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El día en que ocurrió lo impensable

15 lunes Jun 2020

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Atenas, Cleón, Esfacteria, Grecia, Guerra del Peloponeso, Historia

Va a hacer tres meses que hice una promesa y va siendo hora de cumplirla. Al final del artículo La epidemia que venció a Pericles, conté que el cambio de estrategia ateniense durante la guerra del Peloponeso dio origen a que ocurriera lo impensable y prometí explicar a qué me refería. Quien esté familiarizado con ese periodo de la Historia no necesita muchas explicaciones, pero sospecho que algún lector debe de estar dándole vueltas al enigma y preguntándose si no voy a dar la respuesta nunca. Dado que me gusta cuidar de mis lectores (son pocos, sí, pero selectos) no puedo dejar a ninguno de ellos con la duda.

Decíamos en aquel artículo que Pericles había propuesto una estrategia peculiar en su enfrentamiento con Esparta: nada de buscar batallas en campo abierto, donde los espartanos eran superiores. Los atenienses, parapetados tras los Muros Largos, podían permanecer a salvo en su ciudad mientras la flota aseguraba el abastecimiento. Pero la epidemia hizo mella en Atenas, Pericles murió y las cosas empezaron a cambiar. Fue el momento de uno de los grandes enemigos políticos de Pericles: Cleón.

Cleón ha sido a menudo impopular entre los historiadores. Como siempre, hemos de recordar que lo que sabemos de él es lo que nos han contado autores como Tucídides, que no parecían tenerle simpatía. Ciertamente es difícil tenérsela si nos atenemos al retrato que de él se hace. Cleón era un político extremista y demagogo, de los que no buscan hablar al cerebro sino revolver las tripas y agitar a las masas. En política era lo que hoy llamaríamos un halcón. Un buen ejemplo es su posición ante la rebelión de Lesbos contra el dominio ateniense: Cleón propuso matar a todos los hombres adultos de Mitilene, la principal ciudad de la isla, y vender como esclavos a las mujeres y los niños. Por cierto, su moción se aprobó, pero 24 horas después los atenienses lo pensaron mejor y tuvieron que enviar un barco a toda prisa, contra el criterio de Cleón, para que alcanzara al que ya había zarpado para llevar la sentencia.

En la primavera del año 425 a.C. la guerra contra Esparta seguía más o menos con la misma tónica de los años anteriores: Esparta se dedicaba a arrasar el Ática en una campaña terrestre mientras Atenas se limitaba a operaciones navales. Pero Atenas era cada vez menos pasiva y buscaba hacer un daño cada vez mayor a Esparta y sus aliados. En una de esas ocasiones, el general ateniense Demóstenes acertó a darle a Esparta en donde dolía, quizás por casualidad.

Tucídides dice que el desembarco de una flota ateniense cerca de Pilos fue forzado por una tormenta y que Demóstenes aprovechó que el mal tiempo obligaba a sus hombres a permanecer en tierra para fortificar aquella posición. La tormenta le vino de perilla a Demóstenes, porque él ya tenía el plan trazado de antemano, pero no había conseguido el apoyo de los otros generales. Cuando vio que el mal tiempo les obligaba a desembarcar precisamente allí, Demóstenes debió de pensar que todos los dioses del Olimpo se habían puesto de su parte.En la fotografía de satélite que está encima de estas líneas, he marcado con un círculo rojo la zona en la que se produjo el desembarco. Mientras las tropas espartanas se dedicaban a arrasar el territorio de Atenas en el Ática, Demóstenes y su flota desembarcaban a apenas 100 Km. al oeste de Esparta, en el lugar más adecuado para instalar una base. Veamos una foto más detallada:

En la imagen vemos una bahía, que actualmente se llama bahía de Navarino, aparentemente bloqueada por una península que no es tal sino una isla llamada Esfacteria. La isla está situada tan cerca del continente que, según Tucídides, por el estrecho que separa ambas partes de tierra apenas podrían navegar dos trirremes. La flota ateniense debió de desembarcar en la playa delimitada por dos flechas rojas en la imagen y el campamento ateniense debío de estar en el lugar marcado con un circulito rojo. La zona era muy fácil de defender, con el mar a la espalda y, cerrando el paso por tierra, defensas naturales que fueron conveniente reforzadas aprovechando que la madera y la piedra eran abundantes. La bahía de Navarino era además el mejor puerto natural en la costa oeste del Peloponeso y por si eso fuera poco, el lugar estaba en la región de Mesenia, cuyos habitantes, reducidos a la condición de ilotas tras ser sometidos por Esparta, tenían motivos de sobra para rebelarse o intentar huir.

Cuando la flota pudo por fin hacerse a la mar, Demóstenes se quedó en el flamante fuerte al mando de cinco barcos y una pequeña guarnición. Cuando las noticias llegaron al ejército espartano, que estaba como de costumbre arrasando el Ática, el rey Agis regresó de inmediato. Un puesto enemigo en Mesenia era un peligro enorme, pero al menos no parecía difícil de conjurar: la plaza, pensaba Agis, no resistiría un ataque combinado por tierra y mar y en el peor de los casos, podría ser sometida a asedio y tendría que rendirse por hambre. Los espartanos decidieron enviar un contingente de 420 hombres a Esfacteria, quizás para asegurarse de que nadie desembarcaba allí.

El ataque a la posición ateniense no se hizo esperar, pero fue un desastre. Demóstenes supo organizar la defensa y los espartanos se vieron incapaces de tomar la posición. Peor aún, tras fracasar en el asalto tuvieron que entablar una batalla naval contra una flota de refuerzo de 50 trirremes atenienses. La flota espartana era ligeramente superior en número, pero tenía tan pocas oportunidades de vencer en el mar a los atenienses como éstos habrían tenido de triunfar en una batalla terrestre en campo abierto. El resultado fue una victoria ateniense que dejaba a 420 espartanos aislados en Esfacteria, de los cuales al menos 180 eran espartiatas: la flor y nata de la sociedad espartana. Parecen pocos, pero eran una parte considerable, y muy difícil de reemplazar, de su ejército. Esparta pidió inmediatamente una tregua para intentar rescatarlos.

Atenas aceptó, pero impuso unas condiciones draconianas: permitirían aprovisionar a los espartanos de Esfacteria, pero obligaban a entregar la flota espartana como muestra de buena fe. Los barcos serían devueltos al final de las negociaciones. Siempre y cuando tuvieran éxito, claro. Esparta debía de estar desesperada para aceptar aquella cláusula porque para Atenas sería fácil romper las conversaciones y quedarse con los barcos… que es exactamente lo que hicieron. Rota la tregua, los hombres de Esfacteria tenían un gran problema, pero Esparta ofreció la libertad a los ilotas que llevaran provisiones a la isla y recompensas generosas en el caso de los hombres libres. Al amparo de la noche, pequeñas embarcaciones conseguían burlar el bloqueo.

Los espartanos de Esfacteria tenían problemas, pero los hombres del fuerte ateniense no estaban mucho mejor: ellos también dependían de los suministros que llegaran por mar, pero cuando se acercara el invierno el aprovisionamiento sería impracticable. ¿Qué hacer? En Atenas empezó a crecer el temor de que hubiese que levantar el campo, y permitir que los espartanos escapasen, y con el temor creció el resentimiento contra Cleón, que había impedido llegar a un acuerdo.

Y así llegamos a la tumultuosa asamblea en la que Cleón, acorralado, acusó a Nicias y otros generales de no ser lo bastante hombres para desembarcar en Esfacteria y poner fin al problema. Alguien dijo que Cleón debería hacerlo él mismo, Nicias vio la oportunidad y anunció que le cedería el mando gustoso. Hay algunos puntos oscuros en la narración de Tucídides, pero el resultado es tan claro como el agua: Cleón se encontró con que le enviaban a resolver el problema de Esfacteria manu militari y, puestos a fanfarronear, se despidió prometiendo una solución en 20 días. Según Tucídides, los atenienses más sensatos respiraron aliviados: si Cleón triunfaba en Esfacteria se libraban del problema de los espartanos y si fracasaba se libraban de Cleón. Todo eran ventajas.

Contra todo pronóstico, Cleón triunfó. Probablemente Demóstenes ya tenía trazado el plan: los espartanos se agrupaban en el centro de la isla, para proteger la única fuente de agua potable y dejaban poca vigilancia en los posibles puntos de desembarco. Los atenienses lograron establecer cabezas de playa una noche y al amanecer desembarcaban con 800 hoplitas, otros tantos arqueros y 2.000 hombres de infantería ligera. En una batalla tradicional, resuelta con un choque entre hoplitas, los espartanos tenían las de ganar, pero cuando la infantería ligera tomó posiciones en las zonas altas y se dedicó a hostigar a los espartanos a distancia, éstos, con su pesado equipo, se vieron impotentes para responder. Tuvieron que retirarse hacia el norte de la isla, sufriendo un lento goteo de bajas, pero eso les alejaba de su única fuente de agua.

La situación era desesperada cuando Cleón y Demóstenes, conscientes de que los espartanos valían más como rehenes vivos que como cadáveres, les ofrecieron rendirse. El comandante espartano (que al iniciarse la batalla era el tercero al mando, los dos anteriores habían muerto) pidió permiso para enviar un heraldo a Esparta y consultar. La respuesta fue que tomaran la decisión que quisieran siempre que no fuera deshonrosa. Entonces fue cuando ocurrió lo impensable, algo inaudito, lo nunca visto: los espartanos supervivientes, unos 200, se rindieron.

Atenas sacó ventaja de la situación: en adelante Esparta no podría invadir el Ática so pena de ver a los rehenes ejecutados, lo que era un alivio para todos aquellos que veían su tierra arrasada año tras año. Cleón, por supuesto, se convirtió en un héroe nacional y siguió impulsando una política belicosa hasta su muerte, que ocurrió en el campo de batalla de Anfípolis tres años más tarde. Al parecer le había cogido el gusto a los combates. Con la desaparición del principal defensor de la política de guerra, se pudieron iniciar unas conversaciones de paz más prometedoras que las de tres años atrás. Al año siguiente, 421 a.C, llegó la paz y con ella  el fin del cautiverio de los rehenes de Esfacteria. No fue una paz duradera: en el 413 a.C. las hostilidades se reanudaban.

En su momento, el impacto de los sucesos de Esfacteria en el mundo griego fue tremendo. Los espartanos eran conocidos ante todo porque no se rendían nunca. Las madres espartanas despedían a sus hijos cuando partían a la guerra recordándoles que debían volver con el escudo (era muy pesado y arrojarlo era lo primero que se hacía para huir del combate) o sobre el escudo (puesto que así se transportaba a los cadáveres). Vencer o morir, así de simple. A un espartano no le estaba permitido rehuir la muerte en combate. Un guerrero espartano que no llegó a tiempo de participar en las Termópilas se suicidó para compartir el destino de sus 300 camaradas. Ése era el espíritu de Esparta. Derrotar a un contingente espartano era difícil, pero se podía conseguir. Lo que no se podía conseguir era que capitularan voluntariamente. Hasta aquel día.

 

 

 

 

 

 

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Hambre, bulos y un reportero llamado Jones

24 viernes Abr 2020

Posted by ibadomar in Historia

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Historia, Holodomor, Periodismo, Siglo XX, Ucrania, Unión Soviética

No cabe duda de que el periodismo, si es incisivo, trae polémica. Hace unos días, en mitad de la crisis del coronavirus, hubo críticas a la portada del periódico El Mundo en la que se mostraban docenas de ataúdes en el improvisado depósito de cadáveres del Palacio de Hielo de Madrid, aunque curiosamente, la fotografía de una fosa común en Nueva York no causó ninguna polémica; será por la distancia. Si para los afines al gobierno la representación gráfica del coste en vidas del nuevo virus es intolerable, para sus críticos lo inadmisible es que el gobierno subvencione a medios de comunicación para compensar su pérdida de ingresos. Propaganda usando el dolor humano, claman los unos; dinero público para convertir a los medios de comunicación en órganos de propaganda, responden los otros.

Yo, como de costumbre, no puedo dejar de acordarme de situaciones similares. Hace cosa de 90 años también hubo una gran catástrofe, aunque no fue una epidemia sino una hambruna, y también hubo noticias polémicas, encubrimiento y propaganda. Es una historia que merece contarse. Es la historia de una catástrofe conocida como holodomor y de un reportero llamado Gareth Jones.

La revolución rusa de 1917 significó la llegada del hambre para Ucrania. Durante la guerra civil y la guerra ruso-polaca subsiguientes abundaron las requisas de grano ordenadas por Lenin para abastecer al Ejército Rojo. Ucrania no fue la única república que padeció estas requisas, pero al tratarse de la región agrícola por excelencia, las consecuencias fueron especialmente agudas en su territorio. Fue entonces cuando los bolcheviques, con su rígido esquema de interpretación del mundo a través de clases, desarrollaron una escala para los campesinos. Aquél que tenía una posición desahogada era un kulak, quien iba tirando un seredniak y el que era pobre un bedniak. No importaba la forma en que cada uno había mejorado o empeorado su posición social, puesto que la clasificación no era económica sino política. Se trataba de crear una etiqueta que sirviera para justificar la agresión contra su portador. Posiblemente por eso la palabra kulak, la que servía para identificar al supuesto enemigo de clase, es la única de las tres que sobrevivió en el vocabulario soviético.

Las requisas fueron tan lejos como para alcanzar incluso el grano reservado para sembrar, y la consecuencia natural fue una hambruna generalizada en 1920 y 1921. A los estragos provocados directa o indirectamente por la guerra y la revolución se sumó el mal tiempo: si durante la época zarista las 20 provincias más productivas generaban en total 20 millones de toneladas de grano, la cantidad se redujo a algo menos de 8 millones y medio de toneladas en 1920 y apenas 3 millones de toneladas en 1921. Al no quedar excedentes de años anteriores tras la incautación por el Estado, la situación pasó de dramática a catastrófica. A finales de 1921 Lenin seguía ordenando que se requisara todo el grano disponible y que se utilizaran métodos contundentes, como la toma de 15 o 20 rehenes por poblado, que debían ser fusilados como enemigos del Estado en caso de que no se entregara la cantidad de grano exigida.

Finalmente la realidad se impuso, el gobierno soviético apeló a la comunidad internacional y la ayuda extranjera empezó a llegar en 1921. Más adelante la política de Lenin viró hacia una cierta apertura económica y el fantasma del hambre se desvaneció. Parecía que la situación se había estabilizado, pero se trataba de una tregua temporal porque el campesino soviético se encontraba atrapado en una contradicción permanente: si un granjero conseguía que su producción aumentara, como exigía el Estado, también mejoraba su situación económica, pero entonces pasaba a ser considerado un kulak.

Stalin, tras acceder al poder una vez muerto Lenin, ideó una aparente solución: bastaba con que a los campesinos se les quitara su tierra, que pasaría a organizarse en granjas estatales llamadas koljoses. Se envió a miles de jóvenes activistas del partido a los pueblos para evangelizar a los campesinos y animarles a que se integraran en el sistema, pero aquellos muchachos de ciudad tuvieron poco éxito en el mundo rural. Sin embargo, su desconcierto ante la negativa a abandonar sus propiedades hallaba una salida dialéctica: ¿quién podía oponerse a ceder su granja al Estado para unirse a un koljós? Solamente un kulak. Se dio carta blanca para acabar con ellos y pronto empezaron los abusos, amenazas, agresiones, violaciones, deportaciones… Todo en pro de conseguir lo que debía ser uno de los grandes logros del primer plan quinquenal: la colectivización de la tierra.

La resistencia era cada vez mayor: quien podía huía hacia el oeste, a Polonia, o al menos lo intentaba; aparecieron grupos de campesinos armados dispuestos a responder a la violencia con más violencia y la situación llegó a ser tan preocupante que Stalin frenó la colectivización y se justificó en un artículo titulado “Embriagados por el éxito”, que se publicó en marzo de 1930 y que glosaba los grandes logros de la colectivización, pero también reconocía la existencia de algunos problemas debidos al exceso de entusiasmo. Era demasiado tarde: la revuelta se extendía ya por toda Ucrania. Stalin recurrió a su característica política de deportaciones, arrestos y ejecuciones hasta que la rebelión quedó bajo control.

Entretanto, el verano de 1930 fue muy favorable para la cosecha, de manera que se estimó que se podía aumentar la exportación de grano, una importante fuente de divisas, a la vez que se volvía a la colectivización de la tierra. La confusión creada por el nuevo impulso colectivizador y una meteorología menos favorable hicieron el resto: era imposible cumplir con los objetivos de producción, pero eso no iba a impedir que se recogiera el grano previsto.

Las requisas de grano volvieron con mayor crudeza, si cabe. Stalin, con su típico enfoque paranoico, enfocaba los estragos de la hambruna como actos de sabotaje provocados por traidores infiltrados en el partido, espías polacos o los propios hambrientos, que saboteaban los designios del partido muriendo de inanición. En el verano de 1932 entró en vigor una ley contra el robo de propiedad estatal que se utilizó para penar con la muerte cualquier recolección no autorizada. Si un hambriento intentaba recoger una patata se arriesgaba a una muerte inmediata.

Los brigadistas del partido se dedicaron a recorrer los pueblos, registrando minuciosamente cada casa, para apropiarse de todo lo que fuera comestible. Llegó un momento en el que el mero hecho de estar vivo era sospechoso porque indicaba que de alguna forma se había conseguido esconder algo de alimento. La bajeza característica de quienes se encuentran con un poder absoluto sobre sus semejantes no tardó en aparecer, por lo que abundan los relatos de brigadistas que destruían los escasos comestibles existentes cuando no merecía la pena llevárselos.

Los que podían huían a las ciudades, pero a partir de enero de 1933 se hizo obligatorio tener un permiso para residir en ellas y se prohibió la venta de billetes de ferrocarril a los campesinos. En la ciudad, los refugiados, con su aspecto famélico, tenían pocas probabilidades de no ser detectados por la policía y expulsados. Los relatos de los supervivientes de aquellos años sólo pueden calificarse como dantescos: muertes por inanición, canibalismo, locura… la galería de horrores va desde el hombre que mató a sus hijos para que dejaran de sufrir hasta el que se comió a los suyos tras enloquecer por la muerte de su esposa.

La hambruna duró hasta finales de 1933 y se conoce con un término ucraniano: holodomor. Se calcula que se produjeron unos 4 millones de muertes directas por inanición. Por fin, en 1934 el Estado aprobó ayudas para la población ucraniana y comenzó un programa de repoblación. Durante el 17º Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, a principios de 1934, Stalin pudo jactarse de haber derrotado a los kulaks.

Es inevitable preguntarse cómo es posible que, en apariencia, nadie viera nada. Los habitantes de las ciudades ucranianas detectaron la aparición de campesinos hambrientos, pero hacer preguntas incómodas significaba cuestionar al Partido, algo que sólo haría un enemigo del Estado. Hubo rumores, claro, pero su propagación traía el riesgo de pasar diez años en un campo de concentración. Y por supuesto la prensa soviética no informó de la hambruna.

Pero ¿tampoco se enteró ningún corresponsal extranjero? Hubo al menos dos casos en que sí lo hicieron. La periodista canadiense Rhea Clyman publicó en un periódico de Toronto un artículo en el que se hablaba de pueblos desiertos tras las oleadas de deportaciones y de la creciente escasez de alimentos. Su expulsión de la URSS en 1932 demostró a los periodistas extranjeros en Moscú lo fácilmente que podían perder su trabajo si husmeaban demasiado.

Más sonado fue el caso de Gareth Jones, un joven galés que se las ingenió para dar esquinazo a las autoridades soviéticas con la excusa de visitar una fábrica de tractores en Ucrania. Durante tres días, Jones anduvo por la Ucrania rural y pudo contar sus vivencias en periódicos influyentes como el New York Evening Post, el Chicago Daily News o el London Evening Standard. En sus artículos, Jones acusaba al plan quinquenal de haber provocado una hambruna generalizada. Pero las palabras de Jones cayeron en el vacío. Los corresponsales extranjeros en Moscú, cuya permanencia en la URSS dependía de la buena voluntad de las autoridades, se apresuraron a desmentir sus palabras. Especialmente activo fue Walter Duranty, corresponsal en Moscú del New York Times desde 1922. Duranty llevaba una vida muy confortable en la capital rusa, y sus artículos sobre los éxitos de la colectivización y el plan quinquenal en la URSS le habían granjeado un premio Pulitzer en 1932. El mismo día en que los lectores del Evening Standard londinense podían leer el artículo de Gareth Jones fotografiado más arriba, el New York Times publicaba la versión de Duranty bajo el título: Los rusos tienen hambre, pero no hay hambruna. En él se atacaba a Jones y se defendía la política de Stalin con toda una muestra de cómo retorcer el lenguaje: No hay hambruna ni muertes por inanición -escribía Duranty- aunque sí existe una extendida mortalidad debida a enfermedades causadas por la malnutrición.

Duranty era una figura mucho más conocida que Jones y logró desprestigiar los artículos del periodista galés. Dos años después, el desacreditado Gareth Jones viajó a China para cubrir las acciones japonesas en Manchukuo, pero fue secuestrado por bandidos junto a un periodista alemán llamado Herbert Mueller que iba con él. El alemán fue liberado, pero dos días después, en la víspera de su 30 cumpleaños, Jones era asesinado. Sabiendo que la empresa que facilitó a los periodistas el vehículo en el que viajaban, la alemana Wostwag, era en realidad una tapadera de la NKVD (los servicios secretos soviéticos) y que el propio Muller tenía lazos con la URSS, se entienden las sospechas de que Gareth Jones fue asesinado por ser un testigo incómodo, como sugería la BBC hace unos años.

Durante décadas, cuando los ucranianos en el exilio hacían declaraciones sobre la hambruna de los años 30, el público en general trataba el relato como una exageración propia de expatriados resentidos alentados por la extrema derecha. En los años 80 las cosas empezaron a cambiar y por primera vez se estudiaron los testimonios desde un punto de vista académico. Al principio la respuesta soviética fue la habitual, negar los hechos y atribuir los estudios a campañas de desinformación. Y entonces, en 1986, precisamente en Ucrania, tuvo lugar el accidente de la central nuclear de Chernobyl.

La respuesta inicial fue una vez más la ocultación de la realidad, pero era imposible negar la evidencia. Había que investigar los hechos a fondo, entender qué había ocurrido y eso requería transparencia, glasnost, que fue el nombre que se le dio a la nueva política. Se trataba de discutir los errores para corregirlos, pero las discusiones fueron tan lejos como para incluir referencias a los hechos de los años 30. Los estudiosos que intentaron desmentirlos usando los archivos recién abiertos comprobaron asombrados que la historia de la hambruna no era, como se había dicho hasta entonces, un bulo creado por los fascistas.

Jones murió desprestigiado mientras que Walter Duranty siguió viviendo en Moscú hasta 1936 y continuó colaborando con el New York Times hasta 1940. Murió en 1957, cuando la gran hambruna de 1932-33 seguía siendo desconocida. En 1990 el New York Times publicó un artículo de opinión en el que se reconocía que Duranty había escrito algunas de los peores muestras de periodismo publicadas en ese periódico. Paralelamente, la figura de Gareth Jones se ha visto reivindicada, como lo demuestra el reciente estreno de la película Mr. Jones, coproducción polaca, ucraniana y británica que se centra en el periodista galés. Sí, la Historia termina por poner a cada uno en su lugar. Lástima que se lo tome con tanta calma.

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La epidemia que venció a Pericles

19 jueves Mar 2020

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Atenas, Epidemia, Esparta, Grecia, Guerra del Peloponeso, Historia, Muros largos, Pericles, Salamina

Tenía que pasar tarde o temprano. No hay periodo histórico que esté libre de una gran calamidad omnipresente y llevábamos mucho tiempo sin que apareciera una. Desastres ha habido, sí, pero nada comparable a una crisis generalizada como las dos guerras mundiales del siglo XX, las guerras napoleónicas del XIX, la guerra de sucesión o la guerra de los siete años en el XVIII, la guerra de los 30 años en el XVII… cada época y región tiene su gran calamidad y nos ha llegado la nuestra.

A pesar de todo y mirando con perspectiva, la situación, aun siendo trágica, no es demasiado mala. Se anuncian los primeros ensayos de vacunas y hay noticias sobre tratamientos esperanzadores. Es cierto que pasará tiempo antes de que la epidemia del coronavirus sea un mal recuerdo, pero no durará tanto ni será tan mortífera como la gripe de 1918, por poner un ejemplo. Aun así, supondrá miles de muertos y muchas personas en la ruina.

Pero no hemos venido aquí, a este blog, para hablar del presente. Para eso existen sobradas fuentes de información y análisis. Estamos aquí para contemplar el pasado y, si es posible, aprender de él. No sé si hay enseñanzas que extraer de la peste de Atenas, pero al menos servirá para hacernos ver que hubo plagas peores… y para tener algo de lectura en estos días de cuarentena generalizada.

Pongámonos en situación: Atenas había entrado en guerra con Esparta. Nadie podía saberlo, pero aquella guerra, que empezaba en el año 431 antes de Cristo, iba a prolongarse durante casi 30 años aunque con alguna interrupción, y resultaría especialmente devastadora para el mundo griego en general y para Atenas en particular. Y eso que Atenas se había preparado a conciencia construyendo sus célebres muros largos.

Recordemos que durante las guerras médicas, los persas habían logrado ocupar Atenas. Por aquel entonces ya había diferencias entre los griegos acerca de la estrategia: los espartanos se sentían seguros en el Peloponeso y creían que bastaba con fortificar el istmo de Corinto y retirarse detrás, pero eso suponía dejar indefensa la ciudad de Atenas. Los atenienses siempre confiaron en su flota, y tras Salamina tenían muy buenas razones para hacerlo. Para completar su defensa decidieron hacer inexpugnable su ciudad. Esparta se oponía fieramente a esa opción, pero Atenas presentó los hechos consumados: los llamados muros largos convertían a la ciudad en un bastión inatacable.

Imagen tomada de Wikipedia

La imagen muestra la disposición de los muros largos, que no sólo defendían la ciudad, sino que incluían el puerto de El Pireo, que estaba a unos 6 Km de distancia. En el mundo antiguo, la poliorcética, que es la técnica de tomar posiciones amuralladas, estaba apenas desarrollada, por lo que la mejor manera de enfrentarse a una ciudad bien defendida era sitiarla, arrasar las cosechas y esperar que el hambre hiciera el resto. Si los asediados querían impedirlo tenían que salir de la ciudad y presentar batalla. Ahí llevaba ventaja Esparta, con la infantería más poderosa de la época.

Pero Atenas, con su poderosa flota, podía reírse de los asedios. La ciudad controlaba las rutas marinas hasta el Ponto Euxino (el Mar Negro), y por tanto el acceso a las fértiles tierras de lo que hoy es Ucrania, que eran, y siguen siendo, el granero de Europa. Los muros impedían tomar la ciudad al asalto y la flota aseguraba que no habría hambre. Atenas podía dormir tranquila por mucho que los espartanos estuvieran a sus puertas.

Al empezar la guerra, Pericles trazó una estrategia muy conservadora. Como era de esperar, los espartanos invadieron el Ática, llegaron a los pies de Atenas, arrasaron las cosechas… y nada más. Atenas no presentó batalla para impedirlo. Lo que sí hizo fue enviar una flota que fue recorriendo el Peloponeso para ir arrasando zonas costeras: “tú destruyes mis cosechas con tu ejército, yo destruyo las tuyas con mi armada y veremos quién se cansa antes”. Sabiendo que Atenas tenía el suministro asegurado, era cuestión de esperar.

Pero la espera podía ser muy frustrante para los atenienses, que habrían preferido ver derrotado claramente al enemigo. Aún así, Pericles se mantuvo firme y quizás su estrategia habría triunfado de no ser porque a la población que normalmente vivía intramuros se le había sumado la de los campos de alrededor. Pero entonces hizo su aparición la enfermedad. Puede que no fuera causada por el hacinamiento prolongado, pero las condiciones eran perfectas para que se convirtiera en una epidemia. Tucídides, que sufrió en sus propias carnes la enfermedad, nos cuenta los detalles:

Comenzó (…) por Etiopía, (…) luego bajó a Egipto y Libia (…). A Atenas llegó de un modo inesperado y atacó primero a las personas del Pireo (…). 

Prosigue el relato con una descripción de los síntomas, del problema de los contagios y del hacinamiento, y nos cuenta la anarquía que reinó al generalizarse la creencia de que

nadie viviría hasta el juicio para pagar por sus delitos (…)

No sabemos qué enfermedad en concreto fue la causante de aquella epidemia. Algunos creen que pudo ser el tifus, otros que las fiebres tifoideas, e incluso hay quien cree que pudo ser algo parecido al ébola, pero nadie tiene una respuesta irrefutable y me temo que nos quedaremos con la duda. Lo que sí sabemos son las consecuencias, entre ellas una gran incertidumbre, porque entre las víctimas de la epidemia estuvo el mismísimo Pericles, el hombre que había dominado la política ateniense de tal manera que el siglo V antes de Cristo se conoce con el nombre de Siglo de Pericles.

Con él sucumbió su estrategia, que dio paso a una acción más agresiva. Curiosamente, y en contra de lo que se podría prever, este cambio dio resultados bastante buenos para Atenas puesto que llevó a que ocurriera lo impensable en Esfacteria. ¿Y qué pasó allí? Siento dejaros con la miel en los labios, pero eso os lo contaré en otro artículo, que tenemos aún mucha cuarentena por delante. Hasta entonces, cuidaos mucho y no salgáis a la calle.

 

 

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