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Depardieu y los decuriones

13 domingo Ene 2013

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Depardieu, Diocleciano, Fiscalidad, Historia, Roma

Ha sido noticia la espantá de Gerard Depardieu, que huyendo de unos impuestos muy elevados en Francia ha recalado en Rusia. Ya en cierta ocasión me ocupé en este blog de comentar cómo las subidas de impuestos son una de las causas típicas que llevan a la desafección de un pueblo hacia sus gobernantes, desafección que puede desembocar en el enfrentamiento directo: revolución, para decirlo más claramente. En aquel artículo comentaba cómo la Revolución Americana, que culmina con la independencia de los Estados Unidos, la inicia la clase acomodada como reacción a nuevos impuestos y cómo la Revolución Francesa surge de la negativa de los notables a compartir la carga fiscal.

Hoy hablaremos de otro caso similar. Es fácil encontrarlos porque la Historia está plagada de ejemplos en los que el aumento de la presión fiscal desencadena consecuencias indeseadas por el gobernante. En esta ocasión nos trasladaremos al Bajo Imperio Romano, en concreto a las ciudades de provincias. Poblaciones como Tarraco, Hispalis o Emerita Augusta, por poner ejemplos cercanos a nosotros, que al igual que Roma tenían su propio senado, sólo que éste era conocido con el nombre de Curia. Sus miembros, la oligarquía municipal, eran los decuriones. Para formar parte de un grupo tan selecto había que poseer una renta mínima que varía según las fuentes que se consulten. Yo he encontrado dos referencias y en una de ellas se menciona un mínimo de 20.000 sextercios mientras que en la otra la cantidad sube hasta los 100.000. Probablemente la renta necesaria fuera distinta en cada ciudad y eso explique la diferencia. Lo que es seguro es que para ser parte de ese grupo selecto había que contarse entre la clase acomodada, pero es importante recalcar que la renta necesaria no implicaba ser rico. Las cantidades necesarias para ingresar en la Curia estaban muy por debajo de las rentas de los grandes terratenientes.

Ser decurión era una responsabilidad bastante seria puesto que significaba sufragar espectáculos públicos, subvencionar la distribución de grano, colaborar en el mantenimiento de infraestructuras, etc. A cambio se obtenían algunos beneficios como por ejemplo estar en las primeras filas en el teatro o el anfiteatro (lo que por otro lado es natural, ya que a fin de cuentas los decuriones pagaban el espectáculo) o contarse entre los honestiores, algo así como hombres de honor, que parece poca cosa, pero suponía que en caso de procedimiento judicial el tribunal no podía recurrir a la tortura contra ellos. Además, el ofrecer pan y circo es siempre un medio para ganar prestigio, y por tanto poder, y en cuanto a las infraestructuras es de suponer que al decurión le gustaba tanto inaugurar un acueducto o una carretera como a los políticos actuales. La diferencia es que el decurión lo había pagado de su bolsillo.

Las fuentes de ingresos del decurión de a pie eran el comercio y la explotación de talleres artesanales. Es de suponer que el prestigio personal que suponía pertenecer a la Curia les ayudaba bastante en sus negocios. Vanidad e ingresos eran dos buenas razones para que el cargo fuese codiciado a pesar de los gastos que suponía. Al menos hasta la crisis del siglo III. Por aquel entonces ya hacía tiempo que las cargas económicas habían aumentado tanto que cada vez era más difícil encontrar miembros para la Curia, pero aquella crisis, que supuso la transformación del Imperio, hizo que las comunicaciones fueran menos seguras, con lo que el comercio perdió impulso. Además los talleres situados en los latifundios hacían una competencia muy dura a los artesanos urbanos y como consecuencia muchos decuriones se arruinaron. Pero seguía haciendo falta dinero para mantener el Estado, y cada vez más, puesto que los gastos militares aumentaban.

Diocleciano, viejo conocido de este blog, creó nuevos impuestos y una interesante novedad: los decuriones debían encargarse del cobro de los impuestos y se responsabilizaban de su pago con su propia fortuna. En otras palabras: la Curia tenía que pagar los impuestos de la ciudad tanto si lograba recaudarlos como si no. Era la puntilla y todo el que pudo escapó de la obligación, aunque eso suponía una mayor presión sobre los que no eran tan afortunados. No es de extrañar que las ciudades entraran en decadencia puesto que a otros problemas ahora se añadía la huida al campo de aquellos ciudadanos destacados que lograban escapar. Lo que antaño era un puesto de privilegio ahora era una carga insoportable que había que evitar. Un gobierno actual con pocos escrúpulos probablemente habría militarizado a los decuriones, y eso es, casi casi, lo que terminó ocurriendo. No se les militarizó… pero sólo porque eso habría supuesto su salida del orden decurional. Al contrario: se les prohibió alistarse en el ejército, iniciar una carrera burocrática, ingresar en el clero o adquirir el rango ecuestre o senatorial. Todo ello para que no tuvieran más remedio que seguir atrapados en su posición social. Más aún: el cargo se hizo hereditario.

Cuando se estudia la decadencia y caída del Imperio Romano de Occidente a menudo se recalca que la élite ciudadana ya no tenía ningún incentivo para mantener la ciudadanía romana. Si las clases acomodadas sentían que el Estado ya no era para ellos un paraguas protector sino una pesada carga, ¿qué pensarían las clases bajas y los marginados que no le debían nada al Estado? Un observador agudo habría podido ver las primeras señales de esa decadencia a principios del siglo III, cuando los decuriones comenzaron a sentir que su posición social ya no les beneficiaba. Ahora observamos cómo quienes ocupan una posición acomodada sin estar entre las grandes fortunas (actores, deportistas, cantantes…) buscan eludir unas cargas fiscales cada vez mayores de la misma manera en que los decuriones romanos buscaban abandonar la ciudad para escapar a los impuestos. Y, como a ellos, no les importan demasiado los reproches de quienes no pueden evadir esa responsabilidad y les acusan de no ser solidarios con quienes sí tienen que hacer frente al pago de unos impuestos cada vez más onerosos.

Por algo dijo Benjamin Franklin que en este mundo sólo hay dos cosas seguras: la muerte y los impuestos. Definitivamente tenía razón y su observación sigue siendo cierta, aquí y en Roma.

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Cannas

05 miércoles Sep 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Aníbal, Antigüedad, Batalla, Cannas, Cartago, Fabio, Guerras Púnicas, Historia, Marcelo, Momentos cruciales, Paulo, Roma, Tito Livio, Varrón, Zama

Uno de los primeros artículos de este blog trataba de la batalla de Salamina, a la que me refería como un instante crucial de la Historia. Hoy hablaremos de otro momento crítico, aunque en esta ocasión nuestro relato será muy diferente. Se trata de una batalla, sí, pero contra lo que podía parecer en el momento en el que se libró, no fue una batalla decisiva, al contrario, puesto que quien salió vencido se alzaría a la larga con el triunfo en la guerra. Pese a ello ha habido pocos días tan célebres y estudiados como aquel 2 de agosto del año 216 antes de Cristo. Aquel día, cerca de Cannas, un ejército romano fue estrepitosamente derrotado por las fuerzas cartaginesas comandadas por Aníbal. El planteamiento del gran general cartaginés fue tan perfecto que la batalla se sigue estudiando en las escuelas militares dos milenios y cuarto después de que fuera librada. Las consecuencias para Roma fueron catastróficas, pero aun así ganó la guerra. Merece la pena repasar lo que ocurrió aquel día y, sobre todo, lo que sucedió después. Pero vayamos con los antecedentes.

La Segunda Guerra Púnica había comenzado de forma desconcertante para Roma. Aníbal se presentó en Italia siguiendo una ruta terrestre al poco de declararse las hostilidades, sin que ningún estratega romano hubiera pensado que la guerra alcanzaría terreno italiano. Naturalmente Aníbal sabía que no tenía capacidad para  tomar Roma al asalto pero, como se demostró durante los años 218 y 217 antes de Cristo, sí podía campar por la península socavando las alianzas de Roma con las tribus de Italia, desgastando la resistencia romana y, cuando los romanos se dejaban arrastrar a la batalla, infligiendo severas derrotas a las legiones. Aníbal era consciente de que Roma poseía una buena infantería pesada, pero su caballería no era rival para los cartagineses y el genio táctico del general púnico superaba al de cualquier romano que se le enfrentara.

Los romanos decidieron escoger un dictador, posibilidad permitida por la ley en caso de emergencia, y eligieron para el caso a Quinto Fabio Máximo, que adoptó lo que desde entonces se conoce como estrategia fabiana y que consiste en rehuir el enfrentamiento directo con el enemigo. Fabio se limitaba a pequeñas escaramuzas para desgastar al ejército adversario mientras que colocaba al suyo propio siempre en posiciones escarpadas en las que la caballería cartaginesa no podía actuar. La situación era desesperante para la opinión pública romana puesto que el ejército de su flamante dictador se limitaba a perseguir al de Aníbal sin aceptar nunca la batalla. Fabio recibió el sobrenombre Cunctator, que significa retardador, y pasados los seis meses de su mandato el poder volvió a los cónsules, que aquel año fueron Lucio Emilio Paulo y Marco Terencio Varrón. Y ellos no retrasaron el enfrentamiento. Más les habría valido hacerlo, por cierto.

Los cónsules tenían a su disposición un gran ejército. Como de costumbre en estos casos no se sabe el tamaño exacto ni siquiera su composición, pero es habitual aceptar el dato de 8 legiones con sus correspondientes contingentes aliados para sumar unos 80.000 hombres, más o menos el doble de las fuerzas de Aníbal, aunque hay que recordar que la caballería púnica era superior en número y calidad a la romana. Ambos ejércitos se enfrentaron a orillas del río Ofanto y podemos imaginar el despliegue como dos formaciones de infantería con caballería en las alas. La infantería romana formaba una línea recta, mientras que la cartaginesa adoptaba una disposición abombada en la que el centro, donde estaban las tropas más débiles, sobresalía hacia el enemigo. Cuando ambas infanterías chocaron, el centro púnico, como era de esperar, se fue hundiendo mientras que la caballería de Aníbal no tenía ningún problema en poner en fuga a los jinetes romanos y salir en su persecución.

En ese momento Aníbal hizo avanzar los extremos de su línea de infantería con el resultado natural de que la formación se transformara en una bolsa en cuyo interior estaba todo el ejército romano. Para completar el cerco, se produjo el regreso de la caballería y así las legiones se encontraron totalmente rodeadas. Como una imagen lo explicará más elocuentemente que yo, he buscado una que ilustra lo que ocurrió.

Se cree que de los 80.000 romanos murieron unos 70.000 mientras que las bajas en el ejército de Aníbal fueron de unos 6.000 hombres. Nunca se había visto nada igual. Aníbal había conseguido una victoria inigualable y buena parte de los aliados italianos de Roma se pasaron a sus filas. Sus generales le incitaban a marchar sobre Roma, aunque él desoyó el consejo y todavía hoy hay división de opiniones acerca de si se equivocó o no. Es posible que tomar Roma hubiese estado fuera del alcance de Aníbal y en ese caso la intentona habría servido sólo para empañar la gran victoria, pero también puede que hubiera tenido éxito, aunque la reacción de la Ciudad deja poco lugar a dudas en cuanto a la determinación de seguir luchando de sus habitantes.

Imaginemos cómo cayó en Roma la noticia. 70.000 muertos es una cifra enorme y es difícil que hubiese alguien en la ciudad que no hubiese perdido a varios parientes o amigos. Sin embargo el Senado no se planteó la posibilidad de capitular. Al contrario, se prohibió llorar a los muertos en público para evitar que se hundiese la moral, se pusieron guardias que impedían abandonar la ciudad a los posibles desertores y se procedió a reclutar nuevas tropas entre los romanos más jóvenes, a los que hubo que armar con los trofeos de victorias del pasado por falta de material de guerra. El Senado rechazó pagar rescate por los prisioneros, para no dar dinero al enemigo ni fomentar la falta de disposición a sacrificarse por la patria. Por último, se recurrió a un cruel rito casi olvidado: un hombre y una mujer galos y un hombre y una mujer griegos fueron enterrados vivos en el foro boario para aplacar a los dioses.

A posteriori resultó que la táctica fabiana era la correcta y por ello el sobrenombre Cunctator se convirtió en un título honorífico, aunque suena mucho mejor el que le dio a Quinto Fabio el historiador Tito Livio: el escudo de Roma. Por cierto que en aquella misma época a Claudio Marcelo se le conoció como la espada de Roma, lo que demuestra que los romanos tenían un gran talento para los sobrenombres sonoros y evocadores.

La Segunda Guerra Púnica tendría aún muchos episodios y alternativas en diferentes teatros de operaciones hasta la definitiva derrota cartaginesa en Zama en el año 202 a.C, pero lo que me gustaría transmitir es lo excepcional de Cannas, no tanto por la aplastante victoria de Aníbal sino por la reacción romana. Hay mucha materia para reflexionar. Personalmente considero por lo menos los siguientes puntos de interés:

– A menudo lo que se desea es la opción equivocada: a Cunctator su táctica le costó el descrédito porque toda Roma estaba deseando llegar de una vez a la batalla. Como hemos visto esto colocó a la república al borde del desastre, aunque al menos los romanos tuvieron la grandeza suficiente como para reconocer el mérito de Fabio a posteriori. Esto nos podría llevar también a reflexionar sobre lo acertado o no de las decisiones tomadas a partir de la opinión pública, pero aunque el asunto es apasionante para tratarlo en una charla de sobremesa, entraríamos en un terreno muy escabroso.

– Nunca hay que darse por vencido antes de tiempo: Roma podría haber pedido la paz después de Cannas y no habría historiador que negara que era la única opción razonable después de semejante desastre. Y sin embargo a la larga Roma salió vencedora y convertida en la gran potencia del Mediterráneo gracias a su testarudez.

– No basta con vencer y sobre esto es especialmente elocuente el reproche que al parecer hizo Maharbal a Aníbal cuando éste renunció a marchar sobre Roma tras la victoria de Cannas: «Los dioses no dan todos sus dones a un solo hombre. Tú sabes vencer, Aníbal, pero no sabes aprovechar la victoria». Y es que no basta con el triunfo de un día si sobre él no se construye nada.

La gran victoria de Aníbal es, como se ve, un asunto digno de estudio y de reflexión, como también lo es su derrota en Zama ante Escipión. Pero la historia de Zama merece un artículo aparte y por eso os la contaré otro día.

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La revuelta del hipódromo

04 miércoles Jul 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Constantinopla, Cuádrigas, Deporte, Diocles, Edad Media, Fútbol, Historia, Justiniano, Procopio, Revolución, Roma, Teodora

Hace apenas unos días que la Selección Española de fútbol ganó la Eurocopa y se produjo todo lo que era de esperar: el delirio de las masas, cientos de miles de personas echándose a la calle para celebrar el triunfo, las portadas de los periódicos dedicadas a los jugadores y su gesta con las mayores hipérboles, puesto que todos los adjetivos parecían quedarse cortos ante la magnitud de la «histórica hazaña». Para que el espectáculo fuera completo también hicieron acto de aparición quienes se echaban las manos a la cabeza escandalizados por el revuelo ocasionado por algo que en el fondo es tan sólo un juego. Y de vez en cuando aparecía una reflexión: la gente se moviliza por un deporte de una manera que es impensable cuando se trata de defender cualquier reivindicación. He oído decir: «Puedes quitarle a la gente el puesto de trabajo, asfixiarles a impuestos, arrebatarles sus derechos y se limitarán a lamentarse, pero no saldrán a la calle a no ser que les toques el fútbol».

Algo de eso hay… en 1995 el Sevilla y el Celta descendieron a Segunda División B por no entregar a tiempo unos avales, pero fue tal la reacción popular en las ciudades afectadas que pronto se hizo evidente que la medida no se llevaría a cabo, para preocupación de los clubes ascendidos en su lugar, Albacete y Valladolid, cuyas aficiones también tomaron las calles de sus respectivas ciudades. Al final se cedió y se dejó a todos en Primera División. Este artículo de El País de agosto de 1995 tiene un titular de lo más explícito: «Cuatro ciudades en pie de guerra para mantener a sus equipos en Primera».

Parece mentira, ¿se ha visto alguna vez que un deporte pueda llegar a provocar disturbios, desórdenes, un conato de revolución…? Pues sí. Como siempre, no hay nada nuevo bajo el sol y todo tiene un precedente. Hay que decir que nuestro ejemplo se parece bastante más a la fórmula 1 que al fútbol, porque si había algo que apasionaba a los romanos más aún que las peleas de gladiadores eran las carreras de cuádrigas, carros ligeros tirados por cuatro caballos.

En el circo se enfrentaban en cada carrera hasta tres carros de cada una de las escuderías: blancos, azules, rojos y verdes. Doce carros que recorrían el circuito hasta completar siete vueltas. El espectáculo estaba garantizado no sólo por la emoción de la carrera sino también por los espectaculares accidentes, que hacían de la profesión de auriga un oficio muy arriesgado en el que había altas probabilidades de dejarse la vida. Claro que tampoco se podían quejar: algunos porque sus ganancias harían palidecer a los mejor pagados de entre los deportistas actuales (como nos recuerda este artículo del Daily Telegraph según el cual el legendario auriga Diocles amasó una fortuna equivalente a 15.000 millones de dólares) y otros simplemente no se quejaban… porque eran esclavos.

En Constantinopla, capital del imperio oriental, las carreras eran mucho más que un deporte. En el siglo VI, durante el reinado de Justiniano, ya no había combates de gladiadores, pero las carreras mantenían su esplendor. Hacía ya tiempo que las escuderías blanca y roja desempeñaban un papel subordinado de los azules y los verdes, pero la rivalidad entre estas dos facciones era enorme y se había llegado a desarrollar hasta más allá del terreno deportivo puesto que azules y verdes tenían puntos de vista opuestos en todo. Hasta en las disputas teológicas, que tanto apasionaban a los bizantinos, los azules se inclinaban por la ortodoxia mientras que los verdes representaban el monofisismo. Las facciones del hipódromo lo impregnaban todo, y de la misma manera que ahora a un magistrado se le considera como miembro, o al menos simpatizante, de un partido político, en aquel entonces se le definía como azul o verde.

La rivalidad deportiva, política y religiosa había creado una situación casi bélica entre ambas facciones. Para complicar las cosas, el año 532 empezaba con una noticia buena y una mala: la buena era que se había alcanzado un acuerdo de paz entre el Imperio Sasánida y el Bizantino; la mala que ese acuerdo implicaba unos pagos muy onerosos a los sasánidas y, como todos los gobiernos a lo largo de la Historia, para obtener el dinero necesario se recurrió a un incremento de los impuestos. El ambiente empezaba a ser explosivo y ya sólo faltaba la chispa que lo inflamara.

La chispa fue la detención de unos alborotadores de ambas facciones. Ocurrió entonces lo insospechado: azules y verdes pactaron una tregua y en las carreras se unieron al grito común de ¡Niké! (Victoria). ¿Se imagina alguien que en mitad de una final de Copa entre el Madrid y el Barcelona los hinchas de ambos equipos se echaran al campo y de ahí a invadir las calles exigiendo la destitución del ministro de economía? Pues más o menos eso fue lo que ocurrió.

Los disturbios, que en origen buscaban la liberación de los alborotadores, se extendieron del hipódromo a la ciudad y pronto los incendios se propagaron por toda Constantinopla. Justiniano se veía incapaz de atajar la revuelta, que pronto pasó a exigir la destitución de aquéllos a quienes se consideraba responsables de la subida de impuestos (los equivalentes de nuestros ministros de Economía y Hacienda). El emperador cedió, pero ni aún así fue capaz de atajar un movimiento que se estaba convirtiendo en una revolución: fuese de forma espontánea o porque determinados intereses políticos se habían infiltrado en la revuelta, los amotinados ahora tenían un candidato a emperador, Hipacio, un sobrino del emperador anterior.

Es posible que Justiniano hubiese terminado por abandonar la ciudad de no haber sido por la demostración de carácter de su mujer. La emperatriz Teodora era una mujer de origen cuando menos humilde y sin embargo el discurso que Procopio de Cesarea pone en sus labios es digno del más brillante de los oradores. Cuenta Procopio que Teodora se negó a considerar la huida y afirmó que no pensaba vivir el día en el que alguien no se dirigiera a ella tratándola como a su señora, puesto que la realeza no dejaba de ser, en su opinión, el mejor de los sudarios. Tras aquella arenga a Justiniano y sus acólitos no les quedaba más remedio que enfrentarse a los disturbios. Los mejores generales del Imperio se pusieron al frente de la represión, que se saldó con unos 30.000 muertos.

En los libros la época de Justiniano ha quedado como una era de esplendor del imperio, pero aquel día, cuando apenas llevaba cinco años de reinado, fue su mujer quien le mantuvo en el trono. A Justiniano se le estudia en los libros de texto, a Teodora sólo la conocen quienes profundizan en la Historia, lo mismo que a las facciones azul y verde. De los 30.000 muertos, sin embargo, no se acuerda nadie. Y de la subida de impuestos que elevó el alboroto deportivo a la categoría de revolución, tampoco.

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