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El arte del soborno

11 lunes Mar 2013

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Cartago, Cayo Mario, Corrupción, Guerras Púnicas, Historia, Masinisa, Numidia, Roma, Salustio, Sila, Yugurta

Creo que a estas alturas está claro para todo el mundo que en España tenemos un serio problema con la corrupción. Basta con ojear un periódico para darse cuenta, porque es realmente difícil encontrar uno en el que alguna corruptela no ocupe un lugar destacado. Para mayor detalle podemos consultar un reciente estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas, según el cual la corrupción está en segundo lugar de los problemas que más preocupan a los españoles, sólo por detrás del paro. La impresión es que vivimos en un sistema dominado por comportamientos venales, pero naturalmente no somos los primeros. Ha habido en la Historia otros casos de corrupción galopante, como por ejemplo en la última etapa de la República romana. Así lo descubrió, en su provecho, el númida Yugurta.

Nuestro protagonista de hoy era nieto del célebre Masinisa, caudillo de los númidas en tiempos de la Segunda Guerra Púnica, es decir a finales del siglo III antes de Cristo. Numidia era una región africana cercana a Cartago, cuyo territorio comprendía una franja situada entre las actuales Argelia y Túnez. En aquella guerra el entonces príncipe Masinisa combatió inicialmente al lado de Cartago, pero más adelante, tras la muerte de su padre, la situación en Numidia se complicó: Masinisa tuvo que pelear contra su hermano mientras un tercero, llamado Sífax, que era el jefe de otra tribu númida, aprovechaba para ocupar parte de su territorio. Sífax consiguió el apoyo de Cartago y por este motivo, o por su buen olfato político y militar, Masinisa abandonó el bando cartaginés para aliarse con los romanos. La paradoja es que Sífax, por su parte, había sido aliado de Roma al iniciarse la guerra. Las intrigas y las puñaladas traperas, como se ve, han sido moneda corriente desde antiguo.

La caballería númida de Masinisa fue determinante en la definitiva victoria romana, con un papel muy destacado en Zama (año 203 a.C.). La consecuencia natural es que Masinisa se vio elevado a la categoría de rey de Numidia con el respaldo de Roma. Así vivió hasta más allá de los 90 años de edad. A su muerte heredó el reino su hijo Micipsa, que tenía a su vez dos hijos y un sobrino, el cual reunía todas las cualidades de su difunto abuelo Masinisa. Astuto, valiente, enérgico, amoral… Yugurta era un líder nato que pronto fue muy apreciado por su pueblo. Tanto que su tío lo envió a Hispania para que participara como aliado de Roma en la guerra de Numancia y así se enfriara un poco su popularidad… y si de paso sufría un percance fatal durante la batalla tanto mejor. Yugurta, sin embargo, regresó triunfante, habiendo recibido honores por parte de Escipión Emiliano y siendo más admirado que nunca por sus compatriotas.

Ya fuese porque su tío venció sus recelos o porque comprendió que no podía dejar de lado a un hombre tan popular, Yugurta fue adoptado por el rey Micipsa y nombrado co-heredero. Era cuestión de tiempo que surgieran las disputas, de hecho surgieron apenas murió Micipsa, en el 118 a.C. Como era de esperar, Yugurta no se anduvo con chiquitas y ordenó el asesinato de uno de sus hermanos adoptivos, lo que le llevó a la guerra con el otro hermano, llamado Adérbal, que fue derrotado y buscó refugio en Roma. Precisamente en Roma, el lugar donde Yugurta tenía importantes contactos tras su paso por la guerra de Numancia y adonde envió embajadores encargados de hacer costosos regalos a sus viejos amigos y a los senadores influyentes. Las simpatías que había despertado Adérbal se diluyeron ante la generosidad de los embajadores enviados por su primo. El Senado acordó que se debía dividir el reino entre ambos pretendientes y dio el asunto por zanjado. Según Salustio, el efecto de los sobornos en los senadores convenció a Yugurta de que, tal y como le habían contado durante el sitio de Numancia, Roma era una ciudad en la que todo el mundo podía ser comprado.

Numidia fue dividida, pero Yugurta no tardó en atacar a su hermano adoptivo. La situación terminó con Adérbal sitiado en la ciudad de Cirta, que conseguía resistir al ejército de Yugurta gracias a la colaboración de sus habitantes ítalos. Éstos, confiando en que contaban con la protección de Roma, terminaron por convencer a Adérbal para que entregara la ciudad. Yugurta prometió a cambio respetar la vida de su rival. Ni que decir tiene que apenas entró Yugurta en la ciudad ordenó crucificar a Adérbal y masacrar a la población masculina, ya fueran ítalos o númidas. La indignación en Roma fue monumental ante la muerte de ciudadanos romanos, y se envió a un ejército al mando del cónsul del año 111 a.C., que tenía el bonito nombre de Lucio Calpurnio Bestia. Yugurta se vio derrotado por las legiones romanas y se vio obligado a firmar una paz… sorprendentemente benévola. Tan favorables eran los términos para el teóricamente derrotado Yugurta que el tribuno de la plebe Cayo Memmio consiguió que se obligara a Yugurta a acudir a Roma para investigar si había habido un soborno de por medio. El rey númida no tuvo más remedio que aceptar y enfrentarse al interrogatorio de Memmio ante la Asamblea.

Memmio calentó motores con un discurso sobre los crímenes y traiciones de Yugurta, le emplazó a acogerse con humildad a la benevolencia de Roma… el tipo de cosas que se pueden esperar de la apertura de una investigación. Pero Yugurta no llegó a abrir la boca porque cuando tuvo que responder, otro tribuno de la plebe, Cayo Bebio, que había sido oportunamente sobornado, interpuso su veto. Éste era un privilegio de los tribunos cuyo origen, que ya discutimos en su día (en este artículo), era el de frenar iniciativas que juzgaran dañinas contra los plebeyos. El uso descaradamente perverso de esta iniciativa supuso un nuevo escándalo que sumar a las anteriores acciones de Yugurta. Por si fuera poco, en Roma vivía otro pretendiente al trono númida que fue asesinado por un miembro del séquito del rey númida. Aquello era demasiado: Yugurta fue expulsado de la ciudad y la guerra se reanudó.

Roma se encontró con que una cosa era hacer la guerra a Yugurta y otra vencerlo. En menos de un año, en el 109 a.C. el rey númida consiguió hacer pasar por una estrepitosa derrota militar al ejército romano, cuyo general hubo de acordar una paz que suponía la salida de tropas romanas de Numidia durante 10 años. Pero esta vez Roma no podía tragar una nueva humillación y el tratado no fue refrendado. Por el contrario, se envió como general al cónsul Quinto Cecilio Metelo, un hombre honesto, que obligó a Yugurta a permanecer a la defensiva. Sin embargo la prolongación de la guerra motivó que un hombre de origen más humilde que Metelo, Cayo Mario, presentara su candidatura al consulado. Metelo no se tomó muy bien que quien hasta entonces había sido su ayudante fuera su sucesor, aunque Mario demostró tener genio militar. Sin embargo Yugurta no era tan fácil de derrotar y si Mario se impuso fue gracias a la traición: su lugarteniente Lucio Cornelio Sila logró atraerse al rey de Mauritania, suegro de Yugurta, que fue quien entregó al númida a sus enemigos. Así Mario pudo entrar en triunfo en Roma el 1 de Enero del 104 a.C. Ese mismo día Yugurta fue estrangulado en prisión.

¿Final feliz para Roma? No tanto. Los dos romanos que doblegaron a Yugurta se enfrentarían años después en el inicio del periodo conocido como de las guerras civiles y ambos llegarían a ejercer el poder a la manera de los tiranos. La corrupción que había permitido al rey númida manejar a Roma a su antojo anunciaba la decadencia de la República. Los mejores días de Roma estaban aún por llegar, pero para entonces la ciudad sería un ente político totalmente distinto: las siglas SPQR perdurarían durante siglos, pero vacías de significado, porque en poco tiempo ni el Senado ni el pueblo de Roma tendrían las riendas del verdadero poder.

Yugurta dejó una frase para la Historia. Cuenta Salustio que al ser expulsado de Roma tras el escándalo del soborno al tribuno de la plebe y el asesinato de su rival al trono, aquel astuto númida dijo: «esta ciudad corrupta se vendería a sí misma si encontrara comprador«. Sin duda Yugurta había captado a la perfección el punto débil de los prohombres romanos y desde luego supo cómo elevar el soborno a la categoría de arte corrompiendo a todo el que se le enfrentaba cuando no le podía asesinar. A veces me pregunto cómo actuaría Yugurta si en lugar de enfrentarse a la Asamblea romana se viera frente a una comisión de investigación de un parlamento actual. Sospecho que su actuación no sería muy diferente a la que tuvo hace más de 2.100 años… y a juzgar por las encuestas que mencioné al principio, no soy el único en pensarlo.

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La realidad y el capitán Kidd

18 jueves Oct 2012

Posted by ibadomar in Historia, Piratería

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Etiquetas

Corrupción, Corsarios, Historia, Kidd, Piratas, Siglo XVII

Ah, la realidad, qué testaruda es. Tiene la manía de imponerse y sólo las personas con mucho poder de convicción sobre los demás son capaces de moldearla a su gusto y aun así, normalmente, por poco tiempo. Otros, los más, se conforman con adaptarse a ella, pero a menudo lo hacen a disgusto y la culpan de sus propios fracasos. En esto pensaba yo cuando hace poco toda la prensa española se hacía eco de las palabras del actual presidente del gobierno, que se quejaba de que la realidad le impedía cumplir con su programa electoral. La realidad, esa pérfida, nada menos. Pero no voy a hablar de Mariano Rajoy, aunque me diera la idea para este artículo, sino de alguien que tuvo un problema similar: no supo calibrar sus fuerzas y se embarcó en algo que le venía muy grande. Naturalmente, la realidad le dio un disgusto tras otro hasta conducirle al disgusto final.

Será un placer contar su historia, porque hace tiempo que ni piratas ni corsarios, gremio al que pertenecía nuestro hombre, aparecen por este blog. Una vergüenza para un sitio que ostenta el nombre de una isla que fue refugio de algunos de estos insignes marinos. No está muy claro si nuestro invitado de hoy fue pirata o corsario (os recuerdo que ya en su día publiqué un artículo sobre las diferencias entre ambos), pero en cualquier caso su fama ha traspasado los siglos de tal modo que incluso se hizo una película sobre él en 1945, muy poco rigurosa por cierto. Estoy hablando del caballero cuyo retrato vemos a la derecha, el capitán William Kidd.

Kidd era un escocés que había tenido cierto éxito como corsario a finales del siglo XVII, cuando navegaba bajo una patente que le permitía atacar buques franceses. Sin embargo no debía de tener muchas dotes de liderazgo puesto que una noche en que él estaba en tierra, sus hombres, dirigidos por un tal Culliford, decidieron irse con el barco dejándole abandonado. Kidd consiguió el mando de otra nave con la que perseguir a los amotinados, pero sin éxito. Sin embargo la suerte no parecía haberle dado completamente la espalda, al menos por el momento, puesto que poco después de estos sucesos recalaba en Nueva York, donde en 1691 se casaría con una joven y acaudalada mujer apenas unos días después de que ella enviudara por segunda vez, lo que dio mucho que pensar. Pero como no había pruebas de que el marido de ella hubiese recibido ayuda para su viaje al otro mundo no hubo consecuencias para la pareja y durante los siguientes años William Kidd y su esposa llevaron una plácida y próspera existencia.

Pero la vida tranquila tocaba a su fin. La desgracia de Kidd fue encontrarse con personajes influyentes como Robert Livingston y el gobernador de Nueva York, Massachussets y New Hampshire, Lord Bellomont, que tenían una idea genial para hacer negocio: se trataba de armar un barco que navegaría bajo patente de corso inglesa con el encargo de acabar con determinados piratas y de hostigar el comercio francés, puesto que ambos países estaban en guerra. En la empresa participaban las personas más poderosas del reino, como el Primer Lord del Almirantazgo o el Secretario de Estado y sólo hacía falta un capitán de confianza para el barco. Es difícil decir que no a una oferta de ese calibre hecha por personas de tanta influencia, así que Kidd, con sus patentes de corso, se embarcó en una galera llamada Adventure. Un tipo de barco poco común en la navegación oceánica, pero muy útil en el combate al estar provisto de remos, que le daban una maniobrabilidad que no tenían los buques cuya propulsión dependía exclusivamente de las velas. Es importante, y por eso lo subrayo, recordar que la patente sólo le daba permiso para enfrentarse a piratas y para apoderarse de barcos franceses.

Pronto se hizo evidente que la empresa estaba gafada. Es difícil que las cosas vayan bien en un barco cuando la tripulación no es demasiado… recomendable. La de Kidd resultó no serlo, pero tampoco las circunstancias, esas piezas que conforman la terca realidad, ayudaban. El buque se dirigió en 1696 a Madagascar en busca de piratas a los que apresar, pero se encontró con que no había nadie en los lugares habituales de refugio. Para colmo, durante la travesía Kidd tuvo un roce con un escuadrón de barcos británicos. He leído dos versiones diferentes del motivo del desacuerdo entre Kidd y el comandante de los navíos ingleses, pero ambas coinciden en que Kidd, temiendo que le obligaran a ceder algunos de sus hombres a la Marina, decidió huir durante la noche, lo que le convirtió en un sujeto sospechoso.

Así que tenemos a Kidd y su Adventure en mitad del Océano Índico sin haber logrado su objetivo de capturar piratas ni haber tomado ningún mercante francés, visto con suspicacia por la Marina inglesa y con una tripulación poco de fiar a la que no se le paga por la sencilla razón de que no hay botín. Poco después un informe dijo que su barco había intentado atacar un convoy indio, pero que fue repelido. ¿Habia decidido Kidd pasarse a la piratería? Puede que sí y ciertamente empezaba a tener reputación de pirata, pero si realmente había decidido abandonar la ley… ¿cómo explicar su discusión con el artillero Moore? Éste le recriminó que no atacaran a un buque holandés que habían avistado, lo que habría supuesto violar los términos de la patente de corso, y le acusó de arruinar a todos. Aquello empezaba a parecerse a un conato de motín y Kidd lo cortó de cuajo estampándole a Moore un cubo en la cabeza que le causó la muerte al día siguiente por fractura de cráneo. Las cosas iban de mal en peor.

A finales de 1697 Kidd consiguió al fin una presa: un barco que navegaba bajo pabellón de Francia, lo que confirmó el salvoconducto francés del que se apoderó el corsario al abordar el barco. La carga era de poca importancia, pero era un principio. ¿Estaba cambiando su suerte? Parecía que sí porque poco después llegó el premio gordo: el mercante Quedah, de cerca de 400 toneladas y cargado con oro, sedas, joyas… el sueño de un corsario si no fuera porque la situación legal era complicada: el buque era indio y el capitán inglés, pero tenían un salvoconducto francés y eso les convertía, según Kidd, en una presa legítima. Los corsarios se dirigieron entonces a la Isla de Santa María, junto a Madagascar, donde fueron a coincidir con un viejo conocido de Kidd: el capitán Culliford, aquél que le había robado el barco años antes y que ahora se dedicaba a la piratería.

Lo que ocurrió entonces no está claro: Kidd dijo que buena parte de sus hombres desertaron para unirse a Culliford y por eso no pudo apresarlo, como exigía su patente contra los piratas, mientras que otros alegaron que Kidd y Culliford, tan pirata uno como otro, decidieron echar pelillos a la mar. Lo que es seguro es que la tripulación de Kidd, excepto 15 hombres, se quedó con Culliford mientras su capitán volvía a casa a bordo del Quedah para encontrarse a medio camino con la noticia de que se le buscaba por piratería. Nuestro hombre decidió entonces continuar su regreso muy discretamente y ponerse en contacto con Lord Bellomont por medio de un abogado y hacerle llegar así su versión con la esperanza de salir del apuro. Bellomont fingió creerle y en cuanto tuvo ocasión lo hizo apresar y enviar a Londres para ser juzgado.

Entonces fue cuando Kidd pudo comprender lo que significa, en el mundo de la tozuda realidad, tratar con los poderosos. Sus socios, aquellos hombres tan bien situados en el gobierno, no estaban dispuestos a arriesgar sus carreras políticas involucrándose en el mayúsculo escándalo que podía significar el reconocer que financiaban la carrera delictiva de un presunto pirata. Kidd se tuvo que enfrentar no sólo a varios delitos de piratería sino también a uno de asesinato por la muerte del artillero Moore. Él se defendió alegando que estaba protegido por su patente de corso, que se había visto forzado a situaciones muy difíciles por su tripulación y que los testimonios contra él eran de gente perjura. No dijo nada en contra de sus influyentes socios, quizás esperando que le pudieran sacar del aprieto. En cuanto a los salvoconductos franceses de los dos barcos apresados por Kidd, que le podían permitir alegar que eran presas legítimas, el corsario aseguraba habérselos entregado a su abogado para que se los diera a Lord Bellomont, pero éste acababa de morir y los papeles no aparecieron por ninguna parte.

Kidd fue condenado a muerte y ejecutado el 23 de Mayo de 1701. Hasta para eso tuvo mala suerte, puesto que tuvieron que ahorcarlo dos veces, ya que en el primer intento se rompió la cuerda para regocijo de los espectadores. Al menos él no se enteró muy bien de lo que pasaba porque aquella mañana le dieron tanto ron que estaba totalmente borracho cuando le llevaron al patíbulo. Su cadáver fue embreado y colgado en una jaula para escarmiento público y así permaneció durante varios años.

Si Kidd hubiera sido más prudente no habría aceptado el peligroso negocio en el que lo embarcaron, si hubiese sido más honesto habría reconocido su fracaso aceptando el regreso y la ruina, pero sin ser sospechoso de piratería y si hubiese sido menos confiado se habría vuelto al Índico como pirata tan pronto como supo que le andaban buscando. Pero creyó que podría manejar la situación y al final la realidad, esa testaruda, se impuso.

Por último, nos queda una duda: ¿fue Kidd un pirata o una víctima de las circunstancias? ¿Hasta qué punto decía la verdad cuando juraba que se había visto acorralado por su tripulación y que se había limitado a tomar dos presas legítimas? Al fin y al cabo en el juicio no aparecieron los salvoconductos franceses de los dos barcos que Kidd había apresado. ¿Existían de verdad esos documentos? Y la respuesta es… ¡Sí! Aparecieron a principios del siglo XX, con más de 300 años de retraso para Kidd. No está claro que le hubiesen exculpado y aun de haberlo hecho quedaba la acusación de asesinato por la muerte de Moore, pero ahora sabemos con certeza que en el juicio se jugó sucio.

Si el capitán Kidd se hizo tan conocido no fue por sus hazañas como pirata sino porque durante mucho tiempo se podía ver su cadaver sobre el Támesis, de manera que los marinos que llegaban a Londres tenían una macabra advertencia del destino que aguardaba a quienes se lanzaran a la piratería. También contribuyó a su fama el que varias veces intentara negociar utilizando una supuesta fortuna que aseguraba haber escondido y que ha alimentado la imaginación de muchos buscadores de tesoros. Sin embargo en los méritos de su carrera como pirata Kidd no era rival para hombres como Edward Teach, el célebre Barbanegra, o el gran Bartholomew Roberts pero ésa… ésa es otra historia.

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