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Un fracaso… ¿providencial?

04 miércoles Ene 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Hindenburg, Historia, Hitler, Jutlandia, Ludendorff, Momentos cruciales, Primera Guerra Mundial, Segunda Guerra Mundial, Siglo XX, Stauffenberg

Recuerdo que hace muchos años, cuando yo aún estaba en el colegio estudiando aquello que por entonces se llamaba E.G.B., algún profesor solía emplear una frase según la cual «Dios escribe recto con renglones torcidos». Confieso que por aquel entonces yo no entendía la frase; es más, creo que jamás la habría entendido si no fuera porque conozco al menos un ejemplo en el que es perfectamente aplicable.

  • 20 de julio de 1944

Este día pudo cambiar la Historia. Aproximadamente a las 12:30 Hitler se encuentra reunido con varios jefes militares en el complejo conocido como Wolfsschanze (la guarida del lobo) en lo que hoy es Polonia y por entonces era Prusia Oriental. Una bomba colocada por el coronel Claus von Stauffenberg, que se acababa de ausentar, explota súbitamente matando a 4 de las 24 personas reunidas en aquel momento. Hitler, milagrosamente, apenas resulta afectado y se refiere al hecho de sobrevivir como una señal de la Providencia de que debía continuar con su misión.

Ciertamente, el cúmulo de circunstancias que hizo fracasar el atentado era enorme. Para empezar, la reunión no tuvo lugar en un búnker de hormigón armado sino en un edificio de madera, lo que redujo el efecto de la bomba; pero además Stauffenberg no tuvo tiempo de armar los dos explosivos que llevaba y por eso sólo introdujo uno en su maletín: de haber llevado los dos, el segundo habría explotado por simpatía aun no teniendo detonador y la potencia de la explosión habría sido mucho mayor. Peor aún fue el hecho de que alguien movió el maletín con los explosivos tras salir Stauffenberg de la reunión y lo colocó detrás de uno de los macizos soportes de la mesa, que sirvió de protección a Hitler como se ve en el dibujo adjunto en el que la posición del Führer aparece en azul y se ve la bomba como un cuadrado amarillo (los círculos rojos son los muertos y los verdes el resto de supervivientes).

Stauffenberg habría podido cometer una acción suicida aumentando las probabilidades de éxito, e incluso estaba dispuesto a ello, pero también hacía falta su presencia en Berlín para coordinar el golpe de estado subsiguiente, que fue todo un fracaso y no sólo porque Hitler seguía con vida, lo que ya de por sí condenaba el intento, sino también porque los conspiradores no supieron planificar la toma del poder.

El atentado del 20 de julio no fue un hecho aislado. En realidad no era sino uno más de los muchos intentos fracasados de acabar con la vida de Hitler. En todos ellos destaca la figura del caballero de la derecha: Henning von Tresckow, alma y cerebro de todas las conspiraciones destinadas a acabar con Hitler y derrocar su gobierno. Por diversas razones todos sus complots fracasaron, incluso uno aparentemente infalible, en el que logró colar en el avión de Hitler una bomba camuflada que no llegó a explotar por razones desconocidas. Tresckow sabía que tenía pocas probabilidades de triunfo, pero aún así consideraba necesario dar el paso puesto que, como él dijo, se trata de mostrar al mundo y a la Historia que el movimiento de resistencia alemán se ha atrevido, arriesgando la vida, a dar el golpe decisivo.

De haber tenido éxito el atentado y el golpe de estado posterior, habría sido posible que la guerra en Europa hubiese terminado en 1944, ahorrando al mundo una buena cantidad de muerte y destrucción. Si cualquiera de los proyectos de von Tresckow hubiese funcionado, nuestro mundo sería ligeramente diferente, pero ¿de verdad sería mejor? Paradójicamente, para encontrar el desenlace de esta historia no debemos avanzar sino retroceder otros 26 años.

  • 1918

Tras tres años y medio de guerra, 1918 lo tenía todo para ser el año decisivo. La revolución acababa de retirar a Rusia de la contienda y Alemania, obligada hasta entonces a luchar en dos frentes, podía por fin concentrar todas sus fuerzas en un frente occidental que llevaba atascado desde el otoño de 1914. La entrada en guerra de los Estados Unidos, con su inmenso potencial, obligaba además a los alemanes a buscar rápidamente una solución en el campo de batalla, antes de que los refuerzos americanos estuvieran en condiciones de intervenir decisivamente en la batalla. Fue Ludendorff quien dirigió las ofensivas alemanas que entre marzo y julio consiguieron romper el frente estático. Por primera vez en cuatro años los avances se contaban en decenas de kilómetros y en Mayo el Ministro de Exteriores británico se declaraba abierto a las gestiones de paz. Sin embargo el gobierno alemán, dominado por los generales Hindenburg y Ludendorff, desaprovechó la ocasión de una paz negociada.

No tardarían en lamentarlo, porque la ofensiva de julio fracasó y los aliados pronto estuvieron listos para el contraataque. Para el 1 de agosto ya había 27 divisiones americanas en Europa y 250.000 hombres llegaban cada mes desde el otro lado del Atlántico. El 8 de agosto comienza la ofensiva aliada y los alemanes se tambalean. Ludendorff pierde su aplomo, comprende que la guerra está perdida y presenta su dimisión, que no es aceptada. El 29 de septiembre será el día decisivo: los dos grandes jefes militares, Hindenburg y Ludendorff, en una reunión al más alto nivel y con el Káiser presente insisten en la necesidad de pedir un armisticio. En los primeros días de octubre Alemania pide la paz. El frente militar no se había derrumbado por completo, pero la actitud de ambos generales no daba lugar a dudas acerca del futuro.

Alemania estaba vencida, pero el sentido del honor de sus militares le iba a jugar una última mala pasada: los jefes de la flota de superficie, que no había actuado desde la batalla de Jutlandia el 1 de junio de 1916, decidieron que no podían firmar la paz sin salvar el honor y presentar combate. Los marineros sin embargo no estaban dispuestos a ir a una batalla perdida de antemano sólo por mantener la honra de la Armada alemana, por lo que se amotinaron el 3 de noviembre. La sublevación se extendió a una población civil sometida a durísimas restricciones hasta dar paso a una auténtica revolución. El 9 de noviembre el Káiser abdica y se proclama la república y el 11 Alemania firma el armisticio.

La secuencia de hechos está clara: hundimiento del frente militar, petición de armisticio, hundimiento del frente civil y revolución. Al parecer fue Ludendorff quien, en un intento de salvar la cara por su actuación como dirigente militar, invirtió el orden de los hechos haciendo del hundimiento del frente civil la causa primera de la derrota alemana. En esa versión el ejército alemán no había fracasado sino que había sido traicionado cuando aún estaba en condiciones de presentar batalla. La expresión puñalada por la espalda (personalmente me gusta más la traducción puñalada trapera) se popularizó entre los partidarios de esta teoría. Entre ellos, cómo no, los nazis, que utilizaron hasta la saciedad este tema como leitmotiv de buena parte de su propaganda. La caricatura que vemos a continuación, hecha en 1919 según Wikipedia, es una buena muestra de este tipo de propaganda.

 

  • Mayo de 1945

Es hora de volver adelante en el tiempo. Berlín está ocupado y Alemania entera es una ruina. Si von Tresckow no hubiera fracasado aquel 20 de julio quizás el escenario sería muy diferente y muchas vidas se habrían salvado. Un nuevo gobierno habría sustituido al de Hitler y Alemania podría haber pedido un armisticio. Pero en este caso… ¿cuánto tiempo habría transcurrido antes de que resurgiera la leyenda de la puñalada por la espalda? El nazismo se alimentó de esta leyenda y para lograr su desaparición era preciso llegar hasta el amargo final: la destrucción absoluta de Alemania, siempre con su dictador al frente, hasta el momento en que aceptara la rendición incondicional.

Después de todo puede que la Providencia sí tuviera algo que ver con el fracaso del atentado del 20 de julio.

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El mundo en la encrucijada: Salamina, 480 a.C.

26 sábado Nov 2011

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Batalla, Grecia, Herodoto, Historia, Jerjes, Momentos cruciales, Persia, Salamina, Temístocles

Hay momentos en la Historia en los que la humanidad se ve en una bifurcación en la que la forma que adopte el futuro dependerá de cómo se desarrollen los acontecimientos en ese instante. Un ejemplo clásico son las guerras púnicas: en ellas se decidió si el Mediterráneo lo dominaría una potencia terrestre de economía agrícola (Roma) o una potencia marítima eminentemente comercial (Cartago). No sabemos qué habría ocurrido de haber sido Cartago la vencedora, pero podemos estar seguros, por ejemplo, de que ahora mismo yo no estaría escribiendo en una lengua derivada del latín y de que nuestra legislación no se basaría en el derecho romano.

De entre todos esos momentos hay uno realmente excepcional tanto por la intensidad del mismo como por un detalle de particular dramatismo. En apenas unas horas un imperio aparentemente invencible topaba con una frontera que jamás podría rebasar, un puñado de ciudades que se veían condenadas a ser sometidas o arrasadas recobraron el aliento y todo un dios viviente comprobaba que su omnipotencia no era tal. Estoy hablando de un día de septiembre de hace casi 2.500 años. Estoy hablando de la batalla de Salamina.

Salamina fue el punto de inflexión de las denominadas guerras médicas, que enfrentaron al imperio persa con una confederación de ciudades-estado griegas. El motivo de la guerra pudo ser el expansionismo persa o quizás el intento persa de asegurarse de que no se repitiera el apoyo dado por Atenas a las ciudades jonias de lo que hoy es la costa turca y que se habían rebelado contra la dominación persa a principios del siglo V antes de Cristo. Las revueltas fueron sofocadas, pero es muy posible que el imperio quisiera asegurarse de que una nueva rebelión no contaría con ayuda exterior. Por otro lado, las ciudades griegas dominaban el Egeo y su derrota significaría el control del Mediterráneo Oriental.

Un primer asalto tuvo lugar en el 490 a.C. En aquel entonces la expedición persa del rey Darío fue derrotada en la célebre batalla de Maratón. Diez años más tarde el hijo de Darío, Jerjes, decidido a someter de una vez a los griegos, comandaba un inmenso ejército invasor acompañado de una gran flota. Nuestra principal fuente, Herodoto, da al ejército persa un tamaño inverosímil, pero aun corrigiendo sus exageraciones no cabe duda de que la superioridad numérica estaba del lado persa. Los griegos, astutamente, buscaron la manera de neutralizar su desventaja numérica planteando batalla en un desfiladero, el de las Termópilas. Pero cuando los persas superaron ese obstáculo la situación era tal que Atenas fue evacuada y gran parte de sus habitantes se refugiaron en la vecina isla de Salamina mientras el ejército persa tomaba la ciudad y arrasaba la Acrópolis.

La flota griega (380 barcos según Herodoto) fondeó en el estrecho que separa Salamina del continente, mientras que los buques de los persas y sus aliados (unos 1200 barcos, según el historiador griego, aunque posiblemente no fueran más de 700) se aproximaban para bloquear ambas salidas. La superioridad numérica volvía a estar con los persas, pero no hay que olvidar que los griegos jugaban en casa y conocían el terreno. El gran político y militar ateniense Temístocles se jugó el todo por el todo enviando un mensaje a Jerjes en el que le sugería atacar cuanto antes, puesto que la discordia reinaba entre los representantes de las distintas ciudades griegas y su baja moral propiciaría un desorden, no exento de deserciones, que facilitaría el triunfo persa. Lo que parecía una traición era, sin embargo, un regalo envenenado.

Jerjes siguió el consejo de su enemigo ordenando que la escuadra persa entrara en un estrecho que, con su falta de espacio, dificultaba las maniobras de la inmensa flota. Los griegos entretanto, en perfecta formación, se abalanzaron como perros de presa sobre sus adversarios logrando una victoria decisiva. La derrota naval persa hacía imposible el dominio de Grecia y, aunque la guerra aún no había terminado, el todopoderoso imperio había demostrado ser vulnerable y tendría que ceder terreno hasta abandonar definitivamente su aventura de conquista.

Mapa tomado de livius.org

¿Por qué decidió Jerjes seguir el consejo de su enemigo? Entre sus generales no todos apoyaban el adentrarse en terreno adversario para presentar batalla. Es sabido que Artemisia de Caria, reina de Halicarnaso y una de los comandantes de la flota persa, se oponía a este plan. ¿Por qué no quedarse tranquilamente vigilando las salidas del estrecho esperando que fueran los griegos los que se vieran forzados a salir a buscar batalla en mar abierto? ¿Quizás porque un bloqueo es mucho menos espectacular que un combate naval?

Dije al principio que existe un detalle que da especial dramatismo a la batalla. En un alto que dominaba la bahía, contemplando la acción desde un lugar privilegiado estaba el mismísimo Jerjes, el emperador persa. Desde allí fue testigo de cómo su flota penetraba en el estrecho, de las dificultades para maniobrar, del ataque griego y, finalmente de la derrota y el fracaso de su particular armada invencible. Aquél al que sus súbditos debían adorar como a un dios contemplaba con sus propios ojos cómo su empresa fracasaba.

¿Qué habría ocurrido de haber vencido los persas? No podemos saber si su dominio habría sido duradero, ni si habría llegado a sofocar la civilización griega. Puede que el imperio persa hubiese llegado a dominar el Mediterráneo Oriental o puede que su soberanía hubiese sido meramente nominal. Sí es un hecho que en la Grecia clásica la victoria sobre los persas era motivo de orgullo y por tanto hubo de influir en la educación de personajes tan influyentes para la posteridad como Sócrates o Aristóteles, por poner dos ejemplos.

Para reflexionar nos quedan dos imágenes: la de Jerjes, en la cima de su poder contemplando atónito cómo el que iba a ser su momento de triunfo se convertía en su gran fracaso y la de los atenienses refugiados en Salamina presenciando el renacer de su ciudad, que en apenas 30 años alcanzaría su máximo esplendor apoyándose en su poder naval. Al amanecer de aquel día el imperio persa afianzaba su posición en Europa y al caer la noche se retiraba hacia su base en Asia. Ha habido otras situaciones críticas en la Historia, pero posiblemente ninguna que se resolviera en tan pocas horas y ante los propios ojos de quienes vivirían las consecuencias.

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