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La utopía perdida de Pitcairn

03 lunes Mar 2014

Posted by ibadomar in Historia, Política

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Blight, Bounty, Historia, Pitcairn, Política, Siglo XVIII, Tahití

Hace bastante tiempo que no aparezco por aquí, pero he tenido motivos para estar alejado. Durante algo más de un mes la vida real ha impuesto sus reglas y me ha impedido actualizar el blog. Afortunadamente, por fin vuelvo a disponer de algo de tiempo libre y puedo dedicar algunos ratos a escribir para Los Gelves. Pero dejémonos de preámbulos y vamos directamente a la historia de hoy.

No creo en las utopías sociales. A veces veo que se alude a situaciones ideales como remedio para todos los males de la sociedad y no consigo entrar en ese juego. Siempre se plantea de forma parecida: el mundo no funciona, pero es porque está mal organizado; todo iría mejor si se cambiara radicalmente la sociedad y se implantara un sistema en el que (aquí se inserta algún concepto utópico). Lo que se implante puede ser cualquier cosa porque el «paraíso» puede ser comunista, populista, autoritario, nacionalista… a gusto del consumidor. Incluso puede ser fascista, aunque el desprestigio de la palabra hace que para ese caso se busque algún eufemismo. Este tipo de ideas se suelen basar en que existe una especie de conciencia colectiva (se suele hablar de «los ciudadanos» o de «el pueblo») que debe tomar las riendas y a la que se someten gustosas las voluntades individuales, si es que no coinciden plenamente con ella, ante el evidente bienestar que les aguarda. Se llega así a una sociedad feliz. Fin.

En el mundo real, sin embargo, las cosas no son tan fáciles. La conciencia colectiva no existe y hay tantas voluntades individuales indomables como personas, que además tienen la costumbre de anteponer su comodidad y sus propios intereses al supuesto y a menudo hipotético beneficio común. Y por factible que parezca la utopía de la que se trate, basta con que unos pocos no acepten las normas básicas para que todo el edificio se venga abajo. Siempre hay algo que falla: o la sociedad es demasiado grande y es imposible contentar a todos, o unos pocos se hacen con el poder y arruinan con su egoísmo lo que parecía una excelente idea, o surge la competencia por algún recurso vital escaso… siempre hay algo que falla.

Claro que si se pudiera hacer el experimento con un grupo humano poco numeroso, en un lugar con los recursos básicos cubiertos, donde el poder apenas significara nada, y aislado de un mundo exterior que pudiera contaminar nuestro paraíso particular, puede que encontráramos la sociedad perfecta. O no, porque el experimento se hizo, aunque no voluntariamente y fracasó. Casi todo el mundo conoce cómo empezó nuestra historia de hoy porque ¿quién no ha visto alguna de las versiones cinematográficas de Rebelión a bordo? Yo he visto por lo menos tres diferentes.

Todo empezó a finales de 1787 cuando el barco Bounty se hizo a la mar con intención de viajar a Tahití, recoger allí varias plantas del árbol del pan y llevarlas a las Indias Occidentales donde se esperaba utilizar su fruto, si las plantas se adaptaban bien, como alimento fácil de cultivar para los esclavos. El viaje desde Inglaterra implicaba doblar el Cabo de Hornos bordeando Sudamérica, pero aquí empezaron las dificultades, porque el mal tiempo en la zona obligó a alterar la ruta y el Bounty terminó por hacer la travesía pasando por el Cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África. El barco llegó a Tahití tras casi un año de navegación, con un gran retraso respecto a lo planeado, y en una estación poco propicia para trasplantar los árboles. No quedó más remedio que aguardar cinco meses en Tahití, que si se nos antoja como un lugar excelente para pasar unas vacaciones cuando se tiene un cómodo trabajo de oficina, cuando se acaba de realizar una penosa travesía en un cascarón de nuez debe de parecer el paraíso.

Al iniciarse el regreso, en abril de 1789, las tensiones se agudizaron. Las versiones novelescas suelen hacer hincapié en el mando tiránico del capitán Blight, aunque parece ser que en realidad no era un hombre especialmente cruel en una época en la que la disciplina a bordo se lograba a base de latigazos o con la horca. El caso es que parte de la tripulación se amotinó guiada por el primer oficial Fletcher Christian. El capitán Blight y la mayor parte de los hombres fieles a él fueron abandonados en una chalupa mientras los amotinados se quedaban en el Bounty y regresaban a Tahití.

¿Era Blight un tirano? Puede que sí se propasara en su dureza con sus hombres o puede que no lo hiciera, pero desde luego no hay dudas de que era un marino de primera. En aquella chalupa y tras pasar mil penalidades consiguió llegar al puerto más adecuado de la región: Timor, por entonces bajo soberanía holandesa. Un viaje de más de 3500 millas náuticas (unos 6800 Km) en el que sólo perdió a un hombre.

En cuanto a los amotinados, no podían quedarse en Tahití. La Marina de su Graciosa Majestad se tomaba los motines con muy poco sentido del humor por lo que Fletcher Christian y sus compañeros tenían la certeza de que los buscarían sin descanso y, en caso de que los encontraran, serían ahorcados. En septiembre de 1789 zarparon de Tahití sin saber cuál sería su destino. Eran en total 15 hombres (9 ingleses y 6 tahitianos) y 18 mujeres, todas tahitianas naturalmente. Tras cuatro meses de vagar por el océano llegaron a la isla llamada Pitcairn, pero les costó identificar el lugar porque estaba mal situado en los mapas. Eso les decidió a quedarse allí, en un lugar en el que no podrían encontrarles. Y allí se establecieron, en un precioso paraíso natural, como muestra la foto, tomada de la página de turismo de la isla:

Pitcairn

El sitio lo tenía todo: buen clima, recursos más que suficientes para mantener a su reducida población, estaba apartado del mundo… imposible pedir más desde el punto de vista de unos fugitivos deseosos de encontrar un lugar en el que empezar una nueva vida. Allí se quedaron tras quemar el barco, demasiado reconocible y peligroso. No se volvió a saber de ellos hasta 18 años después. En 1808 un buque norteamericano, el Topaz, arribó a la isla y allí encontró a un único superviviente del motín, llamado John Adams, que vivía en la isla con nueve mujeres y varios niños.

No podemos saber con precisión absoluta qué fue de los demás, pero sí sabemos los hechos a grandes rasgos. Apenas tres años después de llegar a Pitcairn, aquel paraíso se había convertido en un infierno. Los tahitianos eran considerados como poco más que esclavos por sus compañeros ingleses y las tensiones entre los dos grupos derivaron en una matanza que se llevó a toda la población masculina de la isla excepto a cuatro de los tripulantes del Bounty. Se podría pensar que al menos así se lograría la paz, pero ni por esas, ya que uno de ellos había conseguido preparar un licor que consiguió que los cuatro marineros hicieran la vida imposible a las mujeres. Sólo cuando uno de ellos se despeñó en una borrachera y dos de los restantes asesinaron al tercero, se instaló la armonía en Pitcairn. Los dos hombres supervivientes lograron vivir en paz hasta que uno de ellos falleció por causas naturales en 1800.

¿Qué fue lo que falló en aquella isla? No había hambre ni grandes penalidades, no había riquezas que codiciar, no había motivos ni medios para abandonar la isla. Todo llevaba a un futuro en el que los fugitivos se establecerían allí, formando familias y disfrutando de una prolongación de aquellos cinco maravillosos meses que habían pasado en Tahití; y sin embargo estalló una verdadera guerra civil. Y todo porque un reducido grupo de hombres decidió que era superior a otro grupo. Si una sociedad de apenas 33 miembros fue incapaz de convivir en paz, no dejo de preguntarme cómo es que en sociedades compuestas por millones de individuos no se despedazan los unos  a los otros.

Claro que… pensándolo bien… a lo mejor es que sí lo hacen.

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Inversiones de futuro

14 domingo Jul 2013

Posted by ibadomar in Historia, Política

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Edad Media, Edad Moderna, Enrique el Navegante, Florencia, Historia, Medina Azahara, Política, Proyecto Apollo, Renacimiento, Siglo XX

Hace unos tres o cuatro años mis padres visitaron Florencia. A su regreso estuvimos hablando del aparente prodigio de que coincidieran allí en poco tiempo los grandes talentos del Renacimiento: Donatello, Fra Angélico, Brunelleschi, Botticelli, Leonardo, Miguel Ángel, Rafael… todos ellos eran florentinos o vivieron y trabajaron en Florencia. Semejante reunión de genios parece todo un milagro, pero no todo se debe a la casualidad ya que vivieron en los años de esplendor de los Médici, que tanto interés y dinero invirtieron en apoyar las artes. En aquella época un joven florentino que tuviese talento y habilidad haría bien en buscar un taller donde emplearse como aprendiz y aprender los secretos de un oficio que podría reportarle el favor de los poderosos, de la misma forma que hoy, un adolescente hábil con el balón o con la raqueta de tenis puede lograr un espléndido porvenir si consigue destacar en estos deportes.

En el fondo es cuestión de dinero. Si se invierte en un campo determinado acudirán a él muchos, de los cuales una mayoría serán más o menos competentes, unos cuantos serán un desastre, y algunos resultarán ser verdaderos genios. El talento de éstos es importante, sí, pero sin las condiciones adecuadas no llegará a desarrollarse nunca. Todos los artistas que he citado fueron grandes maestros, pero no estaban solos, sino que contaban con sus colaboradores y se movían entre otros muchos colegas, cuyos nombres a menudo no se han conservado o no destacaron lo suficiente como para ser conocidos más allá del círculo de los grandes expertos en la materia. Habiendo materia prima para elegir, alguno tenía que destacar entre todos ellos; cuando la materia prima es mucha ya no sólo es uno el que destaca sino varios, y así surge un foco de excelencia. En este caso en las artes.

Florencia es un buen ejemplo de cómo se obtienen resultados en aquello en lo que se invierte con preferencia, pero no es el único ni mucho menos. Expongamos algún caso más:

Quien haya visitado Córdoba habrá hecho bien en contemplar las ruinas de Medina Azahara, la magnífica residencia del califa Omeya. La magnificencia del complejo palacial y lo desmesurado de su lujo eran tales que hasta causaban asombro en los embajadores bizantinos, acostumbrados a una corte tan suntuosa como la de Constantinopla. Sin duda era agradable contemplar esa exhibición de poder… a cuya construcción destinó el califato durante años nada menos que la tercera parte de sus ingresos. Si uno dedica tal cantidad de dinero a un proyecto no es de extrañar que el resultado sea deslumbrante.

Un ejemplo más cercano es el del Proyecto Apolo de la NASA. En plena Guerra Fría la carrera espacial entre las dos grandes potencias era algo más que una cuestión de desarrollo técnico, ya que estaban en juego cuestiones de supremacía tecnológica, implicaciones militares de esa misma tecnología, cuestiones de orgullo nacional y, naturalmente, propaganda de la superioridad del propio modelo social. La Unión Soviética partió con ventaja, al conseguir ser el primer país en poner en órbita un satélite artificial (Sputnik 1, 1957), en enviar un ser vivo al espacio (perra Laika en el Sputnik 2, 1957), en enviar a un ser humano al espacio (Yuri Gagarin en el Vostok 1, 1961) y en dar el primer paseo espacial (Alexei Leonov en el Voskhod 2, 1965). Los Estados Unidos no podían permitirse quedar atrás y apenas un mes y medio después de que Gagarin completara una órbita a la Tierra el presidente norteamericano, J.F. Kennedy proponía un programa destinado a que su país enviara a un hombre a la Luna y lo trajera de regreso a la Tierra antes de terminar la década. El proyecto Apollo culminó con éxito en 1969, como sabemos, pero no fue barato: en algunos años obligó a destinar a la NASA más de un 4% del presupuesto nacional.

Un caso de rivalidad parecido, salvando las distancias, lo tenemos entre las coronas de Portugal y Castilla en el siglo XV. Portugal tomó la delantera en la llamada era de los descubrimientos, aunque Castilla se llevó el premio gordo gracias a la expedición de Colón. Todo aquel esfuerzo se cimentó en el trabajo del infante Enrique el Navegante de Portugal. Su apodo le viene por el apoyo que dio a las empresas de exploración del Océano Atlántico. Él no podía saberlo, pero con su mecenazgo estaba cambiando el mundo, ya que no se limitó a poner dinero para enviar barcos a la ventura sino que fundó en Sagres todo un complejo náutico formado por arsenal, observatorio, escuela naval, etc. Hoy en día supongo que lo llamaríamos Universidad del Mar o algo parecido. En otras palabras: creó las condiciones para que el talento relacionado con la navegación diera fruto. Castilla no se podía quedar atrás si quería sacar rendimiento de la expedición colombina y por eso la Casa de Contratación fue mucho más que la institución mercantil que monopolizaba el comercio con las Indias: en el siglo XVI era el primer centro científico de Europa en el que el estudio de la cartografía y la navegación tenían un puesto de honor, como podemos leer en, por ejemplo, este artículo.

Todos estos casos me vinieron a la mente cuando leí hace un par de meses que un joven físico, uno de los mejores de Europa en su campo, vio rechazada su beca para regresar a España (enlace a la noticia) o cuando leí que una bióloga que destaca en su campo fue despedida de su centro de investigación en Valencia (enlace). Es posible que estas noticias tengan ese punto de exageración que aparece a menudo en la prensa, pero estos días he leído que el CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) está en serios apuros porque necesita con urgencia 75 millones de euros (enlace). En la misma noticia leemos que en el CSIC trabajan 15.000 personas (un tercio de ellos investigadores) y aquí leemos que su presupuesto es de 602 millones de euros. Una simple división y obtenemos que el CSIC tiene un presupuesto de poco más de 40.000 euros por persona. El presupuesto incluye salarios, gastos de energía, material, edificios, etc, pero para simplificar vamos a establecer el coste por investigador, que será, sabiendo que un tercio del personal se dedica a la investigación, de aproximadamente 120.000 euros.

Para comparar y hacer un poco de demagogia tengamos en cuenta que el presupuesto de una institución como el Senado, que nadie sabe para qué sirve, es de casi exactamente 52 millones de euros según su propia web. No todo va al sueldo de los senadores, pero ya que hemos establecido el coste por investigador establezcamos el coste por senador. Son 266 senadores según la misma web lo que da un gasto por senador de 195.000 euros. Es decir, que un senador nos sale un 62,5% más caro que un investigador. El por qué puede ocurrir que desaparezcan éstos y no aquéllos no alcanzo a comprenderlo.

El resumen de todo lo escrito es que una sociedad obtiene lo que compra: si gasta su dinero en artistas tendrá a los mejores, si lo hace en navegantes surcará los mares, si lo hace en investigación espacial llegará al espacio, mientras que si por el contrario lo gasta en…

No, no es que haya dejado el artículo sin terminar. Es que me he ahorrado el trabajo de teclear porque sé que todos los que lo hayan leído entero han completado el párrafo anterior por su cuenta, aunque sea con ejemplos distintos. Hay tantos para elegir que no he conseguido decidirme por ninguno.

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Aquella crisis de deuda

27 lunes May 2013

Posted by ibadomar in Historia

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Argentina, Brasil, Deuda externa, Historia, Latinoamérica, México, Perú, Política, Siglo XX

Hasta hace muy pocos años era raro que alguien supiera qué era la prima de riesgo o que apareciera como noticia la emisión de deuda por el Tesoro Público con todo lujo de detalles sobre la cantidad emitida, intereses, plazos, etc, información que estaba relegada a las páginas interiores de la sección de economía de los periódicos. Toda Europa está ahora preocupada por el problema de la deuda: los deudores porque no saben cómo pagar y los acreedores porque dudan de si cobrarán. Las opiniones sobre las políticas de ajustes y austeridad, tan en boga actualmente, son variadas, pero se resumen en que algunos creen que hay que recortar todo gasto aunque eso suponga la asfixia de la sociedad, que de paso verá así castigado su despilfarro anterior, mientras otros opinan que las políticas restrictivas provocarán una fractura social que hay que evitar, aunque ello implique pérdidas inasumibles para los acreedores, que de paso verán así castigada su avaricia.

Si esta crisis de deuda no afectara a Europa sino a Latinoamérica probablemente los europeos contemplaríamos el panorama sorprendidos de que la Historia se repita tan pronto. Sin embargo no he visto muchas comparaciones entre la actual situación de Europa y la que se dio en Latinoamérica hace apenas 30 años, y es una lástima porque podríamos aprender algo de aquellos hechos. Para empezar, que la situación puede ser duradera, pongamos un mínimo de entre 8 y 10 años desde que la crisis se hizo evidente hasta que por primera vez se da (quizás prematuramente) por terminada. Trataremos el tema en este artículo, que me temo que no será excesivamente completo, porque es muy sencillo acotar el inicio y el fin de un proceso acaecido hace 200 años, pero no lo es tanto cuando se trata de acontecimientos cercanos en el tiempo y cuyas consecuencias finales pueden estar aún desarrollándose.

La raíz de la crisis latinoamericana de los 80 se sitúa en las políticas económicas de los años 60 y 70. Es una época de desarrollo industrial en la región, basado en la política que se denomina de «sustitución de importaciones». Básicamente se trata de desarrollar una industria propia mediante subsidios y medidas proteccionistas. Cierto que así se consigue crear industria, pero otra cosa es que sea competitiva. Por otro lado, la dependencia tecnológica del exterior y la necesidad de inversiones hacían necesario el endeudamiento. Los precios de las materias primas, que la región exportaba en abundancia, aumentaron enormemente en los años 70, mientras que los tipos de interés se consideraban bajos, lo que puede resultar sorprendente si pensamos que hablamos de entre un 8 y un 10 por ciento, muy por encima de los tipos actuales. En consecuencia los gobiernos se endeudaron sin cortapisas, incluso para pagar los préstamos ya existentes, tranquilizados por la creencia de que un Estado no puede quebrar. Eran años felices: América Latina tuvo una tasa media de crecimiento del 7,2% del PNB entre 1960 y 1979. Ya tenemos todo lo necesario para el drama: una burbuja de crédito que por el momento se mantiene, una espiral de deuda y una prosperidad con base frágil. Sólo faltaba que cambiaran las condiciones.

La subida de tipos de interés comenzó en Estados Unidos en 1978, al tiempo que las políticas económicas de los países desarrollados se iban endureciendo como consecuencia de la segunda crisis del petróleo. Los tipos de interés llegaron al 16,7% en 1981, mientras que la crisis internacional provocaba un descenso del comercio y una bajada de los precios de las materias primas. En otras palabras, la catástrofe. Los préstamos no se habían destinado siempre a inversiones productivas y los países latinoamericanos se encontraron con la imposibilidad de encontrar préstamos baratos a largo plazo, por lo que tuvieron que endeudarse a corto plazo con unos tipos de interés elevadísimos. La deuda terminó de dispararse, aunque la expresión «crisis de la deuda» no apareció hasta 1982.

Aquel año, en agosto, llegó lo inevitable. México, que ya había devaluado su moneda un 60%, anunció una moratoria de 90 días en sus pagos. La alarma cundió y más aún cuando se hizo evidente que muchos otros países, incluyendo a los más grandes de la región, como por ejemplo Argentina o Brasil, se enfrentaban a enormes problemas para seguir pagando. Los acreedores se alarmaron, con lo que cayó definitivamente el crédito, la caída de importaciones hundió la producción, la inflación se disparó y el escenario se convirtió en una pesadilla. Pronto entraron en escena el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial y las consabidas políticas de ajuste: reducción del gasto, devaluación de la moneda, etc.

A mediados de los 80 y pese a las negociaciones para el pago de la deuda la situación aún no había mejorado substancialmente. En una reunión del FMI que tuvo lugar en Seúl en octubre de 1985 el Secretario del Tesoro norteamericano, James Baker, presentó un plan para lograr estimular el crecimiento con la esperanza de resolver el problema definitivamente, ya que las medidas puramente restrictivas no terminaban de funcionar. Se trataba de aportar 30.000 millones de dólares por un lado y de modificar la economía de los países deudores por otro mediante privatizaciones, cese de las subvenciones, liberalización del comercio, etc. El intento, sin embargo, fracasó y en 1989 la situación de Latinoamérica era insostenible: la renta per cápita había retrocedido una media del 8,3% y en países como Perú la pérdida era de un 20%. Disturbios como los de Caracas en febrero de 1989 se cobraban la vida de decenas de personas y demostraban que el problema ya no era sólo económico sino que la propia estabilidad de la región estaba en peligro.

Un nuevo intento fue el plan Brady, lanzado en 1989 por el sucesor de James Baker. Esta vez se intentaba atajar el problema de la deuda por medio de su reducción. Para ello se decidió renegociar la deuda canjeándola por los llamados bonos Brady. La novedad era que esta vez había una quita, es decir que los acreedores ya no aspiraban a recuperar la totalidad de la cantidad adeudada. Se aplicó de distinta manera en cada país, pero podemos considerar como representativa una quita del 35%. Los problemas no se arreglaron de un día para otro, pero ciertamente en los años 90 se dejaba de hablar de la «crisis de la deuda».

Los resultados de aquella crisis fueron catastróficos, tanto que se acuñó el término «década perdida» para referirse a aquellos años. Los ciudadanos vieron reducidos sus ingresos al tiempo que sus ahorros se evaporaban por efecto de la inflación. El índice de pobreza se disparó y las consecuencias en forma de tensiones sociales y aumento de la criminalidad se sumaron a los efectos puramente económicos.

Y ahora en Europa tenemos una crisis de deuda, que ya dura unos cinco años, si consideramos que el proceso se inicia en 2008 con la quiebra de Lehman Brothers. En el año 2010 Grecia hizo una petición de ayuda que se considera como el primer rescate, así que si hacemos un paralelismo tenemos:

  • 1982 – 2008: Inicio
  • 1985 (plan Baker) – 2010 (primer rescate a Grecia): Plan de ayuda económica, basado en recetas ultraliberales.
  • 1989 (plan Brady) – ???: Se acepta la necesidad de una quita.

Si aceptamos la semejanza entre ambas crisis, aún estamos en la segunda fase y de aquí a dos años deberíamos ver la aceptación de una quita en la deuda y hacia el 2017 más o menos la crisis podría haber abandonado las primeras páginas de los periódicos. Por el camino aún queda mucho desempleo, pérdida de poder adquisitivo, inseguridad y, en resumen, deterioro de nuestra sociedad tal y como la conocemos.

Todo lo anterior se debe tomar con precaución, puesto que no soy experto en economía y me limito a hacer una comparación. Claro que teniendo en cuenta el éxito que han tenido las recetas de los expertos hasta la fecha, a lo mejor acierto. La predicción queda hecha y registrada en este blog. Y tengan en cuenta que, si doy en el clavo, las futuras predicciones no serán tan baratas como ésta: no me conformo con menos de un puesto en la Comisión Europea. Puestos a pedir…

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