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Archivos mensuales: abril 2012

El piloto que no se durmió a los mandos.

25 miércoles Abr 2012

Posted by ibadomar in Aviación, Prensa

≈ 24 comentarios

Etiquetas

Aviación, Incidente aéreo, Prensa, Seguridad aérea, TCAS, Uberlingen

Es poco habitual que este blog incluya artículos que no sean de Historia, pero en este caso la ocasión lo merece. Ya hubo una excepción cuando publiqué un artículo explicando los motivos de la colisión sobre Überlingen. Esta vez volveremos sobre el asunto de la seguridad aérea y el tratamiento que recibe este tema en los medios de comunicación.

Hace apenas unos días pudimos leer una noticia de la que se desprende que una imprudencia de un piloto estuvo cerca de provocar una tragedia. Veamos los titulares: en La Vanguardia Un piloto de un avión se queda dormido en pleno vuelo y causa 14 heridos; según ABC El piloto de un B767 de Air Canada se durmió en pleno vuelo. En general ambos artículos coinciden en lo básico: aseguran que el piloto se durmió en pleno vuelo, con lo que dan a entender que cometió una irregularidad, y que al despertar, todavía adormilado, confundió el planeta Venus con otro avión, lo que le llevó a hacer una maniobra brusca. El redactor del ABC, muy colorista, se deja llevar por la imaginación con algo más de alegría, como demuestra esta frase: Dormirse encima de los mandos de la cabina bien valdría como argumento para la disparatada comedia ‘Aterriza como puedas’ (…)

Qué imperdonable negligencia la del piloto, según estos medios. Dormirse cuando debería estar vigilante y despertar confundiendo Venus… un momento, un momento. Aquí hay algo que no cuadra. ¿En los aviones no van dos pilotos? ¿Dónde estaba el otro? ¿No están los pilotos acostumbrados a ver otro avión de cerca y a contemplar cualquier planeta visible a simple vista, sea Venus, Marte o Júpiter? Afortunadamente tenemos otra fuente de información: la página web del Transportation Safety Board of Canada, que aclara un poco más las cosas.

Según esta página web el FO (First Officer, es decir el copiloto) estaba cansado y, con el permiso del comandante, se retiró a descansar. El descanso duró unos 75 minutos aunque el copiloto declaró no sentirse totalmente bien al regresar a su puesto. En ese momento el sistema de prevención de colisiones, TCAS, del que ya hablamos en el artículo de Uberlingen citado antes, avisó de la existencia de un avión que se acercaba de frente y apenas a mil pies (300 metros) por debajo. El comandante mencionó al copiloto la presencia de este otro avión. Copio ahora el informe y a continuación traduciré, un poco libremente para intentar evitar los tecnicismos.

Over the next minute or so, the captain adjusted the map scale on the ND in order to view the TCAS target and occasionally looked out the forward windscreen to acquire the aircraft visually. The FO initially mistook the planet Venus for an aircraft but the captain advised again that the target was at the 12 o’clock position and 1000 feet below. The captain of ACA878 and the oncoming aircraft crew flashed their landing lights. The FO continued to scan visually for the aircraft. When the FO saw the oncoming aircraft, the FO interpreted its position as being above and descending towards them. The FO reacted to the perceived imminent collision by pushing forward on the control column. The captain, who was monitoring TCAS target on the ND, observed the control column moving forward and the altimeter beginning to show a decrease in altitude. The captain immediately disconnected the autopilot and pulled back on the control column to regain altitude. It was at this time the oncoming aircraft passed beneath ACA878. The TCAS did not produce a traffic or resolution advisory.

Durante el siguiente minuto, aproximadamente, el comandante ajustó la escala del visor de navegación para ver en él al otro avión mientras ocasionalmente miraba al exterior para localizarlo visualmente. El copiloto confundió al principio el planeta Venus con un avión, pero el comandante le recordó que el tráfico estaba enfrente de ellos y a mil pies por debajo. Ambos aviones encendieron las luces de aterrizaje. El copiloto continuó buscando al otro avión y cuando lo vio interpretó su posición como por encima y descendiendo hacia ellos. El copiloto reaccionó a lo que percibió como colisión inminente empujando la palanca de control. El comandante, que seguía al otro avión en la pantalla, observó el movimiento de palanca y la pérdida de altitud en el altímetro e inmediatamente desconectó el piloto automático y tiró de la palanca para recuperar altitud. En ese momento se cruzaron ambas aeronaves sin que el TCAS diera aviso de precaución ni ordenara maniobra de evasión.

El informe prosigue con detalles sobre la maniobra exacta, posición de los pasajeros lesionados y varias consideraciones sobre fatiga de las tripulaciones; asuntos que ya no vienen al caso porque creo que quien haya leído los artículos de prensa y los compare con el informe se habrá dado cuenta de que hay diferencias enormes:

– Según la prensa el piloto se durmió a los mandos. Falso: se retiró a descansar con el consentimiento del comandante.

– Según la prensa, al despertar, adormilado, confundió el planeta Venus con otro avión. Falso: estaba ya despierto, había vuelto a su posición y estaba buscando un avión que él sabía que existía. En un primer momento sí creyó que el planeta Venus podía ser ese avión, pero el comandante le sacó del error inmediatamente al señalarle la posición exacta en la que debía de encontrarse la otra aeronave.

– Según la prensa a consecuencia de la confusión con Venus se hace una maniobra de descenso. Falso: el planeta Venus ya había sido descartado. Hubo un error de apreciación en la posición del otro avión, que de noche era sólo un punto de luz en la oscuridad. Si lee esto algún piloto que nos pueda hablar sobre la dificultad de saber la posición exacta de otro aparato desde un avión en vuelo cuando no hay referencias que puedan indicar la altura relativa del otro objeto, por favor que no dude en usar los comentarios. El comandante, que usaba los instrumentos y no sólo la visión como el copiloto, sí sabía exactamente la altitud del otro avión y por eso corrigió inmediatamente el error.

– La prensa no menciona en ningún momento la existencia del segundo avión ni el hecho de que el piloto estaba alerta ante su proximidad, aunque ABC menciona otra aeronave que se había aproximado horas antes (sic).

La conclusión es que llegó a las redacciones un relato parcial o muy mal traducido de los hechos y que se publicó sin cotejarlo previamente. Al fin y al cabo entre narrar con rigor los detalles de un incidente aéreo en el que aparecen tecnicismos como TCAS, fatiga, luces de aterrizaje, etc. y contar una historia en la que un negligente piloto está a punto de estrellar su avión, la elección no es dudosa. ¿Qué prefiere el lector medio, un aburrido artículo riguroso y contrastado o echarse las manos a la cabeza leyendo una historia de miedo?

No sé a vosotros, pero a mí este tipo de casos me resulta muy instructivo. Al menos ya sé qué tipo de lector creen los medios que tienen y también comprendo los motivos de esa crisis de la prensa de la que se habla de vez en cuando.

NOTA (del 27/04/2012): Esta entrada, publicada hace dos días, ha tenido una repercusión fuera de lo común. Baste decir que en apenas un día el número de visitantes fue más del cuádruple del total recibido desde la apertura del blog. Una consecuencia es que el texto aparece citado en ABC. Dado que en el texto enlazo a un artículo de dicho periódico, creo que es oportuno enlazar también al nuevo puesto que si de mi entrada se desprende una crítica hacia una noticia que juzgo poco rigurosa, es justo reconocer el hecho de que el mismo periódico haya hecho el esfuerzo de explicar de nuevo los hechos.

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Por culpa de Julio César

23 lunes Abr 2012

Posted by ibadomar in Historia

≈ 5 comentarios

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Antigüedad, Calendario, Cervantes, Edad Moderna, Enrique VIII, Gregorio XIII, Historia, Julio César, Numa Pompilio, Revolución rusa, Roma, Shakespeare, Sosígenes, Teresa de Jesús

Vamos a tratar algo en cierto sentido banal, muy alejado de los grandes momentos que cambiaron el mundo, una curiosidad de la Historia que merece ser explicada precisamente hoy, 23 de abril, día del Libro; fecha en la que, según nos recuerdan los informativos año tras año, se conmemora la muerte de dos grandes genios de la Literatura universal: Miguel de Cervantes y William Shakespeare, que fallecieron el 23 de abril de 1616. Y aquí es cuando normalmente aparece un presentador de televisión y nos anima a maravillarnos de la casualidad que quiso que ambos escritores, cumbres de la Literatura en sus respectivos idiomas, fueran a morir el mismo día. ¡Error! Shakespeare y Cervantes murieron en la misma fecha, es cierto, pero en días diferentes. La culpa de este galimatías la tienen a medias Julio César y Enrique VIII, que comparten responsabilidad con el Papa Gregorio XIII, por cuya causa Teresa de Jesús no fue enterrada hasta el 15 de octubre de 1582 a pesar de haber muerto el día 4. No, no me he vuelto loco. Todavía no.

La historia de todo este jaleo empieza en la primitiva Roma. Los romanos utilizaban en principio un calendario lunar, que es muy sencillo de elaborar porque las fases lunares son evidentes, pero que no es muy práctico desde el punto de vista agrícola. A un agricultor le interesa mucho saber qué día exacto comienza la primavera y no le importa tanto cuándo será la próxima luna llena. Por eso los romanos, desde tiempos de Numa Pompilio, pasaron a emplear un calendario solar, aunque bastante imperfecto. Simplemente utilizaban una base lunar que les daba un año de 355 días y, para ajustar, añadían un par de meses cada cuatro años. No era una solución demasiado elegante, pero tampoco los romanos eran muy refinados para estas cuestiones. Un ejemplo de lo flexibles que podían ser es que, aunque tradicionalmente consideraban que el año empezaba en marzo, en el momento en que tomaban posesión los nuevos cónsules, en el 153 a.C. con motivo de la guerra de Hispania les resultó conveniente adelantar la toma de posesión de los cónsules… así que ni cortos ni perezosos adelantaron el inicio del año dos meses. Desde entonces el año empieza en enero.

En conjunto el sistema era un desbarajuste hasta que intervino Julio César, que decidió emprender una reforma. Se trajo a un astrónomo egipcio, Sosígenes de Alejandría, para que calculara la duración exacta del año y poder hacer un calendario más práctico. El cálculo de Sosígenes fue que el año dura 365 días y 6 horas, por lo que el calendario resultante redondeaba el año a 365 días y dejaba que se acumulara un error durante cuatro años, momento en el que el error acumulado era de 24 horas, exactamente un día, por lo que si se añadía un día cada 4 años el error quedaba corregido. De una tacada se había creado un calendario bastante exacto y se había inventado el año bisiesto. El resultado se podría haber llamado «calendario de Sosígenes», pero entonces, como ahora, los políticos se llevaban los honores del trabajo ajeno, así que el calendario se llamó juliano en honor a Julio César y entró en vigor el año 46 a.C. Cómo sería el caos del calendario anterior que aquel año tuvo excepcionalmente 445 días para corregir todos los desfases.

El cálculo de Sosígenes era bueno, pero no perfecto porque el año no tiene 365 días y 6 horas sino un poquito menos, once minutos menos aproximadamente. Con el paso de los años el error se fue acumulando. Once minutos al año son poca cosa, pero en un siglo son 1.100 minutos, más de 18 horas, y en 1500 años son 16.500 minutos, que son más de 11 días. En el siglo XVI las cosas ya no eran como debían: la primavera ya no empezaba el 21 de marzo y la Navidad no coincidía con el solsticio de invierno. Hacía falta una nueva reforma y esta vez la iniciativa partió del Papa Gregorio XIII, que nombró una comisión al respecto. El problema era, como hemos visto, que el año era un poco más corto de lo calculado, por lo que cada 100 años se acumulaban 18 horas de error, o lo que es lo mismo había 72 horas de más cada 400 años: exactamente 3 días. Así que se decidió que cada 100 años habría un año que, aun correspondiéndole ser bisiesto, tendría 365 días en lugar de 366, pero esa corrección no se haría siempre sino que dejaría de hacerse una vez cada 400 años. De esta forma se seguía utilizando el calendario juliano, pero eliminando 3 días cada 400 años, exactamente lo que era necesario para ajustar el desfase. Así que el año 1600 fue bisiesto, pero el 1700, 1800 y 1900 no lo fueron, aunque según el calendario juliano habrían debido serlo. El año 2000 volvió a ser bisiesto, pero ni el 2100 ni el 2200 ni el 2300 lo serán, aunque sí el 2400. Como nada es perfecto, esta corrección tampoco lo es y el error se notará dentro de 3.000 años. Que se preocupen de arreglarlo nuestros nietos.

Con el calendario ya reformado por orden de Gregorio XIII (se le llamó calendario gregoriano como era de esperar), sólo faltaba decidir la fecha de implantación, que finalmente fue el 4 de octubre de 1582. Para entonces el error era de once días, así que al susodicho día 4 le siguió en el calendario el 15 de octubre. Que nadie busque saber qué ocurrió en Madrid, Roma o Lisboa el 12 de octubre de 1582, porque aquel día no existió jamás, ni siquiera en Zaragoza por mucho que fuera el día del Pilar. El azar quiso que Santa Teresa de Jesús muriese precisamente aquel día 4 de octubre y fuera enterrada al día siguiente… que fue el 15 de octubre.

Los países católicos se sumaron en seguida a la reforma gregoriana, pero los protestantes tuvieron menos prisa porque «preferían estar en desacuerdo con el Sol a estar de acuerdo con el Papa» y más aún sabiendo que la comisión de reforma del calendario la había presidido un jesuita. La adhesión al calendario juliano se convirtió en una forma de afirmación religiosa y eso explica que en Inglaterra, anglicana por obra de Enrique VIII, el calendario juliano estuviera en vigor hasta el siglo XVIII. Por eso William Shakespeare murió un 23 de abril de 1616… según el calendario juliano, porque en España aquel mismo día era el 3 de mayo. Cervantes llevaba ya muerto once días. Otros países fueron aún más lentos en sumarse a la reforma gregoriana. La Rusia zarista, por ejemplo, no lo hizo nunca y no fue hasta la época soviética, en 1920, cuando se sustituyó el calendario juliano por el gregoriano. Para ello tuvo que triunfar, en 1917 la Revolución de Octubre… que, naturalmente, tuvo lugar en Noviembre.

Y todo esto por un error de once minutos al año en el calendario juliano. Pero ya que Sosígenes no se llevó la gloria, tampoco parece justo hacerle cargar con el error. Caiga por tanto la culpa sobre Julio César ¡están locos estos romanos!

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La transición fallida de 1931

14 sábado Abr 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Alcalá Zamora, Alfonso XIII, Azaña, Constitucion, España, Historia, Largo Caballero, Miguel Maura, Primo de Rivera, Queipo de Llano, Segunda República, Transición

Hoy me voy a meter en camisa de once varas, me temo. Porque no falla: llega el 14 de abril y surge una oleada de fervientes republicanos desplegando una retahíla de tópicos. Y sin embargo si la II República fue un experimento fallido fue en buena medida porque aquéllos que supuestamente eran republicanos, y a los que hoy se mitifica, en realidad no aceptaban el concepto de República como un régimen plenamente democrático en el que los ciudadanos tuvieran la última palabra. Es un tema muy complejo y no será fácil resumirlo, pero vamos allá.

En primer lugar no hay que olvidar que la República llegó en el peor momento posible. En 1931 la idea de democracia no era tan comúnmente aceptada como hoy. Estaban en boga ideologías que la consideraban como un sistema decadente y si por un extremo nazis y fascistas (palabras que entonces eran descriptivas y no peyorativas) consideraban que los ciudadanos debían someterse a la voluntad de un líder preclaro, por el otro socialistas y comunistas consideraban que la democracia burguesa era como mucho un estado transitorio previo a la cercana llegada de la dictadura del proletariado. No era el mejor ambiente para el consenso, como se ve.

Sin embargo la situación, paradójicamente, llevó al entendimiento. Primo de Rivera había puesto fin, como ya vimos en el artículo La transición fallida de 1875, a un régimen anquilosado hasta la parálisis, pero aunque sus acciones de gobierno parecen bientencionadas, no pasó, en el mejor de los casos, de instaurar un régimen paternalista muy alejado de las aspiraciones de buena parte del país. Dimitió a principios de 1930, pero para entonces ya estaba cuajando la idea de que las reformas necesarias requerían un cambio estructural que pasaba por eliminar la monarquía. Varios grupos políticos suscribieron el llamado Pacto de San Sebastián, a favor de una república, e incluso dirigentes conservadores como Alcalá Zamora y Miguel Maura se integraban junto a republicanos como Azaña o socialistas como Largo Caballero en el Gobierno Provisional de una República que aún no se había proclamado. Los aires revolucionarios llegaban hasta el Ejército con una insurrección en la que participaron personajes como Queipo de Llano, que intentaba en 1930 colaborar en la instauración de una república que, paradójicamente, él mismo ayudaría muy activamente a destruir en 1936.

Alfonso XIII intentó tantear el terreno con la convocatoria de elecciones municipales, a celebrar el 12 de abril de 1931. Los primeros resultados dieron por vencedores a candidatos republicanos, pero aquí empiezan las anomalías porque el recuento jamás se terminó. La exaltación republicana creció y el 14 de abril por la mañana el rey ofrecía la posibilidad de convocar Cortes Constituyentes, pero para entonces era evidente que la monarquía no contaba con apoyos. Aquella misma noche Alfonso XIII partió hacia el exilio.

El Gobierno Provisional abordó de inmediato algunas cuestiones de urgencia, como la reforma militar, emprendida por Azaña como ministro de la Guerra, o la situación de los jornaleros agrícolas, de la que se ocupó Largo Caballero como ministro de Trabajo. Pero la transición no iba a ser tan pacífica como se esperaba y no había transcurrido ni siquiera un mes desde la proclamación de la República cuando en Madrid se produjo un asalto al periódico ABC con violenta respuesta de la Guardia Civil y finalmente una asonada en la que algunos anticlericales se lanzaron a quemar conventos. El gobierno necesitó proclamar el estado de guerra para poner fin a las algaradas. Mal presagio para un régimen que ni siquiera contaba aún con una Constitución.

Las elecciones a Cortes Constituyentes tuvieron lugar el 28 de junio y el resultado fue muy complejo, como era de esperar en un régimen aún en construcción. Aunque se consolidó la amplia coalición gubernamental no hubo un ganador claro por lo que finalmente se alcanzó la solución de compromiso de continuar con el gobierno existente. Como curiosidad hay que decir que el Partido Comunista, opuesto a la «república burguesa», no consiguió ningún escaño, lo que es llamativo conociendo el auge que conseguiría tras comenzar la Guerra Civil 5 años después.

Fueron las Cortes Constituyentes las que demostraron que el consenso conseguido un año antes se evaporaba, puesto que se produjo una polarización que destacó las discrepancias por encima de los acuerdos. Puede que el ejemplo más emblemático sea el de la siempre candente cuestión religiosa, en el que los debates fueron enconados y se defendían posturas difícilmente admisibles en una democracia liberal como la disolución de todas las órdenes religiosas (al final sólo se decidió la de los jesuitas, cuyas disoluciones y expulsiones a lo largo de la Historia merecen un artículo para ellos solos). El claro vencedor de estos debates fue Azaña, que aunque logró moderar algunas posturas muy radicales, paradójicamente quedó encasillado como representante del anticlericalismo.

La cuestión religiosa llevó a la dimisión de los conservadores Alcalá Zamora y Maura y aquí surge una reflexión: el apoyo de estos líderes a la República debió de servir para que muchos conservadores católicos, sector muy numeroso, superaran sus reticencias ante el nuevo régimen, pero con esta dimisión ¿cuántos de ellos recuperarían su desconfianza en la República? Las Cortes habían cometido el error de dirimir en la Constitución cuestiones en los que no había consenso y con ello se daba rango constitucional a asuntos que encajaban con la mayoría parlamentaria del momento, pero que podían ser problemáticos tan pronto como se convocaran nuevas elecciones. Quizás por eso los «padres de la patria» decidieron no someter la Constitución a referéndum ni disolver las Cortes para que hubiera nuevas elecciones y se pudiera determinar con cuánto apoyo popular contaba realmente la nueva Constitución. La Transición de 1931 empezaba a mostrar sus limitaciones.

Al dimitir Alcalá Zamora llegó Azaña a la presidencia de un gobierno decidido a reformar la sociedad. Pero no se pueden acometer reformas sin pisar algunos callos y el nuevo gobierno iba a pisar muchos y todos a la vez. La Constitución prohibía a las órdenes religiosas la actividad educativa, lo que no sólo disgustó a las familias católicas y a los enseñantes religiosos, sino que hacía necesaria una inversión brutal en educación para lograr el objetivo, inalcanzable en la realidad, de que los religiosos cesaran completamente en su actividad educativa el 31 de diciembre de 1933. Para esa fecha ya había otro gobierno, por lo que la Ley de Congregaciones no se aplicó, y en la práctica sólo había conseguido generar un sentimiento antirrepublicano en una parte importante de la sociedad y deteriorar las relaciones entre Iglesia y Estado sin lograr nada a cambio. Las reformas militares eran necesarias para que el Ejército se integrara como parte de la sociedad y no fuera una casta aparte, pero necesitaban tiempo para cuajar y a corto plazo aumentaron la impopularidad del gobierno en los cuarteles. La reforma agraria era fundamental, pero chocaba con intereses poderosos en un momento de crisis ecónomica y a menudo las medidas destinadas a mejorar la situación de los jornaleros no sólo perjudicaban a los latifundistas sino también a labradores propietarios de pequeñas fincas que difícilmente podían sufragar el aumento de los jornales. En conjunto eran demasiadas cuestiones para abordarlas al mismo tiempo y al abrir tantos frentes simultáneamente la República empezaba a grangearse enemigos muy peligrosos.

Mientras tanto la conflictividad social no cedía, alimentada por quienes consideraban que la destrucción del sistema era el paso previo a la construcción de una nueva sociedad, tendencia que se vio abanderada por la CNT, que protagonizó varias insurrecciones que generaron una espiral de violencia que contribuiría a la caída del Gobierno. La consecuencia fue la convocatoria de nuevas elecciones en 1933, en las que se produjeron dos hechos fundamentales: por un lado el éxito de fuerzas no comprometidas con la República y por otro la negativa de la izquierda a acatar plenamente los resultados electorales.

En apenas dos años de régimen republicano las posturas se habían radicalizado hasta el extremo de que el propio ministro de Trabajo, Largo Caballero, decía que «es imposible realizar una tarea socialista en el seno de una democracia burguesa». Los mismos que habían hecho posible la República empezaban a soñar con su destrucción. El fin no llegaría hasta 1936, pero si a los enemigos externos se une la falta de compromiso de quienes debían apuntalar el sistema podemos llegar a la conclusión de que el fin de la República tiene causas muy profundas que nacen de una transición fallida. Una más.

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