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El mundo en la encrucijada: Salamina, 480 a.C.

26 sábado Nov 2011

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Batalla, Grecia, Herodoto, Historia, Jerjes, Momentos cruciales, Persia, Salamina, Temístocles

Hay momentos en la Historia en los que la humanidad se ve en una bifurcación en la que la forma que adopte el futuro dependerá de cómo se desarrollen los acontecimientos en ese instante. Un ejemplo clásico son las guerras púnicas: en ellas se decidió si el Mediterráneo lo dominaría una potencia terrestre de economía agrícola (Roma) o una potencia marítima eminentemente comercial (Cartago). No sabemos qué habría ocurrido de haber sido Cartago la vencedora, pero podemos estar seguros, por ejemplo, de que ahora mismo yo no estaría escribiendo en una lengua derivada del latín y de que nuestra legislación no se basaría en el derecho romano.

De entre todos esos momentos hay uno realmente excepcional tanto por la intensidad del mismo como por un detalle de particular dramatismo. En apenas unas horas un imperio aparentemente invencible topaba con una frontera que jamás podría rebasar, un puñado de ciudades que se veían condenadas a ser sometidas o arrasadas recobraron el aliento y todo un dios viviente comprobaba que su omnipotencia no era tal. Estoy hablando de un día de septiembre de hace casi 2.500 años. Estoy hablando de la batalla de Salamina.

Salamina fue el punto de inflexión de las denominadas guerras médicas, que enfrentaron al imperio persa con una confederación de ciudades-estado griegas. El motivo de la guerra pudo ser el expansionismo persa o quizás el intento persa de asegurarse de que no se repitiera el apoyo dado por Atenas a las ciudades jonias de lo que hoy es la costa turca y que se habían rebelado contra la dominación persa a principios del siglo V antes de Cristo. Las revueltas fueron sofocadas, pero es muy posible que el imperio quisiera asegurarse de que una nueva rebelión no contaría con ayuda exterior. Por otro lado, las ciudades griegas dominaban el Egeo y su derrota significaría el control del Mediterráneo Oriental.

Un primer asalto tuvo lugar en el 490 a.C. En aquel entonces la expedición persa del rey Darío fue derrotada en la célebre batalla de Maratón. Diez años más tarde el hijo de Darío, Jerjes, decidido a someter de una vez a los griegos, comandaba un inmenso ejército invasor acompañado de una gran flota. Nuestra principal fuente, Herodoto, da al ejército persa un tamaño inverosímil, pero aun corrigiendo sus exageraciones no cabe duda de que la superioridad numérica estaba del lado persa. Los griegos, astutamente, buscaron la manera de neutralizar su desventaja numérica planteando batalla en un desfiladero, el de las Termópilas. Pero cuando los persas superaron ese obstáculo la situación era tal que Atenas fue evacuada y gran parte de sus habitantes se refugiaron en la vecina isla de Salamina mientras el ejército persa tomaba la ciudad y arrasaba la Acrópolis.

La flota griega (380 barcos según Herodoto) fondeó en el estrecho que separa Salamina del continente, mientras que los buques de los persas y sus aliados (unos 1200 barcos, según el historiador griego, aunque posiblemente no fueran más de 700) se aproximaban para bloquear ambas salidas. La superioridad numérica volvía a estar con los persas, pero no hay que olvidar que los griegos jugaban en casa y conocían el terreno. El gran político y militar ateniense Temístocles se jugó el todo por el todo enviando un mensaje a Jerjes en el que le sugería atacar cuanto antes, puesto que la discordia reinaba entre los representantes de las distintas ciudades griegas y su baja moral propiciaría un desorden, no exento de deserciones, que facilitaría el triunfo persa. Lo que parecía una traición era, sin embargo, un regalo envenenado.

Jerjes siguió el consejo de su enemigo ordenando que la escuadra persa entrara en un estrecho que, con su falta de espacio, dificultaba las maniobras de la inmensa flota. Los griegos entretanto, en perfecta formación, se abalanzaron como perros de presa sobre sus adversarios logrando una victoria decisiva. La derrota naval persa hacía imposible el dominio de Grecia y, aunque la guerra aún no había terminado, el todopoderoso imperio había demostrado ser vulnerable y tendría que ceder terreno hasta abandonar definitivamente su aventura de conquista.

Mapa tomado de livius.org

¿Por qué decidió Jerjes seguir el consejo de su enemigo? Entre sus generales no todos apoyaban el adentrarse en terreno adversario para presentar batalla. Es sabido que Artemisia de Caria, reina de Halicarnaso y una de los comandantes de la flota persa, se oponía a este plan. ¿Por qué no quedarse tranquilamente vigilando las salidas del estrecho esperando que fueran los griegos los que se vieran forzados a salir a buscar batalla en mar abierto? ¿Quizás porque un bloqueo es mucho menos espectacular que un combate naval?

Dije al principio que existe un detalle que da especial dramatismo a la batalla. En un alto que dominaba la bahía, contemplando la acción desde un lugar privilegiado estaba el mismísimo Jerjes, el emperador persa. Desde allí fue testigo de cómo su flota penetraba en el estrecho, de las dificultades para maniobrar, del ataque griego y, finalmente de la derrota y el fracaso de su particular armada invencible. Aquél al que sus súbditos debían adorar como a un dios contemplaba con sus propios ojos cómo su empresa fracasaba.

¿Qué habría ocurrido de haber vencido los persas? No podemos saber si su dominio habría sido duradero, ni si habría llegado a sofocar la civilización griega. Puede que el imperio persa hubiese llegado a dominar el Mediterráneo Oriental o puede que su soberanía hubiese sido meramente nominal. Sí es un hecho que en la Grecia clásica la victoria sobre los persas era motivo de orgullo y por tanto hubo de influir en la educación de personajes tan influyentes para la posteridad como Sócrates o Aristóteles, por poner dos ejemplos.

Para reflexionar nos quedan dos imágenes: la de Jerjes, en la cima de su poder contemplando atónito cómo el que iba a ser su momento de triunfo se convertía en su gran fracaso y la de los atenienses refugiados en Salamina presenciando el renacer de su ciudad, que en apenas 30 años alcanzaría su máximo esplendor apoyándose en su poder naval. Al amanecer de aquel día el imperio persa afianzaba su posición en Europa y al caer la noche se retiraba hacia su base en Asia. Ha habido otras situaciones críticas en la Historia, pero posiblemente ninguna que se resolviera en tan pocas horas y ante los propios ojos de quienes vivirían las consecuencias.

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Sun Tzu contra Alejandro Magno.

17 jueves Nov 2011

Posted by ibadomar in Historia, Literatura

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Alejandro Magno, Historia, Liderazgo, Literatura, Sun Tzu

No sé en qué momento se puso de moda hablar de Sun Tzu, pero creo que  a estas alturas casi nadie desconoce el nombre del autor de El arte de la guerra, que vivió en China hacia el siglo V o VI antes de Cristo. Resulta curioso que su libro sea conocido por personas que no son estudiosos de la estrategia militar ni historiadores especializados en temas bélicos, pero resulta más sorprendente todavía que muchos de quienes leen el libro lo hagan buscando enseñanzas que aplicar en la vida cotidiana. Por esa manía que tenemos los humanos de poner ejemplos y hablar en parábolas, a alguien se le ocurrió trazar un paralelismo entre el ejército y la empresa: la competencia, los trabajadores y los gestores podían representarse por ejércitos enemigos, soldados y oficiales.

Creo que la idea de adaptar a un pensador militar de hace 2.500 años a la empresa de hoy surgió en Japón, aunque no puedo garantizarlo. Es verosímil que así fuera: un europeo posiblemente habría adaptado a los más cercanos Clausewitz o Liddell-Hart, aunque hay que reconocer que Sun Tzu es mucho más fácil de leer. Fuere como fuere, hoy un gerente puede decir que ha leído a Sun Tzu como si eso garantizara algo sobre su capacidad para dirigir una empresa. A lo mejor porque confía en que su interlocutor sólo conozca al teórico militar chino por el nombre.

Yo sí he leído El arte de la guerra y, francamente, no le encuentro nada de especial. Es un compendio de anotaciones en las que predomina en general el sentido común. Una de esas obras que nos dicen lo que de alguna forma ya intuíamos, pero puesto sistemáticamente por escrito, cosa que tiene mucho mérito. Pero utilizarlo como guía para dirigir una empresa es como emplear las máximas futbolísticas de José Antonio Camacho o Vicente del Bosque, por poner un ejemplo. Sólo que no me imagino a nadie presumiendo de esto último, mientras que sobre Sun Tzu y el mundo empresarial se han llegado a escribir libros. Lo sé porque he tenido uno en las manos.

Fue hace años, en una librería de Barcelona. Recuerdo que lo hojeé en busca de comentarios a un párrafo de El arte de la guerra que me parece muy desacertado. Figura en el capítulo XI y en él Sun Tzu dice literalmente «Sitúa a tus tropas en un punto que no tenga salida, de manera que tengan que morir antes de poder escapar. Porque, ¿ante la posibilidad de la muerte, qué no estarán dispuestas a hacer? Los guerreros dan entonces lo mejor de sus fuerzas.» Hasta donde yo recuerdo todos los grandes capitanes de la Historia, de César a Napoleón, de El Cid a Rommel se han distinguido por cuidar de sus hombres y conseguir que se identificaran con su general. El mismo Sun Tzu, en el capítulo X parece contradecir lo anterior, puesto que aconseja: «Mira por tus soldados como miras por un recién nacido.» ¿Qué tendría que decir sobre el particular aquel libro que yo tenía en mis manos y que trataba sobre las enseñanzas de Sun Tzu aplicadas a la empresa?

La respuesta era descorazonadora. El autor había leído al parecer sólo el párrafo del capítulo XI y había pasado por alto el capítulo X, porque recomendaba tener a los empleados en una situación de presión constante en la que teman por su empleo y así busquen desesperadamente ser productivos. Al parecer no se considera la opción de desertar y pasarse al enemigo, mucho más simple que la de dejarse la piel por alguien que te desprecia.

Y aquí es donde vamos con los ejemplos prácticos. Porque los grandes generales de la Historia se han distinguido por no pedir nunca a sus soldados que hicieran algo que ellos mismos no fueran capaces de hacer. Alejandro Magno es un gran ejemplo, puesto que nunca se escondió a la hora de la batalla: cuentan de él que resultó herido grave porque al ver a sus hombres flaquear se lanzó el primero al asalto de las murallas de una ciudad.

Sobre Alejandro se narra una anécdota, quizás apócrifa, que dice mucho sobre cómo ganaba su carisma entre las tropas: al parecer su ejército debía vadear un río que bajaba lo bastante crecido y con el agua lo suficientemente fría como para pensárselo dos veces antes de arriesgarse a cruzarlo. Sin vacilar, Alejandro se metió el primero en el río, así que sus generales no tuvieron más remedio que seguir su ejemplo y, tras ellos, todo el ejército. En medio de todas aquellas penalidades, luchando contra la corriente y el frío, Alejandro se volvió hacia sus generales y exclamó «¿Os dais cuenta? ¿Veis las cosas que tengo que hacer para que me tengáis respeto?».

La moraleja de este largo artículo es que para quien tiene la responsabilidad de dirigir a otras personas hay dos formas de intentar sacar lo mejor de sus subordinados: acorralándoles o dando ejemplo. Impartir órdenes sustentadas en el miedo o dirigir apoyándose en el carisma. Por desgracia el autor del libro que hojeé en Barcelona había escogido la primera opción. Sólo espero que su obra no se estudie en las escuelas de dirección y administración de empresas por el bien de éstas y de sus trabajadores.

Y vosotros, mis escasos lectores, ¿qué experiencia tenéis? ¿Qué tipo de jefes habéis encontrado o qué tipo de jefe sois? ¿De la escuela de Alejandro o de la de los lectores de Sun Tzu? Yo, por desgracia, todavía no me he encontrado a ningún Alejandro en mi vida profesional.

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Ayer fue 11 de Noviembre

12 sábado Nov 2011

Posted by ibadomar in Historia

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Historia, Primera Guerra Mundial, Siglo XX

Vivimos en un mundo extraño, dominado por las apariencias, en el que lo banal se magnifica y lo sustancial pasa desapercibido. Ayer, por ejemplo, se organizó cierto revuelo porque era 11 de Noviembre de 2011, es decir 11/11/11. Parecía como si la fecha tuviese un significado especial, hasta el punto de que el gobierno egipcio cerró la pirámide de Keops para evitar que se reunieran aficionados a lo esotérico para celebrar algún ritual. Sin embargo el día pasó sin pena ni gloria, salvo por el cambio de gobierno en Grecia, y mucho me temo que este 11 de Noviembre no pasará a la lista de fechas clave de la Historia.

Lo curioso es que el 11 de Noviembre sí tiene un significado especial, aunque nadie parece acordarse de él. Todos los años los telediarios abren su informativo del 6 de Agosto recordando la bomba de Hiroshima, que anunciaba el próximo fin de la Segunda Guerra Mundial, pero nadie parece recordar que un 11 de Noviembre de 1918 se firmó el armisticio que puso fin a la Primera. Y sin embargo la Primera Guerra Mundial marcó la mentalidad occidental de un modo muy profundo. Nada volvió a ser igual después de un conflicto que no lleva el sobrenombre de La Gran Guerra por casualidad. Fue el paroxismo de la destrucción entre naciones desarrolladas que dedicaban todos y cada uno de los inmensos recursos de una sociedad industrial ya madura al esfuerzo de doblegar a su contrario.

La sociedad europea de principios del siglo XX estaba en la cima de su desarrollo. Francia, Inglaterra o Alemania tenían grandes imperios coloniales de los que extraían las materias primas más variadas mientras que sus industrias crecían y parecían expandirse sin límite. En los edificios de la época es normal encontrar relieves y esculturas que muestran pesados fardos y ruedas dentadas como alegoría del comercio y la industria, consideradas las dos grandes fuentes de prosperidad.

Y de pronto todo se fue al garete. La artillería repartía destrucción a gran escala mientras las ametralladoras lo hacían a gran velocidad, como si la muerte hubiera decidido emprender su propia industria. El comercio desaparecía excepto el relacionado con la contienda, aunque también éste sufría víctima de los bloqueos y de la guerra de corso, que encontraba un nuevo rostro en el submarino. Ni siquiera el aire se libró de la guerra, porque allí surgió un nuevo tipo de combatiente; pero fue a ras de suelo donde el horror llegó a extremos no vistos hasta entonces.

Es sabido que el Frente Occidental se estancó en 1914 y no superó la situación de bloqueo hasta entrado 1918. Eso significó que durante casi cuatro años los soldados tuvieron que vivir en una trinchera, sufriendo enormes bajas sin apenas avanzar un metro, resistiendo bombardeos prolongados (a modo de ejemplo la preparación artillera previa a la batalla del Somme duró toda una semana), enfrentándose a las temibles ametralladoras cada vez que se ordenaba asaltar la posición enemiga, viviendo con el temor de recibir el disparo de un francotirador cada vez que se cometía la imprudencia de erguirse un poco de más en la trinchera y soportando otros enemigos además de las granadas y las balas: la humedad provocaba enfermedades terribles como el «pie de trinchera» y la novedad de la guerra química añadía un horror nuevo a los ya conocidos de guerras anteriores.

No es extraño que toda Europa quedase traumatizada. Al ejército de muertos y mutilados se añadió el trauma psíquico de los que aparentemente habían sobrevivido indemnes. Es entonces cuando definitivamente aparece en la mentalidad colectiva la idea de que la guerra no es admisible y en ese ambiente nace La Sociedad de Naciones. Por primera vez se creaba una sociedad plurinacional con la finalidad de resolver los conflictos mediante medios no violentos. Por desgracia fracasó y 20 años después el mundo se preparaba para sumergirse en otra guerra a gran escala.

Ayer fue 11 de Noviembre. 93 años después de 1918 una guerra semejante es impensable en Europa… incluso ahora que la Unión Europea se tambalea. Ayer fue un buen día para recordar todo lo que ocurrió durante aquellos 4 años, divulgarlo y entender por qué la Europa de hoy es como es. Ayer, la noticia del día en todo el mundo fue que en el calendario coincidían muchos unos.

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