un gran imperio y era verdad: había puesto fin al reino del propio Creso, que no había sabido interpretar el vaticinio.

3.- Era cierto que un mulo era rey de los medos ya que Ciro era hijo de una mujer meda de alta alcurnia y de un padre persa de condición más humilde. Así que, en sentido figurado, Ciro era el mulo al que se refería la profecía.

Visto así, los sacerdotes de Delfos tenían toda la razón. Al menos así lo reconoció Creso, que sabía perder con deportividad. Y si él aceptó las explicaciones de Apolo, no seré yo quien le lleve la contraria.

Es más, me encantaría que el tempo de Apolo siguiera en pie, recibiendo las consultas de gobernantes de todo el mundo, y emitiendo enigmáticos vaticinios. Las interpretaciones podrían ser tan erróneas como las de las encuestas de la actualidad, pero no se puede negar que el sistema de Delfos, con sus respuestas en verso y su ambigüedad calculada, tenía mucho estilo.

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El hijo adoptivo de Sisigambis

23 domingo Abr 2017

Posted by ibadomar in Historia

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Alejandro Magno, Antigüedad, Arte, Batalla de Gaugamela, Batalla de Issos, Charles Le Brun, Darío III, Hefestión, Historia, Roxana, Sisigambis, Veronese

Pensaba yo hace unos días en que tenía que actualizar el blog y dudaba entre escribir sobre la peligrosidad de las baterías de litio en la bodega de carga de un avión o sobre la campaña contra el gobierno de Antonio Maura en 1909. ¿Artículo de seguridad aérea o artículo de Historia? Cuando se tiene una duda así no hay más que dos posibilidades racionales: o se tira una moneda al aire para elegir una opción o se escoge una tercera que no tenga nada que ver con las anteriores. Por eso, como hace tiempo que no comento ninguna obra de arte, aprovecharé para mencionar una que introduce una historia peculiar. Se trata de «La familia de Darío ante Alejandro», cuadro de Paolo Veronese.

Es una obra del siglo XVI y eso se nota en la vestimenta de los personajes, que no se corresponde con lo que sería de esperar en la realeza persa y los generales macedonios del siglo IV antes de Cristo. Pero Veronese no pretendía dar una lección de Historia sino ilustrar una anécdota famosa, tanto que no sería la primera ni la última vez que un artista se ocupaba de ella. Conozco al menos otras cuatro versiones pictóricas de este momento. Como ejemplo, veamos una de Charles Le Brun, pintada 100 años después de la de Veronese.

En los dos casos la idea está clara: un grupo de mujeres se arrodilla ante dos hombres vestidos casi igual. Y ahí está la anécdota: se estaban arrodillando ante la persona equivocada. Pero será mejor que vayamos por partes y contemos quiénes son los protagonistas de nuestro artículo de hoy.

Alejandro Magno no necesita presentación, pero su compañero Hefestión no es tan conocido. Baste decir que era uno de sus generales, su principal hombre de confianza, amigo y, según algunas fuentes, amante. En cuanto a las mujeres que se arrodillan ante los macedonios, la más anciana es Sisigambis, madre de Darío III, rey de Persia. Le siguen Estatira, esposa de Darío, y dos hijas del rey. También está el hijo de Darío, aún un niño. Si se humillan ante los macedonios es por la costumbre persa de hacerlo ante los reyes, y en este caso no estaba de más suplicar clemencia y agradecer la que ya habían recibido, puesto que eran prisioneras de Alejandro desde la batalla de Iso o Issos, que tuvo lugar el día anterior a la escena representada en los cuadros.

Era noviembre del año 333 antes de Cristo. Alejandro Magno, decidido a hacerse con el dominio del Imperio Persa, se había enfrentado en Issos al ejército comandado en persona por Darío III. La ventaja numérica estaba del lado persa, pero en la guerra el número de soldados no importa tanto como la forma en que están armados y dirigidos y en aquella época el ejército macedonio además de ser el mejor del mundo contaba con Alejandro al frente. En un momento de la batalla, Alejandro, al frente de la caballería, cargó directamente contra la posición que ocupaba Darío. El persa flaqueó y huyó en su carro, poniendo fin a la batalla, puesto que su ejército la dio por perdida al ver escapar a su general. Alejandro no logró alcanzar a Darío, pero sí pudo hacerse con el carro, el manto y las armas del persa, que éste había abandonado para proseguir su huida a caballo.

Con la victoria llegó el botín. La corte persa era célebre por su riqueza, al contrario que la realeza macedonia, de modo que Alejandro, a la vista de los tesoros que guardaba la tienda de Darío pudo exclamar «así que esto es lo que significa ser rey». Aquella noche celebró el éxito con sus generales cenando en la vajilla de oro del monarca persa, pero oyó llantos y gemidos cercanos y preguntó qué ocurría. Era la familia de Darío, que había acompañado al rey a la batalla y que ahora, al ver su carro y su manto, lo daban por muerto.

Alejandro era un hombre poco común, especialmente para su época: su liderazgo se basaba en el ejemplo (ya lo vimos en otro artículo) y no abusaba de su poder con los vencidos. Al contrario, su clemencia y magnanimidad se harían célebres. En esta ocasión envió a un oficial para que tranquilizara a la familia de Darío, les explicara que éste seguía con vida y que podían contar con su protección. Al día siguiente, Alejandro, acompañado de Hefestión, acudió a visitar a sus ilustres cautivos, que vieron por primera vez a su vencedor, pero… ¿cuál de los dos hombres era?

Sólo el choque cultural explica la confusión que siguió. Entre los persas la realeza no sólo era rica y ostentosa: también era imponente. Se esperaba de un rey que tuviera buena presencia, empezando por su estatura (el propio Darío medía cerca de dos metros), pero Alejandro por el contrario era un hombre delgado y más bajo que su acompañante Hefestión, al parecer un hombre apuesto y de buena figura. La reina madre, Sisigambis, siguiendo la costumbre persa, se postró sin dudar a los pies de quien ella suponía era el vencedor de su hijo y se encontró con que éste, desconcertado, daba un paso atrás. Sisigambis, cuando sus sirvientes le indicaron su error, quiso repetir el gesto ante el verdadero Alejandro, pero éste le ayudó a ponerse en pie al instante con una frase que, una vez que se la tradujeron, desconcertó a la anciana persa: «No te apures, madre, no te has equivocado. Él también es Alejandro«.

Es curioso que entre ambos, Alejandro y Sisigambis, se desarrollara rápidamente una gran simpatía mutua, teniendo en cuenta sus diferencias culturales. No fue el del primer día el último de los malentendidos que tuvieron: cuando Alejandro quiso hacer un regalo a su prisionera no pensó en nada mejor que un juego de labor con hilos de colores, recordando que las mujeres macedonias, por muy nobles que fueran, gustaban de entretenerse tejiendo y bordando. Para Sisigambis, sin embargo, el ver a quien aseguraba ser su protector entregándole unos instrumentos propios de una sirvienta o, peor aún, de una esclava fue un impacto. Alejandro, viendo su desconcierto, preguntó que ocurría, comprendió el malentendido y pidió disculpas.

Dos años después, en el año 331 antes de Cristo, Alejandro y Darío volvieron a enfrentarse, esta vez en Gaugamela. Una vez más la ventaja numérica era persa y una vez más Alejandro hizo huir a su rival. Tras la batalla, Darío apenas conservaba un pequeño ejército y ya no tuvo ocasión de reclutar otro porque fue asesinado por uno de sus sátrapas. Alejandro, que habría preferido capturarlo con vida, envió el cadáver a Persépolis para que Sisigambis organizara las honras fúnebres correspondientes a su rango.

Es extraño el destino de Sisigambis: sobrevivió a la derrota de su hijo y también a su muerte, pero no sobrevivió a la de Alejandro. Éste murió en el año 323 antes de Cristo. Al conocer la noticia, Sisigambis se encerró en sus habitaciones y se negó a comer hasta que le sobrevino la muerte, cuatro o cinco días después.

Esta historia, como todas las de la Antigüedad, hay que tomarla con precaución. No sólo por la costumbre de los historiadores de la época de embellecer sus relatos, también por las diferencias culturales: puede que Sisigambis, viendo muerto a su protector, esperara verse asesinada de un momento a otro. No tendría nada de extraño, puesto que su hija, que se había casado con Alejandro, murió asesinada por Roxana, otra esposa del macedonio, que no quería competencia para su propio hijo.

En cualquier caso la relación de Alejandro con Sisigambis fue más allá de la mera diplomacia. Las fuentes coinciden en la mutua simpatía y el buen entendimiento entre ambos. No deja de ser llamativo y otra muestra más del peculiar carácter de Alejandro, un hombre que daba ejemplo a sus soldados siendo el primero en la línea de batalla, que se comportaba con moderación en la victoria sin abusar de su posición de fuerza y que respetaba a los vencidos. En una época en la que se podía arrasar tranquilamente una ciudad tras pasar a cuchillo a sus habitantes varones y vender a las mujeres y niños como esclavos sin que nadie moviera una ceja, la personalidad de Alejandro resulta especialmente llamativa. No hubo nadie como él y la prueba fue el desmembramiento de su imperio tras su muerte. Pera esa historia la contaré otro día.

 

 

 

 

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La matanza de San Valentín

14 martes Feb 2017

Posted by ibadomar in Historia

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Al Capone, Bugs Moran, Chicago, Deanie O´Bannion, Eliot Ness, Hoover, Hymie Weiss, Jim Colosimo, Johnny Torrio, Mafia, Matanza de San Valentín, Siglo XX

Que un blog publique un artículo en el día de San Valentín es normal, pero estoy seguro de que los lectores habituales de Los Gelves no terminan de creerse que vaya a aparecer aquí una historia romántica. Los que me conocen bien saben además que para mí un día como hoy no evoca ideas de frascos de perfume bellamente empaquetados, no. La palabra que asocio con San Valentín es «matanza». Porque en tal día como hoy, pero de 1929, Al Capone decidió que ya estaba bien de aguantar a Bugs Moran y sus chicos, y todos sabemos cómo resolvía Capone los problemas. Y si no, ahí está la portada del periódico del día para aclararlo:chicago-dailyLa matanza del día de San Valentín se había empezado a gestar mucho antes, hacia 1920, cuando la Ley Seca acababa de entrar en vigor, abriendo un mundo de posibilidades para quienes hasta entonces se habían movido en negocios como el juego o la prostitución. Entre ellos estaba Johnny Torrio, que era un hombre de negocios razonable, capaz de amoldarse a las peculiaridades de otros hombres de negocios, aunque fueran de temperamento muy distinto al suyo. Todo tenia un límite, claro: cuando el jefe de Torrio, Jim Colosimo, se negó a dar el salto al contrabando de alcohol, fue asesinado y la creencia general es que el asesinato fue cosa de Torrio, que tenía mucha más visión de negocio y se daba cuenta de que el alcohol era una mina de oro.

Por regla general, sin embargo, Torrio prefería usar la diplomacia y ofrecer tratos generosos, evitando la violencia y el llamar la atención. Deanie O’Bannion, por ejemplo, era mucho más visceral y menos razonable: cuando uno de sus hombres murió a causa de una caída de caballo, O’Bannion y los suyos robaron el caballo y lo mataron, lo que dice mucho de su foma de entender el mundo.

Un hombre tan violento no podía ser del gusto de Torrio, pero aún así el bueno de Johnny se las apañó para llegar a un acuerdo con él y dejarle autonomía en determinada zona de Chicago. ¿Por qué pelearse habiendo negocio para todos? Además, Bannion tenía un lado poético: le encantaban las flores. Incluso puso una floristería a la que solían acudir los miembros de la Mafia cuando tenían que rendir homenaje en un funeral a uno de los suyos. En esas ocasiones era frecuente que O’Bannion pusiera el cadáver, además de las flores.

En Mayo de 1924 Deanie O’Bannion parecía estar cansado de los negocios turbios y ofreció vender su parte a Johnny Torrio por 250.000 dólares. El negocio se tenía que cerrar en la fábrica de cerveza de O’Bannion, pero mira por dónde apareció la policía en el peor momento. Para O’Bannion no era gran cosa porque no tenía antecedentes y se libraría con una multa, pero Torrio sí los tenía y se podía ver en la cárcel. El que Deanie se quedará finalmente con la cervecería y con el dinero era algo que incluso alguien tan razonable como Torrio no podía dejar pasar.

La ocasión de saldar cuentas llegó en Noviembre de aquel mismo año, a raiz de la muerte de Mike Merlo, presidente en Chicago de la Unione Siciliana, una asociación benéfica de inmigrantes con el fin de encontrar apoyo mutuo. Merlo era un hombre de paz, al que algunos consideraban un santo, cuyos buenos oficios utilizaba Johnny Torrio de tanto en tanto para imponer la razón y lograr que las disputas se resolvieran sin sangre. Un cáncer acabó con su vida a los 44 años y no tiene nada de raro que Torrio encargara flores para el funeral y tampoco que tres de sus hombres fueran a recogerlas a la tienda de O’Bannion, que se encontró con que no podía librarse del apretón de manos con que le saludó uno de ellos. Los otros dos aprovecharon para tirotearlo a placer. Acababa de empezar una guerra.

Un par de meses después, Johnny Torrio llegaba a casa en su coche cuando le tocó el turno de ser acribillado por tres de los hombres de O’Bannion: Hymie Weiss, Bugs Moran y Vincent Drucci. Recibió impactos por todas partes y, malherido, se encontró con una pistola en la sien. El asesino apretó el gatillo y… no ocurrió nada; la pistola había quedado descargada en el tiroteo. Otro de los tiradores dio la voz de alarma y los tres hombres se fueron a escape, dejando a Torrio al borde de la muerte, aunque vivo. Se recuperó, pero pensó que ya había tenido bastantes emociones y decidió retirarse dejando el negocio en manos de uno de sus hombres con el que se llevaba muy bien a pesar de que era violento y nada diplomático. Se llamaba Al Capone.

Capone tenía poco de discreto: se paseaba por Chicago en una limusina blindada y le gustaba ir a la ópera rodeado de guardaespaldas. Prefería las amenazas a la diplomacia y no tenía reparo en cumplirlas, así que la continuación de la guerra con los herederos de O’Bannion era cosa servida. Éstos intentaron acabar con él enviando una docena de coches con pistoleros contra un local de Capone, que salió ileso de puro milagro. Tres semanas después devolvía el golpe acabando con Hymie Weiss, por entonces al frente de la banda del difunto O’Bannion, frente a la catedral de Chicago.

A Weiss lo sucedió Bugs Moran, de origen polaco como él, sin que la guerra tuviera visos de terminar. Prueba de la violencia del conflicto es el asesinato de los pacíficos sucesores de Mike Merlo al frente de la Unione Siciliana. Capone había colocado allí a un hombre inofensivo, Tony Lombardo, que fue liquidado por los hombres de Moran en Septiembre de 1928. Su sucesor, también colocado por Capone, era igualmente inofensivo e igualmente fue asesinado en Enero de 1929. Para Capone estaba claro que no bastaba con ir matando jefes de la banda sino que había que terminar con la banda misma.

Los hombres de Bugs Moran tenían su centro de operaciones en un garaje de North Clark Street en donde se guardaban los camiones usados para el contrabando de alcohol. Como era de esperar, cuando se les presentó la oportunidad de hacerse con un cargamento de whisky supuestamente robado, se acordó un encuentro en el garaje para examinar la mercancía. La cita tendría lugar la mañana del 14 de Febrero de 1929.

Aquel día, en el local, sometido a una discreta vigilancia, se reunieron seis personas, entre ellos los principales matones de la banda, los hermanos Pete y Frank Gusenberg, pero faltaba el gran jefe, el propio Bugs Moran. Por fin llegó un séptimo hombre, al que los vigilantes identificaron erróneamente como Moran, y el plan se puso en marcha. Un coche de policía se plantó ante el garaje y de él descendieron dos hombres de uniforme que procedieron a arrestar a los siete que estaban en el garaje. En ese momento el verdadero Bugs Moran aparecía en la calle acompañado de otros dos de sus hombres, pero al ver el coche de policía dieron media vuelta y se fueron discretamente.

Los siete hombres del garaje, alineados contra una pared, no tenían aparentemente motivos para inquietarse: en el Chicago de 1929, una redada así tenía muchas probabilidades de terminar en una amonestación para los policías que se metían donde no les llamaban; pero de pronto aparecieron otros dos hombres de paisano armados con subfusiles que ametrallaron a los siete. Sólo quedó vivo el perro del propietario del garaje, que estaba bien atado. Highball se llamaba. Los policías y los hombres de paisano se fueron de allí tan súbitamente como habían llegado.

Cuando preguntaron a Bugs Moran quién podía estar detrás del crimen respondió «sólo Capone es capaz de esto». (Traducción libre de: Only Capone kills like that). No le faltaba razón, pero esta vez las cosas habían ido demasiado lejos incluso para un hombre como Capone y una ciudad como Chicago. La matanza hizo correr mucha tinta en los periódicos y Johnny Torrio tuvo que volver a intervenir para convocar una conferencia en Atlantic City donde los grandes capos se reunieron con Capone para buscar una solución.

Al terminar la reunión, Capone se fue a Philadelphia en donde, no se sabe cómo, dos policías se dieron cuenta de que él y su guardaespaldas iban armados. Qué raro, viniendo de un jefe mafioso, que debería ser más cauto. En tiempo récord Capone estaba ante un juez sin que apareciera la legión de abogados que era de esperar, se declaraba culpable, le condenaban a un año de prisión y entraba en la cárcel. Todo en apenas 16 horas desde que llegó a Philadelphia. Como los policías que lo detuvieron habían sido tiempo antes huéspedes del propio Capone en su casa de Florida, las malas lenguas suponían que era todo un arreglo para que Capone desapareciera de Chicago durante una temporada.

Pero era demasiado tarde. La matanza de San Valentín había hecho demasiado ruido y el mismo presidente Hoover le encargaba al Secretario del Tesoro que se encargara de aquel gángster. Más aún, cada vez que ambos hombres se encontraban, Hoover preguntaba por el caso Capone. Con enemigos de ese calibre, Capone podía darse por encerrado.

La fama de su captura se la llevó, aunque muchos años después de los hechos y de manera póstuma, Eliot Ness, cuyo papel fue hostigar los negocios ilegales de Capone a base de redadas en cervecerías y bares clandestinos, pero el trabajo más duro lo llevaron a cabo quienes investigaron los libros contables hasta encontrar algún indicio de delito fiscal, que fue lo que a la postre sirvió para cumplir la orden presidencial de encerrar a Capone, que cumplió sentencia entre 1932 y 1939.

Capone no se recuperó jamás del golpe. No podía hacerlo por razones de salud: cuando salió de la cárcel sus facultades mentales estaban muy afectadas por la sífilis. Murió en 1947 a los 48 años. A Bugs Moran tampoco le fue demasiado bien a la larga; con el fin de la Prohibición llegó su declive y se vio de vuelta a sus inicios, es decir a los robos y atracos. Murió en prisión en 1957, a los 63 años.

De todos los protagonistas de esta historia sólo Johnny Torrio, el hombre de negocios que prefería negociar a emplear la violencia, salió bien librado. Por algo era conocido como The Fox (el zorro). Cierto que tuvo que cumplir una pequeña condena por evasión de impuestos, pero logró retirarse sin perder su prestigio en el mundo del crimen organizado y no era infrecuente que los principales gángsters acudieran a él en busca de consejo. Murió de un infarto a los 75 años, también en 1957.

 

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