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Se cumplen ahora 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes y ha habido algún revuelo al comparar la poca importancia que se le da en España a este aniversario con los fastos dedicados en el Reino Unido a William Shakespeare, que murió en la misma fecha, aunque no en el mismo día, como ya comenté en otro artículo. Lo cierto es que todo el mundo ha oído hablar del Quijote y conoce su argumento, pero ¿cuántos lo han leído por completo? No muchos, me temo. Y no es de extrañar, porque tradicionalmente se intenta leer “a palo seco”, sin preparación previa y, a menudo, como obligación impuesta por algún profesor de Literatura. A los pocos capítulos, el desmotivado lector se pregunta cómo semejante novela pudo tener tan gran éxito en el siglo XVII y ser considerada como una obra extraordinariamente divertida, sin comprender que el problema no está en el libro sino en el lector. Y es que el lector del siglo XXI no tiene nada que ver con el de hace cuatro siglos.

Para entender el fenómeno del Quijote imaginemos uno similar en los tiempos actuales. En nuestros días, la cultura popular tiene más tirón en el cine que en la novela, así que busquemos películas conocidas por todo el mundo, con gran cantidad de seguidores y que contengan referencias que ya sean universales. Por ejemplo, el universo Star Wars. Y ahora imaginemos que alguien rueda una película satírica en la que un tal Alonso Quijano ve las películas una y otra vez, lee las novelas y los cómics inspirados por las películas, juega a los videojuegos dedicados a la saga… hasta que un día enloquece y confunde el mundo real con el imaginario y decide unirse a la Alianza Rebelde para combatir al Imperio Galáctico.

En nuestra película, el bueno de Alonso podría subir a su viejo Peugeot 205, al que él llamaría El halcón milenario, para adentrarse por el hiperespacio (es decir la A4, a la altura de Valdepeñas) y llegar a un club de carretera asomando entre la niebla. “¡Estoy en Bespin, la ciudad en las nubes de Lando Calrissian!” exclamaría nuestro héroe. Al entrar, se encontraría con un individuo alto, vestido con ropa y casco negros, de motorista, y que está sufriendo un ataque de asma que da a su respiración un sonido característico… “¡Darth Vader! ¡No, a mí no me congelarás en carbonita!” gritaría el rebelde, acometiendo a su enemigo y comenzando una trifulca antológica.

Un personaje así podría generar unas historias a caballo entre las de Rompetechos y las del pato Donald. Vería en un guardia civil bajito a Yoda, en un desfile de modelos ataviadas con blancos vestidos de novia a las tropas imperiales y en un electricista que prueba un tubo de neón a Darth Maul. Si los guionistas están inspirados y el director es hábil, la audiencia estallará en carcajadas. Sin embargo, un espectador que no hubiera visto previamente La guerra de las galaxias, que no supiera quién es Han Solo ni qué demonios es eso de la carbonita se aburriría y no comprendería qué ve de gracioso en la cinta el resto del mundo.

Y eso es lo que le ocurre al lector actual. El del siglo XVII abría El Quijote tras haber leído cientos de novelas que empezaban hace mucho tiempo y en una galaxia lejana… perdón, en algún lejano país de nombre exótico y en un tiempo remoto, y se encontraba con que esta historia transcurria en un lugar de La Mancha y no ha mucho tiempo. A esto seguía una historia delirante, plagada de alguien que veía gigantes, enanos, magos, que peleaba en nombre de su dama para que otro caballero la reconociera como más hermosa que la propia… toda una sarta de disparates que sólo tenían sentido en el mundo caballeresco de las novelas de la época. El universo quijotesco está lleno de castillos y encantadores como el de Star Wars lo está de vehículos espaciales y caballeros jedi.

Las referencias a episodios de otras novelas de caballerías o de cantares de gesta son constantes. El bálsamo de Fierabrás, por ejemplo, surge como leyenda medieval. Es un bálsamo milagroso, por haber sido utilizado para embalsamar el cuerpo de Cristo tras su crucifixión, que fue robado en Roma (algunas versiones dicen que en Jerusalén) por el gigante Fierabrás. Éste fue más adelante derrotado, se convirtió al cristianismo y entregó el bálsamo, que devolvió a Roma el emperador Carlomagno. En el siglo XVII la leyenda del bálsamo era conocida y la pretensión de don Quijote de poseer su receta a base de aceite, vino, sal y romero no podía sino hacer soltar la carcajada. Cuando don Quijote compara la ligereza de Rocinante con la del hipogrifo de Astolfo o el caballo Frontino de la doncella Bradamante, está haciendo alusión a pasajes del Orlando furioso, de la misma forma que el yelmo de Mambrino aparece en Orlando enamorado.

Pero en el siglo XXI casi nadie ha leído a Ariosto, y el lector se pierde todas esas referencias que dan color a la narración. Quizás por eso el Quijote es muy apreciado entre los eruditos y no tanto entre los ciudadanos de a pie, que fueron sin embargo los que lo convirtieron en todo un best seller en su momento, incluyendo traducciones al inglés, francés, alemán e italiano pocos años después de su publicación original. Sin embargo las referencias culturales cambian y hoy el libro resulta más difícil de leer que entonces.

Por eso puede que la mejor forma de conmemorar el año cervantino no sea la insistencia en que se lea el Quijote sino el difundir las obras que le precedieron. Si en los institutos no se obligara a los alumnos a leer la novela de Cervantes sino que se les presentara la lectura, mucho más ligera, de Amadís de Gaula, Orlando Furioso o Las sergas de Esplandián, los lectores que llegaran hasta el Quijote podrían apreciarlo de verdad y no necesitar un sinfín de notas a pie de página en una edición comentada para entender el sentido de la novela. Y es que no hay nada peor para un chiste que tener que explicar en dónde reside su gracia.

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