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Archivos mensuales: octubre 2015

Trabajo de equipo

20 martes Oct 2015

Posted by ibadomar in Aviación

≈ 1 comentario

Etiquetas

Aviación, Control aéreo, IFATCA, IFR, Navegación aérea, Seguridad aérea, Técnica, VFR

Hoy, 20 de octubre, es el día del controlador aéreo, jornada que se creó hace algunos años con el fin de dar a conocer esta profesión. Puestos a celebrarlo, me parece que divulgar en qué consiste este trabajo es la mejor forma de hacerlo, puesto que así se cumple con la finalidad con la que IFATCA, la federación internacional que agrupa a los profesionales del control aéreo, instituyó la fecha.

ATCODAY2015

Cartel del día del controlador 2015

Hace tiempo me gustaba llevar a visitantes a mi lugar de trabajo (ahora es muy complicado por una normativa de seguridad un tanto exagerada). Era divertido porque la primera sorpresa que se llevaban era ver que no nos acercábamos a ningún aeropuerto y no íbamos a subir a una torre de control. “¿Pero los controladores no trabajáis en una torre?” era la primera pregunta. Bueno, pues algunos sí y otros, como yo, no. Es más, nunca he trabajado en una torre. Pero vayamos por partes.

El primero de los objetivos del control aéreo, tal y como los define la Organización Internacional de Aviación Civil (OACI), es evitar las colisiones entre aeronaves y, cuando se está en el área de maniobras de un aeropuerto, también entre las aeronaves y posibles obstáculos. Hay otros objetivos (mantener un flujo ordenado de tráfico, acelerar las operaciones en la medida de lo posible…) pero lo fundamental, la máxima prioridad, es evitar colisiones. Vamos a considerar diferentes situaciones para aclarar esta idea y ver también qué clases de controladores hay.

Empecemos en un aeropuerto. Por el momento nos limitaremos al área de maniobras, que es como se llama el conjunto formado por la pista de despegue y aterrizaje y las calles de rodaje, que son las calzadas por las que se mueven los aviones entre la plataforma (el área donde estacionan) y la pista. Hablamos por tanto de aviones que están en tierra. Los controladores aéreos deben, en este caso, evitar accidentes entre ellos y también con cualquier otro vehículo u obstáculo. Pongamos algunos ejemplos:

– Supongamos un avión que está rodando por una calle de rodaje y otro que está a punto de entrar en ella para dirigirse, desde la plataforma, a la pista de despegue. ¿Quién cede el paso al otro? En un aeródromo controlado lo decide el controlador.

– ¿Y si no encuentra a otro avión sino el coche de un señalero? También lo decide el controlador.

– ¿Y si son los bomberos del aeropuerto los que están llegando al cruce? Lo mismo.

– ¿Y si hay 8 aviones moviéndose por las calles de rodaje mientras que un tractor de remolque se dirige a la plataforma arrastrando a un noveno avión y un coche está haciendo una revisión de la pista? También en ese caso ordenan el tráfico los controladores, y hablo en plural porque con tanto movimiento es posible que el aeropuerto sea grande y tenga varias posiciones de control.

¿Y qué pasa con los aviones cuando están en el aire? En las cercanías del aeropuerto también los controlará la torre. El controlador autoriza a despegar (siempre tras echar una ojeada a la pista para asegurarse de que no hay nada ni nadie en ella) y a aterrizar (tras volver a mirar la pista), pero también los alrededores del aeropuerto están bajo su jurisdicción. En aeropuertos grandes, donde sólo hay vuelos instrumentales, como Barajas o El Prat, esto no es tan evidente, pero quien visite la torre de Cuatro Vientos o Sabadell verá al controlador dar instrucciones a los aviones para indicar quién aterriza antes:  “EC-XXX es número dos detrás de una Cessna 172 que está virando a final”.

Parte del arte del controlador de torre reside en afinar lo más posible con el tráfico: si tenemos varios aviones llegando para aterrizar y varios en el punto de espera para salir ¿tendrá tiempo un avión de despegar entre dos que aterrizan? ¿O será mejor dejar que aterricen todos y que despeguen a continuación los que esperan? Dependerá de las circunstancias, claro.

Un buen torrero conseguirá optimizar el uso de la pista, pero si se equivoca puede que alguno de los aviones que están a punto de aterrizar tenga que frustrar la maniobra debido a que la pista está ocupada por un avión que espera para despegar. Por eso a veces hay que pecar de prudente aunque eso provoque una demora. El peor escenario sería que un avión a punto de tomar tierra tuviera que frustrar porque otro estuviera, no sólo en la pista, sino en carrera de despegue. En ese caso tendríamos a dos aviones, uno literalmente encima de otro, ascendiendo a la vez. Nunca debe llegarse a tal caso, pero si se diera, el controlador también está para eso: para tragar saliva, apretar el culo (perdón por la expresión tan lamentable, pero en este caso es descriptiva… y exacta) y resolver el problema.

El controlador de aeródromo necesita ver la pista, el aeropuerto y sus alrededores y por eso se le ubica en una torre, para que tenga buena visibilidad. Pero cuando los aviones están lejos de los aeropuertos también están bajo control. Y aquí es donde dejamos de hablar de torres para referirnos a los centros de control.

Antes de seguir adelante será bueno aclarar la diferencia entre un vuelo VFR (visual), que es el que suelen hacer las avionetas, y uno IFR (instrumental). El piloto VFR necesita ver puntos de referencia exteriores para conocer su posición y realizar el vuelo, mientras que el IFR se basa en sus instrumentos. Podríamos decir que uno mira siempre al exterior de su avión, mientras que el otro mantiene la mirada dentro de la cabina sin importarle si fuera hay visibilidad o no, si es de día o de noche o si vuela dentro de una nube. El servicio que recibe cada uno por parte de control depende de cómo se haya clasificado el espacio aéreo (hay hasta siete clases distintas), pero en general podemos decir que los pilotos VFR cuidan de mantenerse apartados unos de otros mientras que los pilotos IFR confían en que sea un controlador aéreo quien realice esa función.

Existen técnicas para garantizar que los aviones mantengan una separación adecuada sin necesidad de sistemas de vigilancia, pero en la actualidad, en un país como España, el control aéreo de ruta se hace mediante radar. He mencionado la palabra separación, que es un término frecuente en el oficio: puesto que se trata de evitar colisiones, la norma obliga a que los aviones tengan una separación mínima entre sí (5 millas náuticas cuando están a la misma altitud, 1.000 pies en caso contrario). 5 millas son 9,26 Km. y eso parece mucha distancia, pero un avión a velocidad de crucero la recorre en unos 40 segundos y si dos aviones van de frente esas 5 millas son apenas 20 segundos.

Pero volvamos ahora a los centros de control. Los problemas de un controlador de ruta tienen lugar normalmente a gran altitud, casi en la estratosfera, y muy lejos de su ubicación. Un controlador del centro de control de Madrid puede estar ocupado, por ejemplo, en estudiar cómo mantener la separación de dos aviones que se van a cruzar en la vertical de Santiago de Compostela a 39.000 pies de altitud (casi 12 kilómetros). La solución, una vez más, depende de las circunstancias. Veamos algunos ejemplos:

– Si uno de los aviones se dirige a Oporto, tendrá que iniciar pronto el descenso. Se le puede ordenar que lo inicie un poco antes de lo habitual y así los aviones tendrán separación vertical.

– Se puede ordenar a uno de los aviones que vire unos grados (normalmente 10 o 15, pero puede que más) para asegurar que se crucen con más de 5 millas. A esto se le llama dar un vector.

– Si la ruta de uno de los aviones le lleva a virar en algún punto, se puede dar un directo, es decir ordenar que vaya directamente a un punto alejado de la ruta más allá del viraje incluido en ella, para conseguir lo mismo que con el vector.

Otro problema típico es tener un avión encima de otro, ambos en la misma ruta, y que el que está más alto se esté acercando a su destino, por lo que tendrá que descender atravesando el nivel de la otra aeronave. El controlador tendrá que actuar para asegurarse de que el descenso se hace sin infringir las separaciones mínimas.

También podemos mezclar varios problemas: el avión que se acerca a su destino y tiene que descender está al mismo nivel que otro con el que se cruzará en ocho minutos, pero tiene debajo a un tercero que sigue la misma ruta y al que no podemos obligar a virar porque eso crearía otro conflicto con una cuarta aeronave. Este tipo de problemas encadenados son la rutina habitual de un centro de control.

Cerca de los aeropuertos, los aviones, vengan de donde vengan, tienen que maniobrar de tal modo que terminen por formar una secuencia ordenada en la que todos mantengan la separación adecuada entre sí mientras forman una hilera que termina en el umbral de pista. Los controladores que se encargan de esto son los aproximadores. Su trabajo típico es ordenar rumbos (es decir dar vectores), altitudes y velocidades a los pilotos para conseguir que todos terminen por encajar ordenadamente en la secuencia.

Decía que es divertido llevar a visitantes al centro de control y una de las razones es que quienes no conocen este mundillo, aunque tienen una idea de cuál es la función de un piloto, desconocen la de un controlador. El visitante, tras ver un par de sectores de ruta y que se le explique cómo se está resolviendo algún conflicto, se acerca a aproximación y oye cómo un controlador está dando órdenes del siguiente tipo:

– Iberia 123 vire izquierda, rumbo dos cuatro cero.

– Air Europa 456 reduzca a 180 nudos.

– Vueling 789 descienda a 6.000 pies.

Le queda entonces la impresión de que el piloto se limita a cumplir órdenes y de que todas las decisiones se toman en la sala de control; pero eso tampoco es exacto. El piloto mantiene siempre el control de su avión y la responsabilidad sobre su propio vuelo, mientras que el controlador tiene la visión de conjunto de todas las aeronaves en su sector. Es un trabajo de equipo, aunque no siempre lo parezca.

Esto se hace evidente cuando las cosas se complican. Puede ser porque una nube tormentosa se coloca en el peor de los lugares, porque haya turbulencia a determinados niveles, porque surja una emergencia… en esos casos el intercambio de información es constante. Ahora el piloto no se limita a seguir dócilmente las órdenes: el Iberia 123 de hace un momento podría decir que no puede seguir el rumbo ordenado porque se metería en la tormenta, así que pide desviarse en otro rumbo diferente, siempre sujeto a la aprobación de control. El controlador por su parte dará las órdenes oportunas para dirigir el tráfico aéreo asegurándose de que ese imprevisto no crea conflictos entre aeronaves. Otra situación fuera de lo habitual es que un piloto  declare una emergencia y necesite aterrizar cuanto antes. En ese caso las órdenes del controlador irán dirigidas a abrirle camino, demorando a otros aviones si es necesario.

Podría extenderme mucho más sobre este tema, pero como introducción creo que es suficiente. Prometo escribir otro día un artículo sobre el control de afluencia para explicar por qué a veces se produce una demora aparentemente inexplicable. Pero eso será otro día, porque hoy es el día del controlador aéreo y, qué demonios, no todo va a ser divulgar la profesión… también me apetece celebrarlo de la forma tradicional.

atco2009

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La excepción solutrense

15 jueves Oct 2015

Posted by ibadomar in Historia

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Historia, Paleolítico, Prehistoria, Solutrense

Tengo que confesar que cuando estudiaba Historia había una parte que me resultaba muy poco atractiva: la Prehistoria. No podía con ella a pesar de que, paradójicamente, saqué notas muy altas. Había un motivo claro: de la Prehistoria sabemos muy poco y cuanto más retrocedemos en el tiempo menos información tenemos. Al no haber fuentes escritas sólo la arqueología nos proporciona datos con los que intentar reconstruir las sociedades de aquella época y eso lleva a un método de estudio bastante tedioso.

La cosa es más o menos así: en un yacimiento se descubre algo peculiar. Se decide que esa característica es suficiente para definir una cultura, se le da el nombre del yacimiento y, si se encuentran objetos con las mismas peculiaridades en otro lugar se supone que forma parte de la misma cultura. Como apenas sabemos más, en los manuales de estudio no se describe la vida ni los hechos de aquellas gentes sino simplemente se menciona la cultura, sus características y los yacimientos. Estudiar acaba siendo un ejercicio de memoria, más que de comprensión, y de ahí mi falta de interés.

Por ejemplo, si este blog fuera un yacimiento y se encontrara algo peculiar en él, como una forma característica en unas puntas de flecha, definiríamos la cultura gelvesiana. Luego aparece el mismo tipo de punta en otro yacimiento y se dice que se han encontrado en él puntas de flecha gelvesianas. ¿Por qué están ahí? ¿hubo comercio, emigración, mera casualidad? Es difícil de saber y como hay muchas más preguntas que respuestas, el estudio resulta bastante árido.

Pero a veces hay cosas que resultan llamativas, hasta para alguien a quien no le resulta interesante este tema, como es mi caso. Una de ellas es el Solutrense, que es una cultura que existió hace unos 20.000 a 15.000 años en el área que vemos en el mapa:

SolutrenseMapa tomado de Wikipedia

De este mapa es especialmente interesante el yacimiento número 12, llamado Solutré, precisamente por ser el que da nombre a esta cultura, que como he dicho ya, llegó a su final hace 15.000 años. Es una cultura paleolítica; del paleolítico superior, cierto, pero paleolítico al fin y al cabo. Esto implica que hablamos de personas que vivían de la caza y la recolección, que desconocían cosas tan elementales como la agricultura, la cerámica o la metalurgia. Todos sus instrumentos estaban hechos con piedra tallada, pieles, madera, hueso… vamos, que no eran el colmo del refinamiento.

¿Y qué tenía de peculiar esta gente para que os esté hablando de ella? La respuesta está en la siguiente imagen:

laurelImagen tomada del British Museum

La cultura solutrense se caracteriza, naturalmente, por algún tipo de instrumento lítico, en este caso por las puntas llamadas de hoja de laurel. Lo peculiar es que existen ejemplares como el de la fotografía, que se conserva en el British Museum, que apenas tienen 6 milímetros de espesor para una longitud de casi 30 centímetros. Y aquí es donde todos mis prejuicios sobre la Prehistoria se vienen abajo y por eso escribo este artículo: como terapia.

Solemos pensar que tallar piedra es una cosa que se hace a golpes y que por lo tanto carece de sutileza. Pues bien, en este caso se empleaban sistemas como la talla por presión e incluso el tratamiento térmico del sílex (es decir que lo calentaban para trabajarlo mejor). Sólo así podían conseguir una hoja tan delgada que servía para… ¿para qué demontre servía algo así? Como arma arrojadiza no. Imaginemos una lanza con una punta de piedra tan larga y fina. Se rompería al primer intento de uso. Entonces, ¿para qué diablos se empleaba el objeto de la foto?

Como siempre, cuando se trata de la Prehistoria, no se sabe la respuesta con certeza, pero se cree que debía de ser un objeto de prestigio. ¿Un regalo para el jefe de una tribu? ¿un ejercicio de estilo de un artesano hábil? ¿las dos cosas? Si añadimos que este objeto en particular está fabricado con un sílex que no es originario de la región en la que se encontró la punta y que junto a ella no había huesos ni otros objetos, aparte de otras puntas similares, el enigma se acentúa. ¿Las ocultó alguien con la intención de recuperarlas después, pero ya no pudo volver a recogerlas? Quién sabe.

Por eso el solutrense es para mí una excepción dentro de la Prehistoria. Uno piensa en una sociedad de salvajes incapaces de hacer la o con un canuto y se encuentra con artesanos que, aunque tienen un repertorio limitado de técnicas, las dominan y desarrollan hasta el límite. Y no sólo eran capaces de hacer objetos de gran delicadeza sino que reconocían la excepcionalidad de tales artefactos y, aparentemente, les otorgaban un valor que no venía dado por su utilidad práctica sino por su belleza o por su excepcionalidad. Para ser parte de una cultura primitiva, resultan sorprendentemente sofisticados.

Y esto es lo que me enseñó el Solutrense: que en mitad de una materia que yo consideraba tediosa podía encontrar un detalle fascinante y que no hay nada como estudiar para deshacerse de prejuicios. Aunque he de reconocer que no los abandoné del todo, como lo demuestra que éste es el 91º artículo que se publica en este blog y el primero que habla de Prehistoria. Definitivamente, lo del Solutrense, en mi caso, es una excepción y la Prehistoria no es lo mío.

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